—Rita, ¿todo bien? —La voz de un hombre joven, preocupada, atravesó la puerta.
Ella corrió a abrir, y un tipo flaco con cara de pocos amigos apareció en el marco. —¿Sigue vivo? —preguntó, mirándome como si fuera un animal herido. —Sí, Tomi, pero... —Esto es una locura, Rita. Este tipo... no sabes quién es. Tampoco lo sabía ella. Y si tenía suerte, nunca lo sabría. Tomi me escaneó con la mirada, como midiendo si aún podía levantarme y hacerle daño. Si no estuviera tan hecho pedazos, habría sido divertido. Pero en ese momento, no tenía humor ni paciencia. —Mirá, pibe, no necesito tus sermones. Podés irte si querés —gruñí, mi voz todavía rasposa pero lo suficientemente clara para que me entendiera. El tal Tomi dio un paso atrás, pero Rita lo detuvo con una mano en el brazo. —No hables así. Él me ayudó a traerte aquí. Si no fuera por Tomi, seguirías tirado en ese callejón. —Bien, gracias por el favor —respondí seco, mirando al flacucho como si quisiera que se desvaneciera en el aire. Lo último que necesitaba era testigos. Rita suspiró, visiblemente frustrada. Luego se giró hacia Tomi y le dio una mirada significativa, una de esas que dicen más que las palabras. —Estoy bien. Anda tranquilo, ¿sí? Tomi vaciló un segundo, pero al final asintió y salió del cuarto, aunque no sin dedicarme una última mirada de advertencia. Cuando la puerta se cerró, Rita se giró hacia mí con los brazos cruzados. —¿Siempre sos así de agradecido? —¿Siempre sos así de imprudente? —le devolví sin pensarlo. Ella parpadeó, sorprendida, pero en lugar de ofenderse, se acercó un poco más. Se arrodilló junto a la cama y comenzó a inspeccionar las vendas que cubrían mi torso. Su cercanía me tensó, no porque fuera incómoda, sino porque su aroma volvió a golpearme como una ola. Lavanda y algo más. Algo único. —Tus heridas... están sanando más rápido de lo normal —murmuró, más para sí misma que para mí. —Soy resistente. —Resistente no es la palabra. Esto no es... —se detuvo, sacudiendo la cabeza. Quería decirle que no siguiera preguntando, pero había algo en su expresión que me desarmaba. Curiosidad, sí, pero también una especie de compasión que no veía desde hacía años. Tal vez nunca. —¿Por qué me ayudaste? —pregunté, esta vez con menos dureza. Ella se encogió de hombros, como si la respuesta fuera demasiado obvia. —No podía dejarte ahí. —Claro que podías. —Mi tono fue más sarcástico de lo que pretendía, pero ella no se inmutó. —Tal vez. Pero no lo hice. Ese era el problema. No lo había hecho, y ahora yo estaba atrapado aquí, en un cuarto diminuto con una chica que no tenía idea de en lo que se estaba metiendo. Porque tarde o temprano, el desastre me seguiría. Intenté levantarme de nuevo, esta vez con más cuidado. Rita se enderezó de inmediato, poniéndome una mano en el hombro para detenerme. —¡No te levantes! Si te movés demasiado, te vas a abrir las heridas. —Mis heridas no son tu problema. —Estás en mi cama, en mi cuarto. Creo que sí son mi problema. La forma en que lo dijo, con una mezcla de firmeza y suavidad, me descolocó. No estaba acostumbrado a que me hablaran así. No desde que tomé el liderazgo de la manada. Todos me temían, me respetaban, pero nadie me trataba como... como un hombre herido, como algo más que el alfa. La miré a los ojos, esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que quería mostrar. Por un momento, el aire en la habitación se volvió denso, cargado de algo que no podía explicar. Ella no apartó la mirada. —Tenés razón —dije al fin, con un suspiro que me dolió en el pecho—. Este es tu lugar. Así que, si querés que me vaya, decímelo. Rita tardó en responder. Sus labios se entreabrieron, como si estuviera buscando las palabras exactas. Pero en lugar de decirme que me fuera, hizo algo que no esperaba. —Descansá. No te voy a echar. No todavía.6. Entre vendas y secretos.Ella parpadeó, claramente sorprendida por mi tono.—No... no quiero que te vayas —respondió, casi en un susurro. Luego, apartó la mirada, sus manos torpemente ajustando las vendas en mi costado—. Solo quiero que te recuperes.No respondí. No sabía qué decirle.Por dentro, mi mente era un campo de batalla. La lógica me gritaba que me fuera, que la dejara atrás antes de que fuera demasiado tarde. Pero otra parte de mí, una más oscura y egoísta, se aferraba a su voz temblorosa, a la manera en que sus dedos rozaban mi piel herida con una suavidad que me desarmaba. No podía quedarme. No debía. Y, sin embargo, cada fibra de mi ser se resistía a la idea de irme.Un poco más, me dije, cerrando los ojos mientras la escuchaba moverse por la habitación. Solo hasta que pueda moverme sin caerme al piso. Entonces me iré.O al menos, eso pensaba.El silencio se instaló entre nosotros, pesado y espeso, roto solo por el crujido de las maderas del suelo y el goteo irregular
—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre?—Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor.Sonreí con ironía.—Y aún así me llevaste contigo.Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo.—No podía dejarte morir.Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio.Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo d
Ella, por supuesto, no lo aceptó.—Podés. Simplemente no querés.Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.
Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
Desperté en la madrugada, como si algo me hubiera sacado de un sueño profundo. Un sonido. Una vibración en el aire que mi instinto reconoció antes que mi mente. La sensación era como un zumbido sordo en el pecho, un aviso primitivo que helaba la sangre antes de que la razón pudiera explicarlo. Los sentidos que siempre me mantenían alerta estaban encendidos, y cada fibra de mi cuerpo gritaba peligro.No tardé en darme cuenta de que no estaba solo.Rita dormía en el sillón, ajena al cambio en el ambiente. Su respiración era tranquila, rítmica, pero fuera, más allá de estas paredes, había algo acechando. Me quedé mirándola por un instante, atrapado entre el impulso de despertarla y el deseo irracional de dejarla soñar un poco más, alejada de la realidad que la esperaba.Me levanté con cuidado, ignorando el dolor que todavía tiraba de mis músculos. La ventana estaba apenas entreabierta, dejando entrar un soplo de aire fresco que traía consigo un olor que reconocí al instante. Lobo.Un gru
Ella asintió, aunque podía ver que no estaba completamente convencida. Su boca decía que sí, pero sus ojos no ocultaban la duda. Sabía que, en el fondo, no confiaba del todo en lo que le estaba diciendo. Y con razón.,La noche pasó en una vigilia tensa. Me quedé cerca de la ventana, atento a cualquier movimiento, mientras Rita se mantenía despierta conmigo, sentada en silencio en el sillón. Podía sentir su mirada en mí de vez en cuando, pero cuando giraba la cabeza, ella desviaba los ojos. Como si quisiera entenderme, como si buscara algo en mí que ni yo mismo encontraba. Había algo reconfortante en su presencia, aunque sabía que no debía dejarme distraer.Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos rosados y anaranjados, el peligro pareció disiparse. Pero yo sabía que no era el final. Si habían encontrado este lugar, no tardarían en volver. Lo sentía en los huesos. La calma de la mañana era apenas un respiro antes de la tormenta.—Necesitamos un plan —dije finalmente, rompie
Me quedé mudo. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no esperaba que ella me enfrentara de esa manera. Rita era todo lo que no había querido enfrentar desde que llegué aquí: una conexión, un ancla en un mundo que me había enseñado a mantenerme apartado. Y eso me aterraba.Ella me miró por un largo momento, como esperando que respondiera. Pero no lo hice, y finalmente sacudió la cabeza, como si estuviera harta de pelear conmigo.—Hacé lo que quieras, Luke. Siempre hacés lo que querés, ¿no? —dijo con un tono seco antes de girarse y volver a la mesa.Sus palabras me quemaron más que cualquier garra o colmillo que hubiera enfrentado antes. Me ardieron en lo más profundo, porque sabía que era cierto. Toda mi vida había hecho lo que quería, lo que creía necesario para sobrevivir. Pero ahora, por primera vez, no estaba seguro de que lo que quería y lo que era correcto fueran lo mismo.Pasaron horas antes de que Rita volviera a hablarme. El silencio entre nosotros era incómodo, per