5. Soy resistente.

—Rita, ¿todo bien? —La voz de un hombre joven, preocupada, atravesó la puerta.

Ella corrió a abrir, y un tipo flaco con cara de pocos amigos apareció en el marco.

—¿Sigue vivo? —preguntó, mirándome como si fuera un animal herido.

—Sí, Tomi, pero...

—Esto es una locura, Rita. Este tipo... no sabes quién es.

Tampoco lo sabía ella. Y si tenía suerte, nunca lo sabría.

Tomi me escaneó con la mirada, como midiendo si aún podía levantarme y hacerle daño. Si no estuviera tan hecho pedazos, habría sido divertido. Pero en ese momento, no tenía humor ni paciencia.

—Mirá, pibe, no necesito tus sermones. Podés irte si querés —gruñí, mi voz todavía rasposa pero lo suficientemente clara para que me entendiera.

El tal Tomi dio un paso atrás, pero Rita lo detuvo con una mano en el brazo.

—No hables así. Él me ayudó a traerte aquí. Si no fuera por Tomi, seguirías tirado en ese callejón.

—Bien, gracias por el favor —respondí seco, mirando al flacucho como si quisiera que se desvaneciera en el aire. Lo último que necesitaba era testigos.

Rita suspiró, visiblemente frustrada. Luego se giró hacia Tomi y le dio una mirada significativa, una de esas que dicen más que las palabras.

—Estoy bien. Anda tranquilo, ¿sí?

Tomi vaciló un segundo, pero al final asintió y salió del cuarto, aunque no sin dedicarme una última mirada de advertencia. Cuando la puerta se cerró, Rita se giró hacia mí con los brazos cruzados.

—¿Siempre sos así de agradecido?

—¿Siempre sos así de imprudente? —le devolví sin pensarlo.

Ella parpadeó, sorprendida, pero en lugar de ofenderse, se acercó un poco más. Se arrodilló junto a la cama y comenzó a inspeccionar las vendas que cubrían mi torso. Su cercanía me tensó, no porque fuera incómoda, sino porque su aroma volvió a golpearme como una ola. Lavanda y algo más. Algo único.

—Tus heridas... están sanando más rápido de lo normal —murmuró, más para sí misma que para mí.

—Soy resistente.

—Resistente no es la palabra. Esto no es... —se detuvo, sacudiendo la cabeza.

Quería decirle que no siguiera preguntando, pero había algo en su expresión que me desarmaba. Curiosidad, sí, pero también una especie de compasión que no veía desde hacía años. Tal vez nunca.

—¿Por qué me ayudaste? —pregunté, esta vez con menos dureza.

Ella se encogió de hombros, como si la respuesta fuera demasiado obvia.

—No podía dejarte ahí.

—Claro que podías. —Mi tono fue más sarcástico de lo que pretendía, pero ella no se inmutó.

—Tal vez. Pero no lo hice.

Ese era el problema. No lo había hecho, y ahora yo estaba atrapado aquí, en un cuarto diminuto con una chica que no tenía idea de en lo que se estaba metiendo. Porque tarde o temprano, el desastre me seguiría.

Intenté levantarme de nuevo, esta vez con más cuidado. Rita se enderezó de inmediato, poniéndome una mano en el hombro para detenerme.

—¡No te levantes! Si te movés demasiado, te vas a abrir las heridas.

—Mis heridas no son tu problema.

—Estás en mi cama, en mi cuarto. Creo que sí son mi problema.

La forma en que lo dijo, con una mezcla de firmeza y suavidad, me descolocó. No estaba acostumbrado a que me hablaran así. No desde que tomé el liderazgo de la manada. Todos me temían, me respetaban, pero nadie me trataba como... como un hombre herido, como algo más que el alfa.

La miré a los ojos, esos ojos oscuros que parecían ver más de lo que quería mostrar. Por un momento, el aire en la habitación se volvió denso, cargado de algo que no podía explicar. Ella no apartó la mirada.

—Tenés razón —dije al fin, con un suspiro que me dolió en el pecho—. Este es tu lugar. Así que, si querés que me vaya, decímelo.

Rita tardó en responder. Sus labios se entreabrieron, como si estuviera buscando las palabras exactas. Pero en lugar de decirme que me fuera, hizo algo que no esperaba.

—Descansá. No te voy a echar. No todavía.

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