El sol apenas se ha puesto, tiñendo el cielo de un rojo oscuro que se refleja en las calles mojadas. Camino con Natan, como tantas otras noches, y todo parece normal. Sus pasos resuenan junto a los míos, en sincronía, como siempre. No hay distancia entre nosotros. Nunca la hubo.
Natan es más que mi amigo. Es mi hermano, mi confidente, el único en quien confío cuando todo lo demás se tambalea. Tiene esa risa fácil, esa manera despreocupada de ver la vida, como si nada pudiera tocarlo. Pero sé que detrás de eso hay lealtad, una lealtad que creí inquebrantable. —Hoy fue un buen día—, dice, dándome un codazo con una sonrisa torcida.—Hiciste temblar a esos idiotas. Sonrío de lado. —Solo hago lo que hay que hacer. Él asiente, mirándome con esa chispa de admiración en los ojos. —Eso es lo que me gusta de vos. No te doblegás. Me gusta escuchar eso de su boca. Me recuerda por qué siempre lo tuve a mi lado. Nos cuidamos el uno al otro desde que tengo memoria. Desde que éramos unos pibes sin nada más que las garras y la voluntad de sobrevivir. La confianza entre nosotros es total. Si hay alguien que nunca me fallaría, es él. Lo sé. Lo siento. Doblamos por un callejón estrecho. Es nuestro camino habitual, una ruta que conocemos de memoria. Pero esta vez algo se siente… diferente. No sabría decir qué. Es un presentimiento, una presión en el pecho que no logro ignorar. —¿Qué te pasa?— pregunta Natan, notando mi tensión. Lo miro. Su expresión es tranquila, sin rastros de preocupación. Y eso debería calmarme. Pero algo dentro de mí sigue inquieto. —Nada—, miento. —Solo cansado. Él sonríe y me da una palmada en el hombro. —Entonces terminemos esto rápido y vayamos a beber algo. Como en los viejos tiempos. Asiento, permitiéndome relajarme un poco. Me repito que es solo mi imaginación. No tengo razones para dudar de Natan. Es mi hermano. Mi sombra. Pero entonces, un ruido detrás de mí. Un movimiento rápido. Y el primer golpe llega antes de que pueda reaccionar. Un puño me impacta en el costado de la cabeza, haciéndome trastabillar. Instintivamente, giro en dirección al ataque, pero lo que veo me deja helado. Cinco sombras emergen de la oscuridad. Cinco hombres con sonrisas crueles y ojos llenos de intención asesina. Y al frente de todos… Natan. No lo entiendo. No puedo entenderlo. —¿Qué carajo es esto?— logro decir, el sabor metálico de la sangre ya en mi boca. Natan me mira, su expresión neutra. Como si no hubiera nada extraño en lo que está haciendo. Como si no estuviera por traicionar todo lo que fuimos. Me niego a creerlo. Me niego a aceptar que esto es real. Sus ojos titubean por una fracción de segundo, como si verme en ese estado removieran algo dentro suyo. Pero entonces endurece la mirada. La rabia se mezcla con la confusión y el dolor. No sé qué duele más: la traición o darme cuenta de que, tal vez, siempre hubo señales que decidí ignorar. Los otros se mueven, rodeándome. Sé que no me van a dar tiempo para procesarlo. Me preparo. Me enderezo, escupo la sangre y fijo la vista en él. —Vas a tener que matarme vos mismo, entonces. Natan me sostiene la mirada, y por un instante veo algo en sus ojos. Duda. Arrepentimiento. Pero es fugaz. Se desvanece cuando da un paso atrás, dejando que los otros se abalancen sobre mí. Y en ese momento, lo sé. Natan ya no es mi hermano. Ya no es mi amigo. Es mi enemigo. Y hoy, solo uno de los dos va a salir con vida de este callejón.El olor a lluvia y asfalto mojado se mezcla con el hedor a sangre. Mi sangre. Me apoyo contra la pared del callejón, jadeando, sintiendo cómo el líquido caliente me empapa la camisa rota. La herida en mi costado arde como si me hubieran prendido fuego desde adentro. Maldita sea, no debería haberme confiado.Natan.Su nombre me retumba en la cabeza como un eco burlón. No lo vi venir, o mejor dicho, no quise verlo venir. Creía que era mi amigo, mi mejor amigo, pero no, era un traidor, que esperaba su momento para clavarme los colmillos en la yugular. Y lo hizo. Solo que no fue con sus dientes, sino con una emboscada cobarde.—¿Qué se siente, Luke? —Su voz sisea entre las sombras cuando me derriban.No respondo. No iba a darle el placer de verme suplicando. Me defiendo con todo lo que tengo, con uñas, dientes y la furia de mi instinto. Mi lobo ruge dentro de mí, pero la traición pesa más que las heridas. Este no es un ataque cualquiera. Es un mensaje. Quieren que sepa que mi reinado ha t
Natan y su banda de perros traidores me habían tendido una trampa, esperándome como hienas en ese callejón olvidado. Creían que podrían bajarme del trono, y quizá tenían razón. Mi cuerpo estaba cediendo. Podía sentirlo.Pero mi mente seguía ahí, aferrada a un solo pensamiento: ¿Por qué?Los golpes siguieron hasta que me dejaron tirado contra la pared. Ninguno se atrevió a matarme con sus propias manos. Ni siquiera Natan.El eco de sus pasos se alejaba cuando lo escuché murmurar:—No me obligues a volver, Luke.Y entonces vino el vacío. La nada.Pensé que era el final. Hasta que escuché los pasos.Livianos, rápidos, pero no lo suficientemente cautelosos.Abrí un poco los ojos, y la vi.Una chica pequeña, con el pelo recogido en un moño desprolijo y una bufanda vieja que parecía tragársela. Caminaba con prisa, como si quisiera desaparecer. Me hubiera reído de lo absurdo que era que alguien como ella me encontrara, pero el dolor me lo impidió.Se detuvo.—¡Dios mío!Su voz era suave, cas
—Rita, ¿todo bien? —La voz de un hombre joven, preocupada, atravesó la puerta.Ella corrió a abrir, y un tipo flaco con cara de pocos amigos apareció en el marco.—¿Sigue vivo? —preguntó, mirándome como si fuera un animal herido.—Sí, Tomi, pero...—Esto es una locura, Rita. Este tipo... no sabes quién es.Tampoco lo sabía ella. Y si tenía suerte, nunca lo sabría.Tomi me escaneó con la mirada, como midiendo si aún podía levantarme y hacerle daño. Si no estuviera tan hecho pedazos, habría sido divertido. Pero en ese momento, no tenía humor ni paciencia.—Mirá, pibe, no necesito tus sermones. Podés irte si querés —gruñí, mi voz todavía rasposa pero lo suficientemente clara para que me entendiera.El tal Tomi dio un paso atrás, pero Rita lo detuvo con una mano en el brazo.—No hables así. Él me ayudó a traerte aquí. Si no fuera por Tomi, seguirías tirado en ese callejón.—Bien, gracias por el favor —respondí seco, mirando al flacucho como si quisiera que se desvaneciera en el aire. Lo ú
6. Entre vendas y secretos.Ella parpadeó, claramente sorprendida por mi tono.—No... no quiero que te vayas —respondió, casi en un susurro. Luego, apartó la mirada, sus manos torpemente ajustando las vendas en mi costado—. Solo quiero que te recuperes.No respondí. No sabía qué decirle.Por dentro, mi mente era un campo de batalla. La lógica me gritaba que me fuera, que la dejara atrás antes de que fuera demasiado tarde. Pero otra parte de mí, una más oscura y egoísta, se aferraba a su voz temblorosa, a la manera en que sus dedos rozaban mi piel herida con una suavidad que me desarmaba. No podía quedarme. No debía. Y, sin embargo, cada fibra de mi ser se resistía a la idea de irme.Un poco más, me dije, cerrando los ojos mientras la escuchaba moverse por la habitación. Solo hasta que pueda moverme sin caerme al piso. Entonces me iré.O al menos, eso pensaba.El silencio se instaló entre nosotros, pesado y espeso, roto solo por el crujido de las maderas del suelo y el goteo irregular
—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre?—Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor.Sonreí con ironía.—Y aún así me llevaste contigo.Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo.—No podía dejarte morir.Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio.Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo d
Ella, por supuesto, no lo aceptó.—Podés. Simplemente no querés.Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.
Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj