Alina Montenegro ha conocido la miseria y el dolor desde que nació. En un hogar donde solo recibe desprecio, golpes y hambre, su único refugio es el ballet. A sus 21 años, consigue ingresar a la prestigiosa Academia de Ballet Imperial, pero la felicidad dura poco cuando descubre que la matrícula es un lujo inalcanzable. Desesperada, acepta la sugerencia de su mejor amiga de trabajar en un Night Club como bailarina exótica. Es allí donde su destino toma un giro oscuro: capta la atención de un hombre enigmático y peligroso, Viktor Koval, un asesino en serie que oculta su verdadera naturaleza tras una fachada de elegancia y poder. Viktor se obsesiona con ella, ofreciéndole una salida de esa vida a cambio de su compañía. Pero Alina no está dispuesta a ceder. Su rechazo desata una espiral de peligro, sangre y deseo en la que deberá luchar por su libertad, sin saber si terminará escapando de él o cayendo en su red.
Leer más—Dame un momento —le dijo Viktor, obligándola a sentarse—. No te quites eso de la mejilla.Le pidió y entró a la cabaña. Era evidente que no solo ella se sentía incómoda, también él. Por lo que estimó que lo mejor era alejarse aunque fuera un breve instante. Alina lo vio alejarse y desvió la mirada hacia la playa. Sentía que las emociones la rebasaban.La noche era espesa y húmeda, un aliento tibio que se adhería a la piel como una segunda capa. Alina sintió el contacto helado de la compresa adormecer su mejilla, pero no bastaba para contener el temblor que la sacudía desde dentro, uno que poco tenía que ver con el frío. Se abrazó a sí misma, recogiendo las piernas contra su cuerpo en un intento de encontrar refugio en su propia fragilidad.La brisa nocturna traía consigo el aroma salobre del mar, un contraste punzante con la fragancia costosa y discreta de Viktor. Él había dejado su estela al cruzar la habitación, y aunque ya no estaba a su lado, su presencia persistía, envolviéndol
Alina cruzó el umbral de la cabaña detrás de Viktor, sintiendo cómo la brisa marina se filtraba a través de la entrada antes de que él cerrara la puerta tras ellos. El interior era amplio y elegante, con un diseño que combinaba la rusticidad de la madera con detalles modernos y lujosos.A la izquierda, una sala de estar acogedora se extendía con un sofá de cuero oscuro y una mesa de centro de cristal sobre una alfombra de tonos neutros. El aire olía a madera fresca y a la ligera fragancia a sal del mar que se colaba por los ventanales. A la derecha, un kitchenette minimalista se alineaba contra la pared, con encimeras de mármol negro y estanterías abiertas donde reposaban copas de cristal. Al fondo, una puerta semiabierta dejaba entrever la habitación, donde un ventanal panorámico revelaba la silueta de la playa iluminada por la luna.Alina apenas tuvo tiempo de asimilarlo antes de ver a Viktor despojándose de su chaqueta con un movimiento fluido, arrojándola descuidadamente sobre el
Rodaron durante aproximadamente dos horas aproximadamente, alejándose cada vez más de la ciudad. Las luces de los edificios se fueron desvaneciendo hasta quedar atrás, y eran reemplazadas por la vasta oscuridad del camino, apenas interrumpida por la luz de los faros. Alina, adormilada por el efecto del analgésico que Viktor le había dado, se hundió ligeramente en el asiento. Entre sueños, veía fragmentos del paisaje a través de la ventana: carreteras solitarias, árboles meciéndose con el viento y la luna reflejándose en la distancia.De vez en cuando, abría los ojos y lo observaba. Viktor conducía con la misma serenidad inquietante de siempre, una mano en el volante y la otra reposando sobre su muslo. No había urgencia en sus movimientos, pero tampoco relajación. Sin embargo, algo en su expresión la hizo fruncir el ceño.No era un hombre que dejara ver sus emociones, pero Alina comenzaba a reconocer ciertos matices en él, aunque apenas fueran destellos fugaces. Un ligero endurecimien
—Ella va con nosotros —dijo Alina con firmeza, aunque su voz tembló levemente.Viktor no respondió al instante. Desde su asiento al volante, observó a Laura a través del retrovisor. Su rostro, inmutable, no delataba emoción alguna, pero tras un largo segundo, suspiró.—Que termine de entrar y tú te vienes para acá —ordenó. Dio una palmada sobre el asiento del copiloto sin apartar la mirada del espejo.Laura no esperó una segunda indicación. Con un leve empujón, urgió a Alina a moverse. Alina tragó saliva y obedeció, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido seco. La duda la asaltó por un instante antes de rodear el auto y ocupar su nuevo lugar junto a Viktor.Tan pronto tomó asiento, el hombre alzó la mano y, con una suavidad desconcertante, deslizó los dedos por la piel enrojecida de su mejilla. El contacto fue apenas un roce, pero bastó para helarle la sangre y hacerla estremecer. Su primer instinto fue apartarse, pero su cuerpo no respondió. En cambio, sus párpados descendieron
Afuera, Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando el desgarrador grito de Alina resonó en el aire. Su instinto la impulsó a correr hacia la casa, pero antes de dar un paso, una mano firme se posó con fuerza sobre su hombro, deteniéndola en seco.Se giró bruscamente, con la adrenalina recorriéndole las venas, y su mirada se encontró con unos ojos azules pero tan helados como el acero. Viktor.El hombre las había seguido desde la academia sin que ninguna lo notara, sumidas en su conversación y en sus propios pensamientos ni cuenta se dieron. Ahora estaba ahí, más sombrío que nunca, con una expresión pétrea que apenas contenía la tormenta de ira que se acumulaba en su interior.—Fue ella —murmuró Viktor, su voz grave impregnada de veneno.Antes de que Laura pudiera reaccionar, él llevó una mano a la parte baja de su espalda y desenfundó un arma plateada. El brillo del metal a la tenue luz de la calle le hizo contener el aliento.Laura sintió su corazón volcarse dentro del p
Pasados unos minutos, mientras se mantenía con la mirada pegada al césped, Alina se vio sorprendida con un sacudón que estremeció su cuerpo. Su corazón se aceleró de pronto. Un simple gesto que en el pasado entre ella y Laura pudiera pasar como una broma, para Alina fue motivo de alteración; se puso nerviosa. Después del secuestro quedó sensible, y no era para menos.El recuerdo de los hombres que rodeaban la cama donde la mantenían cautiva, con apenas un veinte por ciento de discernimiento, aunado a las palabras intimidantes que constantemente usaban para infundirle temor, quedó grabado en su subconsciente. Su respiración se tornó errática y sus manos temblaron. Apretó los puños con fuerza, intentando aferrarse a la realidad y no dejarse arrastrar por los fantasmas de su mente.—Ay, ¿qué te pasa? —le preguntó Laura al ver que se encogía en sí misma como esperando una reacción agresiva.Al escuchar la voz de su amiga, Alina se recompuso lentamente. Sus ojos, cubiertos de una sombra de
Avergonzada, ingresó al interior de la academia. A pesar de haber caminado ese pasillo cientos de veces, esta vez sentía que todos los ojos estaban sobre ella. El murmullo de las conversaciones a su alrededor parecía aumentar con cada paso, como si su regreso despertara un sinfín de especulaciones.Se dirigía hacia la oficina de la dirección cuando una voz femenina la llamó desde el pasillo.—¡Alina! —Era Marisel Gauti, una rubia alta y de complexión atlética, quien se acercó con una sonrisa sincera en el rostro.Alina se detuvo, sin saber exactamente cómo reaccionar. No estaba preparada para preguntas ni para enfrentar la curiosidad de los demás.—¡Qué bueno ver que estás bien! Todos nos preocupamos cuando desapareciste del teatro. No saber de ti fue angustiante.Alina esbozó una sonrisa tensa.—Eh… hola —respondió con timidez—. Gracias.Pero Marisel no estaba dispuesta a conformarse con una respuesta vaga.—¿En realidad qué te sucedió? ¿Es cierto que te secuestraron? Se dijeron tant
Dos días con sus noches habían transcurrido desde aquella primera vez, y Alina seguía sumida en una espiral de frustración y rabia. Se sentía atrapada, prisionera de una vida que nunca había elegido. Su enojo no solo estaba dirigido hacia Viktor, sino también hacia sí misma por la impotencia de su situación. La opulencia que la rodeaba contrastaba dolorosamente con el vacío que crecía en su interior, un abismo que parecía no tener fin.Viktor había impuesto su voluntad sin margen para la negociación. La obligó a mudarse a la habitación principal, a rodearse de su esencia, a usar sus sudaderas impregnadas de su loción. El aroma, amaderado con toques de bergamota y cuero, no le resultaba desagradable, de hecho, su olfato lo encontraba casi reconfortante, pero lo que la enfurecía era la imposición detrás de cada uno de sus gestos. No había opción en su mundo, no había espacio para dudas o concesiones. Él decidía, él dominaba, él poseía. Y Alina no tenía más remedio que soportarlo.Sus ca
¿En qué momento perdió la conciencia de su nueva realidad?No supo. Todo sucedió demasiado rápido, demasiado intenso, demasiado abrumador. Viktor no le concedió un instante de tregua, no le permitió detenerse a pensar en lo que ocurría, en lo que él le estaba arrebatando. La devoró con su deseo, la poseyó como si fuera suya desde el principio de los tiempos. Como si ella jamás hubiera tenido elección.Ahora, al despertar, sentía que algo dentro de ella se había roto.Abrió los ojos y se encontró con la oscuridad de la habitación. Las gruesas cortinas bloqueaban la luz de la mañana, aislando el cuarto del mundo exterior. se sintió asfixiada. Daba una sensación de cautiverio, sombra y de pertenencia. Todo en ese entorno le recordaba que su destino ya no le pertenecía.No recordaba en qué momento se quedó dormida. Solo fragmentos de sensaciones difusas acudían a su mente: orgasmos, placer, arrebato, su lengua por su cuerpo, sus ojos observantes a sus reacciones, su risa demoniaca y de sa