En la secuela de Alfa del Valle, la guerra entre lobos y vampiros recrudece, convirtiéndose en todo un desafío para que Mael y Risa estén juntos, que están decididos a construir un hogar y formar una familia. Pero un peligro acecha desde la fortaleza de los vampiros en el norte. Un peligro que ignoran, y que bien podría frustrar todos sus sueños y esperanzas, precipitando sus vidas en un abismo del que es casi imposible escapar. Porque si hay algo que la reina de los vampiros no tolera es la derrota. Los lobos se han atrevido a desafiarla, usurpándole territorios y frustrando todos sus intentos de recuperarlos. Y el principal culpable es ese Alfa joven y temerario. La reina decide darle una lección que no olvidará jamás, y atrapar a la mujer que lo acompaña, para averiguar por qué, a pesar de ser humana, se ve como ella y los contados miembros de la realeza de los vampiros.
Ler maisEl gran cuervo vino a posarse en mi brazo, y en vez de darme un mensaje de Risa de viva voz, se picoteó las patas, donde hallé presillas conteniendo un mensaje de Baltar. Leí las dos tiras de papel de un vistazo y llamé a Aidan, Mendel y Kendall.—Ha comenzado a llover en el este y los parias movilizan a sus vasallos —les informé.—¿Dónde crees que atacarán primero? —inquirió Aidan.—Tal vez intenten cruzar el Launne entre los puestos de Owen y Baltar —respondió Mendel—. Hay algo como un vado a mitad de camino, aunque no creo que les sirva de mucho con tanta nieve.—El río suele congelarse en esa zona —señaló Kendall.—La capa de hielo nunca es lo bastante gruesa para resistir el peso de más de un hombre por vez —respondí meneando la cabeza—. No pueden cruzar un ejérc
Encontré a Risa en la cabaña de Maeve. Había acomodado a Malec contra su pecho, sostenido por una amplia pañoleta atada a la espalda de mi pequeña, donde el bebé dormía muy cómodo mientras ella trabajaba con la esposa de Baltar y Enyd.Sabiendo que llevaríamos provisiones a los otros puestos, habían pasado la mañana preparando cajones de hierbas, aceites, ungüentos y otros elementos para las sanadoras.Al verme entrar ya envuelto en mis pieles, listo para partir, Enyd se despidió de ellas y salió apresurada a prepararse, porque vendría conmigo al oeste.Risa dejó a Maeve terminando de cerrar los cajones y vino a mi encuentro con una sonrisa a flor de labios. Descansó su costado contra mí y rodeé sus hombros con un brazo, besando su cabello.—Aprovecha tus últimas escapadas solo, mi señor —dijo, su cab
Los niños se adelantaron corriendo a recorrer cada habitación, seguidos alegremente por Briana, mientras Risa y yo comenzábamos la ardua tarea de quitarnos las varias capas de abrigo que vestíamos.Mi pequeña alzó a Malec con una sonrisa radiante y lágrimas de emoción en los ojos, toda ella vibrando de felicidad como pocas veces la viera.Entonces Baltar y Maeve le presentaron una placa de madera envuelta en un delicado paño bordado.—Tan pronto sea posible, queremos colgarla en la entrada al puesto —explicó mi primo con su acostumbrado acento cordial—. Es como nos gustaría que se llamara este lugar a partir de ahora.Risa me miró interrogante y meneé la cabeza, porque no tenía idea de qué se trataba. Entonces acomodó bien a Malec en un brazo y con la mano libre apartó el paño. La pieza de madera estaba primorosam
Fue un viaje interminable, miserable. Por momentos parecía que estábamos atrapados en una pesadilla, condenados a vagar por toda la eternidad en aquellas gélidas tierras, rodeados de nieve hasta donde alcanzaba la vista, sin rastros de color o calor durante días y días y días.Risa era lo único que evitaba que nos entregáramos a la desesperación y nos echáramos a llorar como chiquillos perdidos. Había esperado tanto ese momento, que no permitiría que nada le echara a perder aquel viaje.Mantenía su buen humor a toda prueba, y se entretenía entreteniéndonos. Ahora que podía hablar y escuchar con su mente, buscaba temas de conversación en los que pudieran intervenir todas las mujeres. Cantaba para que todos cantaran con ella, y cuando hasta ella se cansó del repertorio repetido, nos hacía improvisar letras nuevas para melodías tradic
El potente sonido del cuerno llenó el Valle, perturbando el profundo silencio de la nieve. Los caballos pifiaron y patearon impacientes, soltando nubecillas de vapor en el helado aire matinal. Las puertas del castillo no tardaron en abrirse de par en par, dando paso a un grupo de mujeres envueltas en pieles de pies a cabeza, sus sonrisas entusiasmadas asomando bajo sus ojos brillantes.Risa las encabezaba, deslumbrante y hermosa en su pesado manto blanco, bajo el que vestía varias capas de abrigo, ropas de montar y botas altas. Y en sus brazos, oculto en su apretado atado de pieles, cargaba a Malec, que enmudeció al salir al aire libre por primera vez en su vida.—¿Vendrás conmigo, hijo? —le pregunté.—¡Da, da, da! —exclamó, y las pieles que lo envolvían ondularon, haciendo reír a mi pequeña, que se adelantó con él.Montado en mi semental, me
Afuera nevaba copiosamente, en uno de los inviernos más rigurosos de las últimas décadas. Las noticias que llegaban del norte me habían disuadido de reunir a los guerreros que se suponía pasarían esos meses descansando en el Valle con su familias, y enviarlos con Milo y Mendel a reforzar a quienes defendían la frontera. Tal como hiciéramos dos años atrás, se reunieron con los refuerzos de mis tíos en el vado del Lagan y continuaron juntos hacia el norte.Mientras tanto, Risa continuaba recuperándose del parto, mucho más rápido de lo que todas las sanadoras anticiparan. Tilda, Aine y Briana la cuidaban con devoción, y yo pasaba con ella tanto tiempo como ella me permitía.—Atiende tus deberes, mi señor —repetía, con esa sonrisa adorable que me impedía decirle que no a nada—. Prometiste que nos mudaríamos al norte e
Risa pasó las siguientes dos semanas en reposo, recuperándose de las secuelas del parto. Malec había sido un bebé robusto al nacer, y el cuerpo de mi pequeña precisaba tiempo para sanar después de darlo a luz.A pesar de que evitaba quejarse, mantenía la calma y trataba de sonreír cuanto podía, yo percibía el dolor constante que soportaba, y me partía el alma no poder hacer nada para aliviarla.Permaneció en los aposentos de madre tres días, con Tilda y Marla turnándose para cuidarla a toda hora bajo la supervisión de Tea, la anciana sanadora, que no ocultaba su desconfianza de los métodos de nuestras sanadoras.Sus maneras bruscas me molestaban, pero madre parecía hallarlas divertidas, y Tilda y Marla las toleraban con paciencia humorística, de modo que tuve que tragarme mis protestas, especialmente porque su presencia hacía sentir bien a Risa.Cuatro días después del parto, convenció a Risa de regresar a nuestras habitaciones. Y pretendía hacerla camina
Caía la tarde cuando madre me hizo saber que Aine preguntaba si podía visitar a Risa con los niños. Mi pequeña hizo un esfuerzo por abrir los ojos y asintió, buscando a tientas mi mano, su otro brazo ciñendo al bebé que dormía profundamente junto a su pecho desnudo.—¿Quieres que vengan, amor mío? —le pregunté con la mente, para cerciorarme de haberla comprendido.—Sí, quiero que lo conozcan.Le respondí directamente a Aine y me incliné a besar la mejilla pálida de Risa, que trató de sonreír.—Hablar así es mucho más fácil —dijo, y aún con la mente su acento sonaba fatigado.—A que sí —sonreí—. Y cuando aprendes a cerrarte, es mucho más discreto.—Ya me imagino.—Imagínate entonces las cosas que podr&eac
Al menos nadie me regañó cuando dije que quería permanecer con ellos mientras dormían.La anciana sanadora y madre rodearon la cama juntas para inclinarse hacia el bebé. Advertí el brillo húmedo de los ojos de la humana, que meneó la cabeza rezongando como para no admitir que ella también estaba emocionada.Madre me acarició la cabeza con una sonrisa cálida y asintió.—Felicitaciones, hijo mío. Que Dios los bendiga.Dejaron la habitación hombro con hombro, los brazos enlazados como viejas amigas, la reina de los lobos y la humana gruñona de tocado estrafalario. Marla y las otras sanadoras las siguieron, dejando sólo a Tilda con nosotros, lista para asistir a Risa y al bebé en lo que hiciera falta.La puerta no llegó a cerrarse, porque mis hermanos y sus compañeras entraron de puntillas a conocer a mi hijo y se d