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La primera noche

El espejo frente a ella reflejaba una versión de sí misma que no reconocía. Su cabello rubio, normalmente suelto y libre, ese día estaba recogido en un moño alto con mechones sueltos que enmarcaban su rostro pálido. Su mirada azul, antes, en breves momentos de su vida estuvo llena de sueños y nostalgia, en ese instante se dejaba ver opaca, teñida de miedo e incertidumbre.

«¿De verdad iba a hacer esto?», era la constante que rondaba en su mente.

Alina se abrazó a sí misma, sentada en el vestidor del club nocturno, mientras observaba su reflejo con una mezcla de horror y resignación. La ropa que le habían dado era mínima: un corsé negro ceñido que resaltaba su delgadez y una falda corta de tul que apenas le cubría las piernas. Un disfraz. Así se sentía. Una muñeca a la que vistieron para el entretenimiento de otros.

—No pienses tanto, cariño. Solo es un trabajo.

La voz despreocupada de una de las bailarinas la sacó de su trance. Era una mujer de cabello oscuro y labios rojos, con un aire de experiencia y desdén.

—Soy Renata. No pareces de este mundo, niña. ¿Estás segura de que puedes manejar esto?

—No lo sé… —susurró Alina, su voz sonó apenas audible.

Renata se inclinó sobre ella, tomándola por ambos hombros y mirándola con atención a través del espejo.

—Si lo que te atormentan son los prejuicios, pierde cuidado, no dejes que te paralicen —le dijo en voz susurrada—. Te aseguro que en un par de días, ya nii los recordarás. Todas dijimos lo mismo la primera vez. Pero al final, el dinero pesa más que los principios. Relájate. Solo tienes que moverte un poco, sonreír y dejar que ellos te miren. Nadie te obligará a hacer nada que no quieras —agregó en un tono de voz cariñoso, lo que llamó la atención de Alina, normalmente las personas son frías con ella..

Eso último no la tranquilizó. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que dejara de sentir que sí estaba obligada?

Cuando Laura le había dicho que solo sería “bailar”, Alina se había imaginado algo diferente. Pero cuando el presentador anunció el primer turno y las luces se encendieron en el escenario, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Las chicas se alineaban en el centro, moviéndose con una sensualidad que parecía innata. Algunas se deslizaban sobre el tubo metálico con una destreza impecable, otras jugaban con los límites del deseo de los clientes, quienes aplaudían y reían con cada insinuación.

«Esto no era baile», opinó Alina en su mente.

Sintió que la bilis subía por su garganta. ¿Cómo se suponía que debía encajar en esto?

—Vamos, Alina, es tu turno.

La voz de Laura la empujó al centro del escenario. La luz la golpeó con fuerza, cegándola por un segundo. Pudo escuchar murmullos en la multitud, algunos silbidos y comentarios que la hicieron encogerse por dentro.

No. No puedo.

Pero sus piernas se movieron solas. Dio un paso, luego otro. La música vibraba en sus oídos, lenta y grave. Su mente le decía que huyera, pero su cuerpo sabía que no podía hacerlo. Esto era por el ballet. Por su sueño.

Intentó moverse con gracia, pero sus movimientos eran torpes, rígidos. Cada paso que daba sobre el escenario improvisado se sentía forzado, ajeno. Sus músculos, acostumbrados a la precisión del ballet, se negaban a seguir el ritmo sucio y provocador de la música que inundaba el club.

Sus piernas temblaban. No solo por los tacones altos a los que aún no se acostumbraba, sino por el peso invisible de todas aquellas miradas. Eran ojos afilados y hambrientos, devorándola sin pudor. Podía sentirlos recorriendo su piel, como garras invisibles desgarrando lo poco que le quedaba de dignidad.

Su rostro ardía de vergüenza. Sentía las mejillas encendidas, el pecho apretado, la respiración entrecortada. Cada gesto, cada torpe movimiento, la hacía sentir más desnuda de lo que realmente estaba. Nunca antes había sentido su cuerpo como una carga, como una moneda de cambio.

Se sintió expuesta. Vulnerable. Como un cordero en medio de lobos hambrientos. Y lo peor era que no podía huir. No debía huir.

Cerró los ojos por un segundo, intentando bloquear el bullicio del lugar, la música estridente, las risas vulgares, los murmullos cargados de intenciones. Recordó su sueño. El motivo por el que estaba ahí.

Ballet.

Eso era lo único que importaba.

Se obligó a respirar hondo, a continuar, a ignorar el miedo que le quemaba las entrañas. Si quería sobrevivir, tenía que aprender a bailar en la boca del lobo sin convertirse en su presa.

—Ponte cómoda, muñeca. Aquí no nos gustan las estatuas.

Un hombre de la primera fila le gritó entre risas. Sus amigos lo imitaron, golpeando la mesa con las palmas. Se estaban burlando de ella. Así lo sintió.

Alina sintió un ardor en los ojos, pero no podía llorar. No aquí. No frente a ellos.

—Mírame.

Una mano cálida tomó la suya. Era Renata, quien había salido al escenario y la rodeó con su cuerpo, protegiéndola del público.

—Solo respira y sigue la música. Olvídalos.

Alina cerró los ojos, mientras la canción seguía resonando, envolviéndola como un eco lejano. El subconsciente le decía que sí podía hacerlo, podía bailar.

Cuando los abrió de nuevo, su cuerpo se dejó llevar. Sabía que su baile no era perfecto, ni siquiera se acercaba a la sensualidad calculada de las otras mujeres, pero al menos logró moverse con más naturalidad.

Los primeros pasos fueron inseguros, temblorosos, como si su propia piel le resultara ajena. Pero entonces, en medio del ruido y las luces parpadeantes, algo dentro de ella cedió.

Dejó de pensar. Alina dejó de escuchar las risas vulgares, los murmullos llenos de deseo y expectación.

Se repetía en la mente que no estaba en un club nocturno. No estaba siendo observada como un objeto. En su mente, la música cambió. Ya no era el ritmo pesado y sucio del lugar, sino una melodía etérea, la misma que tantas veces había acompañado sus movimientos en su habitación cuando practicaba soñando con verse frente a una barra de ballet.

Sus caderas comenzaron a moverse con más fluidez, sus brazos se deslizaron con una elegancia innata, los movimientos se volvieron más orgánicos. No era la bailarina que los hombres querían ver, pero sí la que ella necesitaba ser en ese instante.

Aún había torpeza. Su cuerpo aún se revelaba contra la idea de exponerse así, pero cada segundo que pasaba, la resistencia se deshacía como un hilo gastado. Poco a poco, empezaba a comprender que si quería sobrevivir en aquel mundo, debía aprender a controlar sus miedos.

Sus movimiento, ni en conjunto el baile no era el soñado; pero al menos, seguía de pie.

Lo logró. Al final supo que sobrevivió a su primera danza.

No obstante ello, la sensación de alivio no duró mucho. Apenas salió del escenario, se sintió sucia. El sudor frío cubría su piel, y su corazón latía tan rápido que apenas podía respirar.

—No lo soporto, Laura. Esto es asqueroso —confesó con esprecio.

Laura le lanzó una mirada de compasión, pero también de resignación.

—Lo sé. Pero es dinero fácil, Alina. Necesitas la plata —le recordó mirándola como compasión.

—Prefiero trabajar en otra cosa. Cualquier otra cosa.

Laura suspiró, cruzándose de brazos.

—¿Dónde, Alina? ¿Crees que alguien te pagará lo suficiente para entrar a la escuela de ballet limpiando mesas o sirviendo café? ¿Cuánto tiempo te tomaría reunir todo el dinero? —Laura sabe que su respuesta era una patada en el trasero, un golpe de realidad que no caía bien en todos, pero ella era su amiga, es decir, quien estaba ahí para abrirle los ojos a la realidad.

Ella más que nadie sabía lo que estaba sintiendo Alina, estuvo ahí la primera vez, experimentó los prejuicios y el rechazo a exponerse de esa manera, pero el paso de los días le fue dando algo de resignación, hasta que fueron aumentando la propinas y recibió el primer pago, fue en ese instante que Laura aceptó que entre las opciones que la vida le había presentado, estar allí era la que la guiaría al camino directo a su meta: Darle tranquilidad a sus padres viejos y quejumbrosos por la situaciones de salud y la edad. Por quitarles la preocupación de no tener con qué comer y comprar sus medicinas, ella se sacrificó. La situación de Alina era distinta, el sacrificio sería por ella, por nadie más. Lo que le da un sabor distinto a cada baile, o debería ser así.

Las palabras de Laura fueron como un golpe en el estómago para Alina. Aceptó que Laura tenía razón; pero eso no hacía que la sensación de asco disminuyera.

—Piénsalo. Si sigues, en unas semanas podrías pagar la matrícula. Si te vas ahora, volverás a la miseria —agregó Laura con sequedad.

La realidad cayó sobre Alina como una losa de concreto. No tenía quien la ayudara. Estaba sola en eso y en el mundo. En ese preciso momento solo tenía ese club.

Y su sueño.

—Está bien —murmuró, con la voz apagada.

Laura sonrió.

—Sabía que serías fuerte. Debes serlo amiga —La abrazó—. Verás no tienes que hacer nada más que bailar y dejar que te admiren. ¿Sabes qué? Esto que hacemos no es diferente de lo que harás en un escenario de gente ricachona, en esos donde sueñas danzar, allí igual te van a ver, y no te creas, serán hombres tanto o más morbosos que esos de allá —le señaló la pared que dividía el espacio donde estaban con el escenario donde ellas bailaron—. Lo que los diferencia es el traje. las sillas de lujo, la apariencia que dan de ser hombres de bien, pero en su interior sus intenciones son tan retorcidas como la de cualquiera, son hombres amiga. Unos aberrados con educación. Solo evita que te toquen, el resto es rutina.

Aunque crudas, las palabras de Laura no dejaban de ser ciertas. Lamentablemente era así, Alina cayó en cuenta de eso. Solo que el espacio no le dejaba sentirse cómoda.

Con tanta realidad explicada en pocas palabras, Alina quiso sentirse fuerte, pero no pudo. Se sentía rota.

Esa noche, al salir del club, el aire frío le golpeó el rostro. En lugar de irse a su habitación, caminó hasta la plaza donde solía sentarse cuando quería escapar de la realidad.

«¿Qué estoy haciendo con mi vida?» se preguntó en la mente atropellada por las emociones y sintiéndose deprimida.

Llevó una mano a su rostro, tocando su propia piel como si tratara de asegurarse de que seguía siendo la misma persona.

Pero, sabía que no lo era.

La Alina que había entrado en ese club era una joven con esperanza. La que había salido... no estaba segura de quién era.

Pero una cosa sí sabía: no podía rendirse ahora.

Aunque de manera contradictoria pensó que si tenía que perder un pedazo de sí misma para alcanzar su sueño, entonces lo haría, porque el ballet era lo único que le quedaba.

Se abrazó a sí misma, sintiendo el temblor de su propio cuerpo. ¿Cuánto de ella quedaría al final del camino? Se preguntó si, cuando por fin estuviera en un escenario real, con un tutú blanco y zapatillas de satén, aún podría reconocerse en el espejo. ¿O solo vería el reflejo de una extraña?

El viento helado soplaba con fuerza en la plaza, enredando sus cabellos dorados. No le quedaban opciones. Parecía que había cerrado todas las puertas detrás de ella. No podía volver a su casa. No podía buscar otro trabajo. No tenía a nadie más que a Laura, y lo único que su amiga podía ofrecerle era la oportunidad de seguir en ese lugar que la llenaba de asco.

¿Acaso su dignidad tenía precio? Eso era algo que no sabría responderse, así como tampoco podría responder al efecto que le causó la torpeza de haberse dejado llevar y enfocar su mirada en unos ojos que más que asco en medio de sus movimientos torpes le causaron temor, uno distinto, no el acostumbrado al que le transmitía Adalberto. Este era peor, no supo explicar a qué nivel, pero sí era consciente de que allí estaba.

Decidió ignorarlo pues su mente debía enfocarse en su mayor reto. Superar esa prueba, y por sobretodo, superarse a sí misma, para mantenerse allí.

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