Los días que siguieron transcurrieron en un vaivén de tensión constante para Alina. Aunque Viktor seguía asistiendo al club cada noche, se mantuvo a la distancia, observándola con aquella mirada obsesiva que le hiela la sangre. Ya no le envía obsequios, ni intenta acercarse a ella. Pero su mera presencia es suficiente para perturbarla.Desde la muerte del borracho, los hombres parecían haber recibido un mensaje silencioso pero claro: Alina Montenegro no estaba disponible para nadie. Era como si Viktor le hubiera marcado con un sello invisible, un aviso de peligro que solo él podía leer. Ningún cliente intentaba abordarla, ni siquiera aquellos que antes le susurraban promesas en el aire o le dejaban notas con números de teléfono. Ahora, las propinas llegaban a sus pies sobre el escenario, pero nadie se atrevía a entregárselas directamente. Siempre era otra bailarina la que recogía los billetes y se los entregaba después, con una mezcla de envidia y recelo en los ojos.El ambiente en el
La lluvia caía en un murmullo constante sobre las calles de la ciudad cuando Viktor salió del interior de la casa donde dejó a Alina. No solo ella había quedado perturbada con ese encuentro obligado, también él. Algo en su interior se removía con furia, como una bestia que había sido despertada contra su voluntad.Se detuvo bajo el techo en la entrada de la casa. La lluvia insistente tamborileaba sobre el suelo y las barandas de hierro. Alzó el cuello de su chaqueta en un gesto reflejo, pero no era el frío lo que lo afectaba, sino el torbellino de sensaciones que hervía dentro de él. Su chaqueta no podía protegerlo de la tormenta interna que Alina había desatado.Cerró los ojos por un momento, respirando hondo, como si intentara disipar el peso de su propia inquietud. Pero la imagen de ella volvió a su mente con una claridad punzante: esos ojos aterrorizados pero desafiantes, la tensión en su cuerpo delicado, la manera en que su respiración temblaba entre el miedo y la resistencia, el
La brisa helada de la ciudad le mordía la piel, pero el frío no era nada comparado con la incomodidad que la carcomía por dentro. Esa noche su función había cambiado de horario, es una alteración inesperada en su rutina que la afectaba más de lo que quería admitir. No solo la exponía a las noches más frías y peligrosas, sino que trastocaba esa frágil estabilidad que con tanto esfuerzo había construido. No tenía opción. Si quería cumplir su sueño, si quería salir de la miseria y la desesperanza que siempre la habían perseguido, debía aceptar los cambios.El peso del sacrificio era algo con lo que había aprendido a convivir. Su ansiedad se enroscaba en su pecho, recordándole con cruel insistencia que todo lo que hacía, todo lo que soportaba, tenía un propósito mayor. No quería el destino de su madre, una existencia llena de privaciones, conformismo y malos tratos. No quería verse atrapada en la misma jaula, resignándose a una vida que nunca la haría feliz.La noche anterior, cuando le i
El humo aún impregnaba la ciudad, un recordatorio fantasmal de la tragedia. Para muchos, el incendio del night club fue solo un accidente, un desafortunado evento que se llevó vidas y destruyó un negocio. Pero Alina sabía la verdad. Y el peso de ese conocimiento la asfixiaba.Encerrada en su habitación, abrazó sus rodillas y hundió el rostro entre ellas. La voz de Laura resonaba aún en su mente, trayéndole la noticia que le había quitado toda paz: Renata no sobrevivió.«No pudieron sacarla a tiempo» recordó con dolor que le había dicho Laura con la voz entrecortada. «No lo logró, Alina… Renata se fue»El dolor la atravesó como un puñal. Renata, la única otra persona con la que había sentido una verdadera conexión en ese lugar, ahora era solo un recuerdo. Se cubrió la boca con la mano para ahogar un sollozo. Y lo peor de todo era que no podía hablar, no podía gritar la verdad. No podía decir que sabía quién había sido. Porque ese monstruo aún estaba suelto. Y la quería solo para él.Vi
La noche avanzaba y la conversación en la cafetería había adquirido un tono relajado hasta que Alina, repentinamente, decidió levantarse de su asiento.—Bueno, ya me voy —anunció, incorporándose con un suspiro.Antoine y Laura la miraron con extrañeza.—Pero si él apenas acaba de llegar. ¿Por qué esa decisión tan repentina? —reclamó Laura con el ceño fruncido.—Estoy agotada, pasé casi todo el día en la academia y necesito descansar. Tal vez nos podamos ver luego —se excusó, aunque en realidad solo quería estar sola. Forzó una pequeña sonrisa y miró a Laura—. ¿Te parece?Giró hacia Antoine y le dedicó una sonrisa cordial, pero efímera, como si su mente ya estuviera en otro lugar.—Ay, qué aguafiestas eres —se quejó Laura con fingida indignación—. Y yo que imaginaba que nos quedaríamos aquí un buen rato para hablar tontadas mientras tomábamos unas cervezas. ¿Te imaginas cuánto tiempo tenemos sin hacerlo?Alina suspiró, sintiéndose culpable por desairar a su amiga, pero su agotamiento p
Recién salía del área de los lockers cuando giró su cuerpo para dirigirse al salón de calentamiento antes de que el instructor la llamara para la siguiente clase. Vestía un conjunto de práctica sencillo pero elegante: un leotardo azul marino que se ajustaba a su silueta como una segunda piel, acompañado de unas mallas color crema y un cárdigan ligero que mantenía sus músculos cálidos. Su cabello estaba recogido en un moño pulcro, dejando expuesto su cuello alargado y delicado.Su mente, sin embargo, estaba en otra parte. La propuesta de Laura la tenía inquieta desde hacía dos días. Desde entonces, había procurado evitarla para que no la presionara, pues Laura era insistente hasta el agotamiento. Si se lo proponía, repetiría el tema hasta desgastarla y obtener una respuesta por mera fatiga. Pero Alina no quería tomar una decisión apresurada. Necesitaba evaluar sus opciones.—Alina —escuchó su nombre y giró hacia donde venía la voz.—Ah, señora Grescol. —Era una de las representantes de
Allí, apoyado contra la pared con la arrogancia de quien sabe que su sola presencia es una sentencia, Viktor la observaba.Alina se detuvo en seco. Su pecho subía y bajaba con la respiración alterada. Sentía la piel erizarse de forma involuntaria. Quiso retroceder, pero sus pies no respondieron.Él sonrió de lado. Las palabras deberían haber sido una afirmación inofensiva, pero en su boca sonaron como un veredicto. Como si fuera él quien lo permitía.Alina apretó los labios. Su orgullo se negaba a ceder terreno.Las luces del pasillo eran tenues, pero bastaban para resaltar el fulgor gélido de sus ojos. Ojos que la desnudaban, que la atrapaban en un juego que ella no quería jugar.—Déjame en paz —exigió Alina, con la mandíbula apretada—. ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dijo que eras bien recibido aquí? —escupió a la defensiva—. Vete.Él se inclinó levemente hacia ella.—Eso no depende de ti —susurró.Alina sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era miedo. O no solo miedo. Era algo má
La habitación se llenó de una tensión eléctrica cuando Alina sintió su respiración caliente en contra de la piel de su rostro. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se clavaron en los de ella con una intensidad devastadora. En su mirada no había prisa, solo la certeza de un cazador que sabe que su presa ya está acorralada.Alina tragó saliva, su corazón martillaba contra su pecho con fuerza descomunal.—No tienes derecho —susurró, tratando de ignorar el temblor en su voz.Viktor sonrió de lado, era una sonrisa que no auguraba nada bueno. Se inclinó apenas, lo suficiente para que su aliento rozara la piel expuesta de su cuello. Ella se tensó, sus instintos gritaban peligro, pero su cuerpo traicionero no retrocedió.—Tengo más derecho del que imaginas —murmuró contra su oído—. Eres mía, Alina. No sé cuántas veces tendré que repetírtelo para que lo entiendas.La furia chispeó en los ojos de Alina, encendiendo un fuego que luchaba contra el frío sofocante que él imponía.—No soy de nadie —