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Alba

El dolor cada vez era más insoportable. Había pedido la epidural, pero todo se estaba dando tan rápido que el anestesiólogo dijo que definitivamente no habría tiempo para que hiciera efecto.

—Nena, tú puedes —me dijo papá, sujetándome la mano—. Creo en ti, eres la mujer más valiente del jodido mundo.

—Gracias por estar aquí —le dije cuando pasó una de las contracciones—. Perdóname por traumatizarte.

Sí, me quedaba claro que para ninguno de los dos era cómodo esto. Una cosa era que me hubiese cambiado los pañales cuando era bebé y otra muy distinta que estuviera viendo cómo mi vagina se volvía gigante para dejar pasar a mi hijo.

Gian estaba callado, a pocos metros de la cama. De vez en cuando lo miraba y notaba un dolor inhumano en su mirada. Tenerlo cerca me lastimaba mucho, pero tampoco podía negarle el poder contemplar el nacimiento de Aian; así que esta fue la solución más adecuada que encontré y la que más me tranquilizó.

—Puja —me indicó la doctora—. Ya viene, preciosa, ya v
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