Mentiras y Deseos
La habitación se llenó de una tensión eléctrica cuando Alina sintió su respiración caliente en contra de la piel de su rostro. Sus ojos azules, fríos como el hielo, se clavaron en los de ella con una intensidad devastadora. En su mirada no había prisa, solo la certeza de un cazador que sabe que su presa ya está acorralada.

Alina tragó saliva, su corazón martillaba contra su pecho con fuerza descomunal.

—No tienes derecho —susurró, tratando de ignorar el temblor en su voz.

Viktor sonrió de lado, era una sonrisa que no auguraba nada bueno. Se inclinó apenas, lo suficiente para que su aliento rozara la piel expuesta de su cuello. Ella se tensó, sus instintos gritaban peligro, pero su cuerpo traicionero no retrocedió.

—Tengo más derecho del que imaginas —murmuró contra su oído—. Eres mía, Alina. No sé cuántas veces tendré que repetírtelo para que lo entiendas.

La furia chispeó en los ojos de Alina, encendiendo un fuego que luchaba contra el frío sofocante que él imponía.

—No soy de nadie —
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