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Sin otra alternativa, me tragué mi frustración y crucé la calle hacia la casa donde llevaran a Milo, para pasar al menos unos minutos con él mientras interrogábamos a la sanadora sobre los espías. Pero apenas abrí la puerta, Ronda corrió a mi encuentro, cortándome el paso.

—¿Una palabra, Alfa? —dijo, invitándome a volver a salir.

Acepté sorprendido, porque era extraño que Ronda me buscara para hablar de nada. Tan pronto cerró la puerta tras ella, la soltó a hablar de forma tan atropellada que tuve que interrumpirla y pedirle que comenzara de nuevo.

—Se trata de Tea, la sanadora —dijo con una mueca—. Quería pedirte que no la castigues por lo que hizo.

Me limité a sostener su mirada en silencio, alzando las cejas. Ronda desvió la vista, meneando la cabeza levemente.

—Tea perdió a sus tres hijos huyendo hacia aquí, hace muchos años, y lo único que le quedaba de ellos eran rizos de su cabello en unas botellitas. —Volvió a enfrentarme suplicante—. Estab

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