Alina observó el festín que tenía delante con una expresión impenetrable, aunque en su interior se libraba una batalla de emociones encontradas.—Espero te guste todo lo que mandé a preparar —dijo Viktor con un tono de voz sutil, casi gentil.Ella levantó la mirada, encontrándose con sus ojos fríos, expectantes. «¿Y cómo sabes cuáles son mis gustos?» cuestionó en su mente, pero su boca permaneció sellada. Aprendió rápido que sus objeciones no hacían más que alimentar su placer por el control. No tenía caso refutarle, no cuando él siempre imponía su voluntad, no cuando ella era una mera espectadora en su propia vida.El plato frente a ella era una obra de arte culinaria: un cangrejo meticulosamente decorado con especias y encurtidos exóticos. El aroma le resultaba extraño, ajeno a todo lo que había probado antes. No era algo que hubiera elegido, pero eso poco importaba. En ella estaba adaptarse o seguir peleando hasta el agotamiento, porque simplemente Viktor no le prestaría la mayor
A la mañana siguiente, Alina descendió por las escaleras del ático hacia el exterior con una emoción silente, sintiendo la presión invisible pero implacable de la presencia de Viktor a su lado. A cada paso, el peso de su control se hacía más evidente, le confirmaba que la opulencia que la rodeaba no era más que una celda disfrazada de lujo, una trampa dorada de la que no veía escapatoria. La idea de adaptarse a la rutina impuesta por él le resultaba abrumadora; siempre había sido dueña de sus propias decisiones, moviéndose según sus necesidades y deseos, pese a la presión de su padrastro por hacerse de su dinero. Ahora, todo lo que Viktor le imponía le hacía sentir que estaba atrapada en una jaula invisible, aunque exquisitamente adornada. Nada le faltaría, salvo su propia voluntad... y, si se atrevía a admitirlo, el amor puro y real que anhelaba recibir en lo más profundo de su ser.La noche anterior había sido distinta a la anterior. No la despojó de su ropa, no la tocó con lujuria,
Una hora y media después, luego de confirmar que no se encontraría con su grupo hasta la noche en el teatro, Alina se topó con la incómoda realidad de que Viktor ya tenía un plan meticulosamente trazado para el resto del día.No hubo oportunidad de discutirlo, ni de negarse. Antes de que pudiera ofrecer resistencia, ya se encontraba siendo arrastrada por las calles parisinas como una muñeca de lujo, atrapada bajo la voluntad de un hombre que parecía ver en ella algo que debía moldear a su antojo.El sol de París brillaba en lo alto, derramando su cálida luz sobre las aceras adoquinadas, donde turistas y locales se mezclaban en un ritmo casi onírico. Pero la ensoñación de la ciudad contrastaba con la sensación de asfixia que le producía la mano firme de Viktor, aferrada a la suya con una posesividad que la inquietaba. No le dio tregua, ni un respiro, ni la más mínima posibilidad de escabullirse. Su agarre era más que un simple toque; era una advertencia silenciosa, un recordatorio de q
Desesperado por no encontrarla en los sanitarios, el humor de Viktor comenzó a escalar a niveles que solo él y sus hombres podían comprender. La serenidad que había mantenido se desmoronó, fue devorada por la ira ardiente de no hallar a Alina en ningún rincón del área donde se suponía que debía estar. Su respiración se volvió errática, su mandíbula se tensó, y su paciencia, ya frágil, se rompió como un cristal hecho añicos.—Maldita cría… —bufó entre dientes, su voz solo destilada signos de amenaza—. Te voy a enseñar a respetarme. A mí nadie me desafía. A mí nadie me deja.Cada palabra salió de su boca con un veneno hirviente mientras avanzaba con zancadas furiosas, sus ojos escaneaban cada sombra, cada rincón, buscando algún indicio de ella. Los empleados del teatro cada vez que él miraba en dirección de alguno de ellos desviaban la mirada con miedo, sintiendo la electricidad de su rabia vibrar en el aire.Aunque él no lo analizara, era evidente que no estaba acostumbrado a la sensac
Alina despertó sobresaltada. La habitación en la que se encontraba era espaciosa, con un estilo minimalista que exudaba lujo y frialdad al mismo tiempo. Las sábanas de seda se sentían extrañas contra su piel, demasiado suaves, demasiado ajenas. Un ligero mareo la obligó a apoyarse en los codos mientras sus ojos exploraban el lugar. El lugar le resultaba conocido, tenía esa sensación pero el aturdimiento era abrumador. Entonces lo vio.Viktor estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos de su pantalón negro, observándola con esa calma inhumana que la ponía al borde del pánico. Su silueta parecía aún más imponente con la luz tenue que perfilaba cada una de sus facciones afiladas. No había duda de dónde estaba. Y eso la llenó de terror.—¿Dónde estoy? —su voz salió temblorosa, pero intentó mantener la compostura.Viktor se giró lentamente, como si no tuviera prisa en responder. Caminó hacia ella con pasos calculados y se detuvo al borde de la cama.—En un lugar donde s
Alina se estremeció cuando Viktor se incorporó y caminó hacia una mesa de madera oscura en el rincón de la terraza de la habitación, parte del pequeño jardín dispuesto en un espacio estratégicamente diseñado en las afueras de la habitación. Se movía con la misma gracia felina de siempre, una mezcla perfecta entre letalidad y control absoluto. Ella apenas respiraba, observándolo con recelo mientras él servía una copa de licor ámbar.Era su segundo día en la casa de Viktor después del rescate, y todavía no lograba recomponerse por completo de la experiencia vivida. Aún sentía los efectos de la sustancia que le habían inyectado, una letalidad que la mantenía en un estado de letargo impropio en ella. Su cuerpo, aunque descansado, se sentía extraño, pesado, como si todavía estuviera atrapado en aquella pesadilla. Un hombre al que Viktor le presentó como su médico personal había ido a verla en varias ocasiones durante esos dos días. Aquella misma mañana había estado con ella, revisando su e
Contando con que Alina estaba descansando, Viktor contemplaba el exterior desde la ventana de la sala de estar de su ático cuando su teléfono vibró en su bolsillo. La voz de Grison, su hombre de confianza, fría y calculadora como siempre, le transmitió la información que había estado esperando.—Hemos encontrado una pista. El hombre que ordenó el secuestro de Alina dejó un rastro. Es hora de actuar.La noticia lo estremeció. Sus músculos se tensaron y su mandíbula se endureció. No podía permitirse dudar. Se giró hacia la puerta de la habitación donde reposaba Alina. Caminó hasta ella y la abrió con cuidado para comprobar que ella aún dormía plácidamente en la gran cama, su silueta estaba iluminada por la tenue luz que entraba por las cortinas. Se había asegurado correr las cortinas minutos atrás cuando volvió y la encontró sumida en un sueño profundo. Ingresó en silencio a la habitación. Por un instante, contempló su fragilidad, su respiración acompasada, y un atisbo de algo desconoci
La penumbra envolvía la habitación con una falsa sensación de intimidad. Las cortinas gruesas filtraban la luz de los faros del jardín, dibujando sombras en las paredes de terciopelo oscuro. Alina estaba sentada en el extremo del sofá de cuero negro, con las manos sobre su regazo, los dedos entrelazados con demasiada fuerza. Sentía el latido acelerado de su corazón en la garganta, pero se obligó a mantener la compostura. Debía mostrarse tranquila. Si quería salir de aquella jaula de oro, debía jugar bien sus cartas.La sensación de derrota aún pesaba sobre ella. Desde su intento fallido de escapar y al darse cuenta de que estaba sola, se había refugiado en la habitación, abrazando la desesperación que la asfixiaba poco a poco. Sumergida en sus pensamientos, las horas pasaron sin que lo notara, hasta que un sonido rompió el silencio del ático.El estruendo de la puerta principal al cerrarse de golpe la hizo sobresaltarse. Un escalofrío recorrió su espalda. Si había algo que sabía de Vi