214Julieta observaba las calles pasar rápidamente mientras el coche avanzaba. Callum charlaba de manera relajada con Maximiliano, quienes parecían haber encontrado un inesperado punto en común desde que los volvieron a presentar. La atmósfera en el interior del auto era tensa, aunque no por ellos dos. —Te arreglé un apartamento discreto en el centro —dijo Max dirigiéndose a Isabel con seriedad—. Es mejor que no sigas en la casa donde estabas. Isabel se mordió el labio con fuerza, luchando contra las lágrimas que empezaron a caer sin que pudiera evitarlo. —No llores, por favor —pidió Julieta con suavidad, girándose hacia ella—. Le hace mal al bebé. Un incómodo silencio llenó el vehículo por un instante. —¿Bebé? —preguntó Callum con el ceño fruncido, desviando la mirada hacia Julieta. Su voz cortó el aire como una cuchilla. Todos quedaron en silencio. Isabel se estremeció, claramente nerviosa. —Estoy embarazada —confesó al fin con voz pequeña, como si estuviera intent
215Llegando a la torre Hawks luego de dejar a Isabel y Callum en el departamento se encontraron con un caos total en la entrada, al menos cuatro carros policiales estacionados de forma apresurada con puertas abiertas haciendo una barricada.—¿Qué pasó? —pregunté en un murmullo, sintiendo que mis piernas flaqueaban al ver las luces de los carros de policía.—No lo sé, vamos a ver —respondió Max, intentando mantener la calma, aunque pude notar la tensión en su mandíbula.Nos bajamos del auto casi corriendo, pero Marcelo, como siempre, fue más rápido y logró adelantarse.—¿Qué sucedió, oficial? —preguntó Marcelo, frunciendo el ceño con preocupación mientras se plantaba frente a uno de los policías.El oficial lo miró de arriba abajo con un aire de desconfianza antes de responder:—¿Y usted es…?—Mi jefe de seguridad —intervine automáticamente, con la voz más firme de lo que me sentía en ese momento. Me acerqué un paso más, respirando hondo para calmarme. —Soy Julieta Beaumont, la CEO d
216La guardería, que hacía unos minutos era un caos de gritos y movimiento, quedó sumida en un silencio sepulcral. Julieta estaba en estado de shock, incapaz de procesar la magnitud de lo que ocurría. Sin darse cuenta, se había aferrado a Maximiliano, sus manos temblorosas buscando refugio en él mientras su mente se hundía en un abismo de desesperación.—Todo estará bien, Julieta —susurró Max con firmeza, aunque su propia voz temblaba ligeramente. —Mi niña, Nicoll… trae a mi niña —hablaba con voz ahogada.Pero Julieta ya no podía escucharlo. Sus fuerzas la abandonaron de repente y perdió el conocimiento en sus brazos.—¡Julieta! —exclamó Maximiliano, alarmado, mientras la sostenía antes de que pudiera caer.La cargó con cuidado, su cuerpo inerte en sus brazos, mientras el silencio se hacía más denso a su alrededor. Miró a su alrededor, buscando un lugar donde pudiera descansar, alejada del caos y la tensión que llenaban la guardería.—Marcelo, encárgate de todo aquí. Encuentra a Nic
217Julieta abrió los ojos lentamente, sintiendo un peso en su cabeza y un leve mareo. La habitación estaba iluminada con una tenue luz, y cuando intentó moverse, un vaso de agua fresca apareció frente a ella. Sin pensarlo, lo tomó con avidez, dejando que el líquido aliviara su garganta seca.—¿Estás bien? —preguntó una voz suave y ronca.Alzó la mirada y encontró los ojos de Maximiliano fijos en ella, llenos de preocupación y algo más, una culpa que parecía consumirlo. Julieta parpadeó, aun tratando de ordenar sus pensamientos.—Yo... no sé —murmuró, pasando una mano por su frente. La sensación de extrañeza en su cuerpo era abrumadora.—Me siento rara —admitió finalmente, pero en cuanto las piezas empezaron a encajar en su mente, su corazón se encogió y un sollozo se formó en su garganta—. Mi niña, Max... —dijo con un hilo de voz, el dolor en su pecho amenazando con ahogarla.Maximiliano se inclinó hacia ella, tomando su mano con suavidad.—La estoy buscando, cariño —susurró, su tono
218JulietaSentía que estaba perdiendo la mente. Solo quería encontrar a mi pequeña niña. Max y yo recorríamos piso por piso del edificio, y habían pasado dos horas sin que lográramos ninguna pista. Cada paso era un golpe al corazón, cada rincón vacío una puñalada al alma. Las lágrimas no dejaban de caer por mi rostro, y aunque intentaba mantener la esperanza, me sentía rota.Max, a pesar de su aspecto más calmado, no estaba mejor que yo. Sus ojos rojos lo delataban. Aunque había mejorado de su enfermedad y estaba en los últimos meses de tratamiento, su energía no era la misma de antes. Sin embargo, no dejaba de buscar conmigo, su determinación inquebrantable, como siempre.—No está… —murmuró Max, frustrado, apoyándose contra la pared como si las fuerzas lo estuvieran abandonando.Lo miré, sintiendo que me tambaleaba también.—La encontraremos, solo necesitamos… —Mi voz se quebró mientras nuevas lágrimas surcaban mis mejillas—. Necesitamos otro enfoque, ¿no?Max se quedó en silencio
219JulietaEstaba aterrada, pero me quedé quieta detrás de Max, con las manos temblando. Temía que, si Liliane me veía aquí arriba con ellos, todo se saliera aún más de control.—¿Estás seguro? —preguntó Liliane, con un dejo de duda en su voz.Max se mantuvo firme, su postura era tensa, pero su voz salió suave, como si estuviera tratando de calmarla.—Sí, creo que es lo mejor para nosotros, ¿no crees? —respondió, asegurándose de no sonar provocador.Un brillo de alegría cruzó el rostro de Liliane, como si esas palabras fueran todo lo que necesitaba escuchar.—¡Lo es! —exclamó emocionada—. Sabía que ibas a entender.Max asintió, sus ojos fijos en ella, midiendo cada palabra antes de decirla.—Claro que lo entiendo. En ese lugar, nadie nos molestará y podremos ser… felices.Liliane parecía casi eufórica. Dio unos pasos hacia atrás, medio bailando mientras decía: —¡Sí, sí, sí! Pensé que nunca lo entenderías. Yo soy la única que puede hacerte feliz —hablaba pletórica.Max tra
220 Maximiliano avanzó con pasos calculados hacia Liliane, manteniendo la calma mientras sus ojos se fijaban en la pequeña figura que descansaba a sus pies, envuelta en una manta desgastada. Maxime, su hija, estaba acurrucada, temblando de frío. Sus mejillas estaban sonrojadas, su nariz goteaba y sus labios tenían un tinte azulado que a él le produjo un nudo en el estómago. —Sé que antes no te amaba —dijo Max, su tono lleno de un falso remordimiento que había practicado para este momento—, pero podemos solucionarlo. Podemos ser una familia. Liliane alzó la vista, sus ojos llenos de una mezcla de desconfianza y esperanza. Dudaba, pero la necesidad de creerle era más fuerte que su orgullo. —¿Me lo prometes? —preguntó, su voz quebrándose. Maximiliano asintió con suavidad, intentando ocultar el desprecio que sentía hacia ella en ese momento. —Claro que sí, confía en mí —contestó con voz reconfortante, mientras su mirada se deslizaba hacia la pequeña Maxime. La niña estaba inquieta, a
221 Maximiliano y Tomás se detuvieron en seco al abrir la puerta de la habitación de Julieta. Sus corazones latían con fuerza, anticipando lo peor, pero lo que encontraron fue una escena tranquila: Julieta dormía plácidamente, su respiración acompasada y su rostro sereno. Ambos hombres intercambiaron una mirada, sus expresiones aún tensas y pálidas. Fue entonces cuando una enfermera entró al cuarto, observando sus rostros llenos de preocupación. —¿Qué sucede? —preguntó con suavidad, percibiendo su evidente angustia. Tomás, quien parecía estar buscando su voz, finalmente habló. —Escuchamos un código rojo… —dijo con voz ahogada. La enfermera asintió de inmediato, comprendiendo la confusión. —Oh —respondió, acompañando sus palabras con una sonrisa conciliadora—. Fue en la habitación de al lado. Maximiliano cerró los ojos y soltó un largo suspiro, mientras Tomás apoyaba una mano en la pared, tratando de calmarse. —¿Está… está todo bien con Julieta? —preguntó Maxi