En el corazón de una 'Ndrangheta gobernada con puño de hierro, Dante Bellandi, el hijo mayor de un despiadado líder del clan de Reggio Calabria, se ve arrastrado a un abismo de poder tras la repentina muerte de su padre. Con apenas veintitrés años, Dante se convierte en el inesperado heredero de un imperio construido sobre sangre y traición, enfrentándose a enemigos que acechan en cada sombra y a aliados cuyo apoyo es tan volátil como su humor. En medio del caos, su mundo se cruza con el de Svetlana, una talentosa bailarina que vive para la luz del escenario, ajena a los oscuros secretos que gobiernan en el bajo mundo del crimen italiano. Un secuestro inesperado la arranca de su vida de ensueño, obligándola a enfrentar una realidad peligrosa donde el amor y la venganza son caras de la misma moneda. Mientras Dante y Svetlana se enfrentan a sus propios demonios, una atracción inesperada surge entre ellos, amenazando con derribar los muros que ambos han construido para protegerse. Pero en el mundo de la mafia, el amor no es un lujo: es un arma que puede destruirlos a ambos. Entre conspiraciones, lealtades quebrantadas y un legado que lo consume, Dante debe decidir si luchar por el poder que heredó o arriesgarlo todo por la única mujer que podría salvarlo... o condenarlo.
Leer másYa pasaba de la medianoche y sobre la mesa de cristal descansaban dos botellas de whisky, la segunda más vacía que llena. Dante no solía beber hasta perderse en la embriaguez, pero esa noche lo necesitaba.El ardor del alcohol aún le quemaba la garganta. Su cuerpo, normalmente tenso y controlado, estaba pesado, aturdido. Por primera vez desde que asumió el liderazgo del clan, sentía que el control se le escurría entre los dedos.Mierda.Se restregó la cara con ambas manos, soltando un suspiro frustrado. Nada de lo que hacía parecía suficiente. Siempre había tenido una solución, siempre había tenido una estrategia, pero ahora… era como estar atrapado en un laberinto sin salida.Con movimientos torpes, se levantó del sillón de cuero, tambaleándose ligeramente. El alcohol hacía estragos en su equilibrio, pero no en su maldita cabeza. Sus pensamientos seguían ahí, clavándose como espinas en su piel. Dolían.Llegó hasta la cama y se dejó caer con pesadez, el colchón se hundió bajo su cuer
La tensión en la sala era asfixiante.Dante se encontraba en la gran mesa de roble macizo de su despacho, rodeado de los líderes de los clanes aliados. El aire olía a tabaco, cuero y un leve rastro de whisky caro, pero sobre todo a peligro.Los hombres estaban inquietos, furiosos. Y con razón.Perder un cargamento de esa magnitud no era solo una cuestión de dinero, era un golpe directo a la reputación de Dante Bellandi.El primero en hablar fue Salvatore Ricci, de San Luca, su voz fue profunda y cargada de desconfianza.—¿Qué demonios está sucediendo, Dante?Dante se mantuvo impasible, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos con calma estudiada.—No tengo la más mínima idea.—Primero lo de Enrico y ahora esto… —comentó Giancarlo Ravetti, de Limbadi, su mandíbula tensa.Dante exhal&oacu
La mañana en Reggio Calabria amaneció despejada, con el sol derramando su luz dorada sobre los extensos jardines de la Villa Bellandi. Una suave brisa mecía las copas de los árboles, y el canto de los pájaros se filtraba entre los setos perfectamente podados, creando una atmósfera engañosamente tranquila. Era difícil imaginar que, en otra parte de la ciudad, el mundo de Dante Bellandi se estaba derrumbando.Pero allí, en la villa, la calma reinaba.Los Ivanov estaban instalados en la casa que Dante les había asignado, un lugar espacioso y elegante que estaba a la altura de su estatus, con todas las comodidades posibles. Nada les faltaba. Sin embargo, la hospitalidad no siempre venía con una sonrisa.Aquel desayuno se había dispuesto en el jardín, donde una mesa de hierro forjado, cubierta con un mantel de lino blanco, esperaba con una vajilla fina, frutas frescas, pan caliente y una variedad de quesos y embutidos locales. Todo parecía salido de una postal italiana.A la mesa ya estaba
El sonido de la lluvia golpeando contra los ventanales acompañaba el murmullo grave de los hombres reunidos alrededor de la mesa. Todos vestían de negro, con la expresión marcada por la impaciencia y la expectativa.Uno de ellos, un hombre de cabello entrecano y mirada severa, rompió el silencio al inclinarse hacia adelante.—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar?Su tono era áspero, molesto. Sus dedos tamborileaban sobre la superficie de la mesa con impaciencia, como si su propia piel le ardiera ante la inactividad.El hombre sentado en la cabecera, el único que parecía imperturbable, se tomó su tiempo antes de responder. Apoyó el vaso contra sus labios, degustó lentamente el whisky y luego lo dejó sobre la mesa con un leve clink.Su rostro permaneció en sombras, pero su voz fue clara y firme cuando habló.—En este momento hay una rata hambrienta. Dejemos que roa todo lo que pueda, que coma lo que quiera… y luego veremos qué es lo que queda.El silencio que siguió a sus palabras fue
La noche era espesa, sofocante, cargada de un silencio pesado que se extendía por el jardín privado de Dante. Él estaba sentado en un banco de piedra junto a la fuente de mármol, donde el agua caía en un murmullo hipnótico. Sus dedos jugaban con el borde del vaso de whisky que descansaba sobre su rodilla, pero no lo bebía. Su mente estaba en otra parte.Enrico.Su desaparición lo tenía al filo del abismo. Desde que tomó el control del clan, había enfrentado traiciones, una guerra interna y enemigos dispuestos a degollarlo por su puesto. Pero jamás había sentido el peso de una amenaza tan tangible, tan real como la que ahora se cernía sobre él.Porque eso… eso no era un golpe impulsivo. No era la rebelión torpe de un soldado insatisfecho ni un ajuste de cuentas sin sentido. No. Eso era una jugada maestra.Apoyó los codos en las rodillas, exhalando con frustración. Enrico manejaba información vital. Demasiada. Conocía cada negocio, cada contacto, cada convenio estratégico que mantenía e
Una semana había pasado desde que Dante y Svetlana habían hecho oficial su compromiso, y la villa Bellandi seguía siendo un nido de tensión. Los ecos de la vida dentro de la mafia resonaban en cada rincón, pero fuera de esa atmósfera cargada, algo en el aire había cambiado para Dante. La sonrisa furtiva que había comenzado a esbozar desde que Svetlana aceptó ser suya era un reflejo de una satisfacción que, aunque incómoda, era un respiro necesario en su caótica existencia.Dentro del salón de reuniones, rodeado de sus hombres más cercanos, Dante escuchaba en silencio mientras Fabio, su mano derecha, exponía un nuevo problema.—El último envío... —Fabio comenzó, pasando su mano por su cabello, un gesto de frustración que no pasaba desapercibido—. Hubo complicaciones. Un maldito policía. No deja de hacer preguntas. Está incordiando todo el proceso. Nos ha estado siguiendo, y ya está metiéndose demasiado en lo que no le importa. Ha visto algo... no sé qué, pero ha puesto en riesgo el car
El puerto clandestino estaba sumido en la penumbra. Solo el vaivén de las aguas contra los muelles y el sonido distante de una bocina rompían el silencio espeso de la noche. Un grupo de hombres vestidos de negro descendió de un barco de carga sin nombre, moviéndose con precisión quirúrgica. No hubo palabras, solo miradas y gestos ensayados. Maletines intercambiaban manos, sobres gruesos pasaban de un bolsillo a otro. Un hombre alto, de facciones afiladas, sacó un fajo de billetes y se lo entregó a un estibador que miraba en todas direcciones, nervioso.—No has visto nada —murmuró el ruso.El estibador asintió apresuradamente y desapareció en la oscuridad.Los hombres avanzaron por callejones estrechos, cruzando la ciudad con el sigilo de depredadores nocturnos. Sabían exactamente a dónde ir. No fue casualidad. Cada negocio, cada local, había sido cuidadosamente seleccionado semanas antes. La Bratva no dejaba nada al azar.Un hombre de cabello oscuro y mirada gélida se detuvo frente a
La luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales del gran salón de la villa Bellandi, tiñendo de tonos dorados las paredes de piedra y los muebles de madera oscura. El murmullo de voces masculinas llenaba el espacio, los hombres de confianza de Dante debatían sobre los últimos movimientos de sus enemigos, sobre negocios, lealtades y amenazas que se cernían en la sombra.Pero Dante apenas escuchaba.Su mirada estaba fija en la copa de whisky que giraba entre sus dedos, su mente repasava una y otra vez, la imagen de Svetlana alejándose de él la noche anterior, con el rostro tenso y los ojos brillando de rabia.La había decepcionado.Y él, que jamás se preocupó por lo que pensaran las mujeres, se encontraba sumido en un estado de frustración que le quemaba el pecho. Había manejado todo muy mal.—Dante, ¿estás escuchando? —La voz de Fabio lo sacó de sus pensamientos.Dante parpadeó y alzó la mirada. Todos lo observaban, esperando una respuesta.—No.Fabio frunció el ceño, sorpr
Afuera, el sol brillaba con fiereza sobre los jardines impecables y las fuentes de mármol reflejaban la luz con destellos casi cegadores. Los guardias estaban apostados en cada rincón, reforzando la sensación de que aquella propiedad era una fortaleza impenetrable.En una de las terrazas, Dante Bellandi estaba rodeado por varios de su personal de servicio. Con un cigarro entre los dedos y el ceño fruncido, daba órdenes con su tono grave y autoritario.—Quiero que limpien la casa de huéspedes más grande —dijo, expulsando el humo con calma calculada—. Manden a alguien a cambiar las sábanas, repongan los artículos de baño y asegúrense de que haya comida suficiente en la despensa.Fabio, que estaba tomando nota mentalmente, asintió.—¿Desea alguna decoración especial, jefe?Dante chasqueó la lengua con impaciencia.—No es un hotel de lujo, Fabio. Solo quiero que sea habitable y cómoda para ellos. Que no les falte nada mientras estén aquí.—Sí, señor. En un par de horas estará listo.Dante