221 Maximiliano y Tomás se detuvieron en seco al abrir la puerta de la habitación de Julieta. Sus corazones latían con fuerza, anticipando lo peor, pero lo que encontraron fue una escena tranquila: Julieta dormía plácidamente, su respiración acompasada y su rostro sereno. Ambos hombres intercambiaron una mirada, sus expresiones aún tensas y pálidas. Fue entonces cuando una enfermera entró al cuarto, observando sus rostros llenos de preocupación. —¿Qué sucede? —preguntó con suavidad, percibiendo su evidente angustia. Tomás, quien parecía estar buscando su voz, finalmente habló. —Escuchamos un código rojo… —dijo con voz ahogada. La enfermera asintió de inmediato, comprendiendo la confusión. —Oh —respondió, acompañando sus palabras con una sonrisa conciliadora—. Fue en la habitación de al lado. Maximiliano cerró los ojos y soltó un largo suspiro, mientras Tomás apoyaba una mano en la pared, tratando de calmarse. —¿Está… está todo bien con Julieta? —preguntó Maxi
222 Julieta Desperté aturdida, con la cabeza pesada y una sensación de vacío en el pecho. Al abrir los ojos, la luz me cegó momentáneamente, pero enseguida lo vi a él. Max estaba inclinado sobre mí, su rostro lleno de preocupación y sus manos cálidas sosteniendo las mías. —Gracias a Dios, nena —murmuró, y antes de que pudiera reaccionar, sus labios se posaron sobre los míos en un beso suave, apenas un roce que me supo a alivio y desesperación contenida. —Max… —mi voz salió ronca, como si no hubiera hablado en días. Enseguida apareció un vaso de agua frente a mí. Max me lo acercó con cuidado, ayudándome a sostenerlo mientras bebía con avidez. El líquido fresco calmó mi garganta y me permitió respirar un poco mejor. —¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad, sus ojos oscuros escudriñándome con intensidad. —Maxime… —supliqué, un sollozo atrapado en mi pecho, incapaz de contener la angustia que me había invadido desde el momento en que perdí la conciencia. Él se apartó lige
223IsabelCaminaba de un lado a otro nerviosa—No lo entiendes, tengo que ir a ver a Julieta. Esa loca de la ex de Maximiliano… —No pude terminar la frase. Callum me detuvo, sujetando mis brazos con suavidad.—No sé quién es esa tal ex —dijo con calma—, pero no puedes salir de aquí, cariño.Su mano se deslizó hacia mis mejillas, acariciándolas con una ternura que debería haberme tranquilizado, pero mi preocupación por Julieta era más fuerte. Seguíamos encerrados en el departamento, observando cada noticia que aparecía en la televisión sobre los acontecimientos recientes.—Callum, tenemos que hacer algo. ¿Y si está herida? ¿Y si necesita nuestra ayuda? —Mi voz se quebraba por la ansiedad.—Isa —dijo firmemente, con ese tono calmado que siempre lograba apaciguarme—, si están en el hospital, estarán ocupados. No podemos hacer nada más que esperar. Vamos a darle algo de tiempo, ¿sí? Después llamaremos.Su lógica era irrefutable, pero mi corazón no dejaba de latir con fuerza. Mi mente se
225Brigitte Fernando me había escrito que necesitaba verme para discutir cómo resolver lo de las acciones de Hawks Holding. No entendía por qué había elegido un bar tan cutre para reunirnos, pero allí estaba yo, intentando no tocar demasiado las superficies y observando a la clientela con una mezcla de incomodidad y asco.Me senté en un taburete junto a la barra, cruzando las piernas y ajustando la chaqueta de mi traje. El ambiente olía a cerveza rancia y frituras, algo que me irritaba profundamente.Poco menos de diez minutos después, Fernando apareció, luciendo su acostumbrado traje impecable. Su mirada escaneaba el lugar con desdén. Al parecer, el bar tampoco era de su agrado.—Vamos a una mesa —dijo sin molestarse en saludar.Lo seguí hasta una mesa más apartada, un lugar donde al menos el ruido era menor y los olores no eran tan intensos.—¿Qué plan tienes? —pregunté mientras me acomodaba, cruzando los brazos sobre el respaldo de la silla.—Tomemos algo primero. Estos ú
226Brigitte Hawks, una mujer que siempre había proyectado orgullo y elegancia, ahora yacía en el suelo, débil y deshecha, con la vida escapándose lentamente de su cuerpo. Su ropa estaba hecha jirones y empapada en sangre, su cabello desordenado y pegado al rostro.La habitación era un escenario macabro: paredes oscuras, una tenue luz amarilla que proyectaba sombras inquietantes, y en el centro de todo, Dimitri Belikov, limpiando meticulosamente la sangre de sus manos con un pañuelo blanco, como si acabara de terminar una trivial tarea doméstica.—Fue divertido —dijo con su marcado acento ruso, una sonrisa sádica iluminándole el rostro.Brigitte intentó mover una mano hacia el cuchillo que sobresalía de su pecho. El dolor era insoportable, como si un fuego ardiera dentro de su torso, consumiéndola lentamente. Apenas podía distinguir las figuras en la habitación; todo estaba borroso, como si la realidad se desvaneciera junto con su fuerza.—Ayúdame… —murmuró con voz apenas audible,
227Le dije al chofer que condujera directamente a nuestra casa. Julieta estaba agotada, apenas podía mantenerse despierta, aunque juraba que no tenía sueño. Pero apenas apoyó la cabeza en mi hombro, se quedó profundamente dormida.Cuando llegamos, la bajé del auto con cuidado, susurrándole: “Perdóname, nena”, mientras la cargaba en brazos. Su respiración era tranquila, y algo murmuró, pero no entendí qué. La llevé a nuestra habitación y, aunque me doliera, la até a la cama con unas esposas. No podía arriesgarme a que intentara seguirme. No esta vez.Besé su frente antes de cubrirla con las mantas. “Es por tu bien”, susurré, sintiendo un nudo en la garganta.Salí de la habitación, cerrando la puerta suavemente. Marcelo me estaba esperando en la sala, con su expresión de siempre, una mezcla de preocupación y resignación.—¿Qué sucede? —preguntó al ver mi rostro.—Dimitri tiene a mi madre —respondí, apretando los dientes. Mi pecho se llenaba de una mezcla de rabia y miedo. Brigitt
228—De acuerdo. Pero espero que no me estés ocultando nada más —Callum ponía toda su fe en que lo que ocultabas Isabel no fuera nada.Arabella y Brenda intentaron replicar, pero los policías levantaron las manos en señal de detenerlas.—Señoras, parece que no hay delito aquí. Si quieren presentar una denuncia formal, háganlo en la comisaría. Ahora necesitamos que se retiren —dijo el oficial principal con firmeza.Brenda y Arabella resoplaron, claramente frustradas, pero finalmente dejaron que la policía se fuera, no sin antes lanzar miradas llenas de odio hacia Isabel.Cuando la puerta se cerró, Callum volvió su atención a Isabel.—Bien, Isabel. Estoy escuchando. ¿Qué es lo que debo saber? —pregunta con ese aire de desconfianza.Isabel sintió cómo el pánico la invadía. ¿Cómo le decía que todo había sido un montaje, que su boda no era real? ¿Cómo justificaba la mentira sin perderlo para siempre? Brenda estaba decidida. No se iría sin hablar con su hijo. Al ver que los policías
229Maximiliano estaba a punto de entrar a su auto cuando un oficial de policía lo detuvo.—Señor, no puede irse. Debe rendir una declaración —dijo el oficial con voz autoritaria, bloqueando su paso.Max giró sobre sus talones, su rostro una mezcla de incredulidad y furia.—¿Sabes quién soy? ¡Es mi madre la que va en la ambulancia! —espetó, mirándolo como si el oficial no fuera más que un obstáculo insignificante.El policía lo observó con calma, pero su mirada se endureció al notar el tono arrogante de Maximiliano.—¿Qué hacía usted aquí? —preguntó, ignorando su protesta y continuando con el interrogatorio.Max respiró hondo, tratando de no explotar.—Recibí una llamada de mi mamá. Vine, pero la encontré... así —dijo tragando grueso, sus palabras entrecortadas mientras el recuerdo de su madre tirada en un charco de sangre lo golpeaba nuevamente.El oficial no mostró reacción alguna.—Es una parte alejada de la ciudad, señor. ¿Por qué estaba aquí en primer lugar? —se mostró insistente