2. La traición.

El sol apenas se ha puesto, tiñendo el cielo de un rojo oscuro que se refleja en las calles mojadas. Camino con Natan, como tantas otras noches, y todo parece normal. Sus pasos resuenan junto a los míos, en sincronía, como siempre. No hay distancia entre nosotros. Nunca la hubo.

Natan es más que mi amigo. Es mi hermano, mi confidente, el único en quien confío cuando todo lo demás se tambalea. Tiene esa risa fácil, esa manera despreocupada de ver la vida, como si nada pudiera tocarlo. Pero sé que detrás de eso hay lealtad, una lealtad que creí inquebrantable.

—Hoy fue un buen día—, dice, dándome un codazo con una sonrisa torcida.—Hiciste temblar a esos idiotas.

Sonrío de lado.

—Solo hago lo que hay que hacer.

Él asiente, mirándome con esa chispa de admiración en los ojos.

—Eso es lo que me gusta de vos. No te doblegás.

Me gusta escuchar eso de su boca. Me recuerda por qué siempre lo tuve a mi lado. Nos cuidamos el uno al otro desde que tengo memoria. Desde que éramos unos pibes sin nada más que las garras y la voluntad de sobrevivir.

La confianza entre nosotros es total. Si hay alguien que nunca me fallaría, es él. Lo sé. Lo siento.

Doblamos por un callejón estrecho. Es nuestro camino habitual, una ruta que conocemos de memoria. Pero esta vez algo se siente… diferente. No sabría decir qué. Es un presentimiento, una presión en el pecho que no logro ignorar.

—¿Qué te pasa?— pregunta Natan, notando mi tensión.

Lo miro. Su expresión es tranquila, sin rastros de preocupación. Y eso debería calmarme. Pero algo dentro de mí sigue inquieto.

—Nada—, miento. —Solo cansado.

Él sonríe y me da una palmada en el hombro.

 —Entonces terminemos esto rápido y vayamos a beber algo. Como en los viejos tiempos.

Asiento, permitiéndome relajarme un poco. Me repito que es solo mi imaginación. No tengo razones para dudar de Natan. Es mi hermano. Mi sombra.

Pero entonces, un ruido detrás de mí. Un movimiento rápido. Y el primer golpe llega antes de que pueda reaccionar.

Un puño me impacta en el costado de la cabeza, haciéndome trastabillar. Instintivamente, giro en dirección al ataque, pero lo que veo me deja helado.

Cinco sombras emergen de la oscuridad. Cinco hombres con sonrisas crueles y ojos llenos de intención asesina. Y al frente de todos… Natan.

No lo entiendo. No puedo entenderlo.

—¿Qué carajo es esto?— logro decir, el sabor metálico de la sangre ya en mi boca.

Natan me mira, su expresión neutra. Como si no hubiera nada extraño en lo que está haciendo. Como si no estuviera por traicionar todo lo que fuimos.

Me niego a creerlo. Me niego a aceptar que esto es real.

Sus ojos titubean por una fracción de segundo, como si verme en ese estado removieran algo dentro suyo. Pero entonces endurece la mirada.

La rabia se mezcla con la confusión y el dolor. No sé qué duele más: la traición o darme cuenta de que, tal vez, siempre hubo señales que decidí ignorar.

Los otros se mueven, rodeándome. Sé que no me van a dar tiempo para procesarlo.

Me preparo. Me enderezo, escupo la sangre y fijo la vista en él.

—Vas a tener que matarme vos mismo, entonces.

Natan me sostiene la mirada, y por un instante veo algo en sus ojos. Duda. Arrepentimiento. Pero es fugaz. Se desvanece cuando da un paso atrás, dejando que los otros se abalancen sobre mí.

Y en ese momento, lo sé.

Natan ya no es mi hermano. Ya no es mi amigo. Es mi enemigo. Y hoy, solo uno de los dos va a salir con vida de este callejón.

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