Ella, por supuesto, no lo aceptó.
—Podés. Simplemente no querés. Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía. —Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos. Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo. —Soy... diferente. Más fuerte, más rápido, y sí, más difícil de matar. Es una ventaja, pero también una maldición. —¿Qué sos? —preguntó en un susurro, y por primera vez su voz tembló de verdad. Apreté los dientes. No quería decirlo. No estaba preparado para ver cómo cambiaría su mirada una vez que las palabras salieran de mi boca. La había visto mirarme con miedo antes, pero esto era distinto. Era más profundo. Más real. —Soy un hombre lobo. El silencio que siguió fue aplastante. Podía escuchar su respiración acelerada, los latidos rápidos de su corazón, como un tambor desbocado en la quietud de la habitación. La miré de cerca, tratando de medir su reacción, pero su rostro era un enigma. —¿Un... hombre lobo? —repitió, como si necesitara probar cómo sonaban las palabras en sus labios, como si pronunciarlas las volviera más reales. Asentí lentamente. —Sí. Ella retrocedió un paso, un gesto casi involuntario, como si la distancia pudiera ayudarla a procesarlo. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando algo—tal vez una mentira, una burla, un indicio de que todo esto era una broma enfermiza. Pero no lo encontró. Porque era verdad. Porque siempre había sido verdad. —¿Esto es... real? —murmuró, negando con la cabeza, como si su propio cuerpo rechazara la idea. —Tan real como que estoy acá, hablando con vos. Sus manos cayeron a los costados, y por un momento pensé que iba a salir corriendo. Y si lo hacía, no podría culparla. Pero no lo hizo. Se quedó allí, quieta, mirándome con una mezcla de incredulidad y algo más. Algo que no pude descifrar. —No entiendo... —dijo finalmente—. ¿Por qué te atacaron? ¿Por qué alguien querría matarte? Suspiré, apoyando la cabeza contra la pared detrás de mí. Esa parte tampoco sería fácil de explicar. No sin exponer heridas que aún no terminaban de cerrarse. —Es complicado. Ella bufó, cruzándose de brazos de nuevo, un gesto familiar que me hizo sonreír por dentro. —Todo con vos es complicado, parece. —Es parte del paquete. Intenté sonreír, aliviar la tensión con un comentario ligero, pero el intento fue inútil. Rita no estaba para bromas. Y yo tampoco. —Me atacaron porque hay quienes quieren lo que yo tengo. Mi posición. Mi poder. —¿Sos... importante? La palabra me resultó amarga. —Soy el alfa de mi manada. Bueno, lo era. Ahora no estoy tan seguro. Su ceja se arqueó levemente, como si quisiera entender más, como si las piezas del rompecabezas empezaran a encajar en su mente. —¿Alfa? ¿Como el líder? —Exacto. Pero liderar no es solo un título, es una lucha constante. Siempre hay alguien esperando para tomar tu lugar, y algunos no tienen problema en usar métodos sucios para conseguirlo. Ella asintió lentamente, procesando mis palabras. Su expresión se suavizó apenas, aunque todavía había un destello de cautela en sus ojos. No me sorprendía. Estaba digiriendo algo imposible. —Entonces, ¿los que te hicieron esto... querían reemplazarte? —Más o menos. Querían asegurarse de que yo no volviera. No dije el nombre de Natan. No estaba listo para compartir más de lo necesario. La traición aún quemaba en mis entrañas, un recordatorio constante de que no podía confiar en nadie. O al menos, no debería. Rita se sentó en la silla junto a la cama, dejando escapar un suspiro cargado de agotamiento. Como si todo esto la estuviera drenando tanto como a mí. —Esto es... demasiado. No sé ni cómo empezar a procesarlo. —No espero que lo hagas.Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
Desperté en la madrugada, como si algo me hubiera sacado de un sueño profundo. Un sonido. Una vibración en el aire que mi instinto reconoció antes que mi mente. La sensación era como un zumbido sordo en el pecho, un aviso primitivo que helaba la sangre antes de que la razón pudiera explicarlo. Los sentidos que siempre me mantenían alerta estaban encendidos, y cada fibra de mi cuerpo gritaba peligro.No tardé en darme cuenta de que no estaba solo.Rita dormía en el sillón, ajena al cambio en el ambiente. Su respiración era tranquila, rítmica, pero fuera, más allá de estas paredes, había algo acechando. Me quedé mirándola por un instante, atrapado entre el impulso de despertarla y el deseo irracional de dejarla soñar un poco más, alejada de la realidad que la esperaba.Me levanté con cuidado, ignorando el dolor que todavía tiraba de mis músculos. La ventana estaba apenas entreabierta, dejando entrar un soplo de aire fresco que traía consigo un olor que reconocí al instante. Lobo.Un gru
Ella asintió, aunque podía ver que no estaba completamente convencida. Su boca decía que sí, pero sus ojos no ocultaban la duda. Sabía que, en el fondo, no confiaba del todo en lo que le estaba diciendo. Y con razón.,La noche pasó en una vigilia tensa. Me quedé cerca de la ventana, atento a cualquier movimiento, mientras Rita se mantenía despierta conmigo, sentada en silencio en el sillón. Podía sentir su mirada en mí de vez en cuando, pero cuando giraba la cabeza, ella desviaba los ojos. Como si quisiera entenderme, como si buscara algo en mí que ni yo mismo encontraba. Había algo reconfortante en su presencia, aunque sabía que no debía dejarme distraer.Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos rosados y anaranjados, el peligro pareció disiparse. Pero yo sabía que no era el final. Si habían encontrado este lugar, no tardarían en volver. Lo sentía en los huesos. La calma de la mañana era apenas un respiro antes de la tormenta.—Necesitamos un plan —dije finalmente, rompie
Me quedé mudo. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no esperaba que ella me enfrentara de esa manera. Rita era todo lo que no había querido enfrentar desde que llegué aquí: una conexión, un ancla en un mundo que me había enseñado a mantenerme apartado. Y eso me aterraba.Ella me miró por un largo momento, como esperando que respondiera. Pero no lo hice, y finalmente sacudió la cabeza, como si estuviera harta de pelear conmigo.—Hacé lo que quieras, Luke. Siempre hacés lo que querés, ¿no? —dijo con un tono seco antes de girarse y volver a la mesa.Sus palabras me quemaron más que cualquier garra o colmillo que hubiera enfrentado antes. Me ardieron en lo más profundo, porque sabía que era cierto. Toda mi vida había hecho lo que quería, lo que creía necesario para sobrevivir. Pero ahora, por primera vez, no estaba seguro de que lo que quería y lo que era correcto fueran lo mismo.Pasaron horas antes de que Rita volviera a hablarme. El silencio entre nosotros era incómodo, per
Regresé al cuarto con el cuerpo tenso y los sentidos alerta. Mi mente repasaba cada palabra de Natan, cada gesto. Había querido provocarme, y lo había logrado. Pero lo que más me preocupaba no era su amenaza, sino el hecho de que sabía de Rita. Eso lo cambiaba todo.Abrí la puerta con cuidado, esperando encontrarla como la había dejado, pero no estaba en el sillón.—Rita. —Su nombre salió como un susurro bajo, cargado de preocupación.Una pequeña figura emergió desde la esquina, junto a la mesa, con un cuchillo en la mano.—¿Luke? —preguntó con la voz temblorosa, antes de dejar caer el arma.La tensión en mi cuerpo se deshizo al verla. Caminé hacia ella, observando cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, aún afectada por la adrenalina.—¿Qué hacías con eso? —pregunté, señalando el cuchillo.—Estaba... —dudó un momento antes de continuar—, estaba preparada. Por si era alguien más.Una pequeña sonrisa se formó en mis labios, aunque no había nada gracioso en la situación.—¿Y qué ibas
El pequeño hotel donde trabajaba era humilde pero acogedor. Mientras ella limpiaba las habitaciones, me quedé en la recepción, observando todo con atención. Los olores del lugar eran variados, pero ninguno indicaba peligro inmediato.Sin embargo, cuando un hombre alto y de ojos oscuros entró al vestíbulo, mis instintos se encendieron de inmediato.—¿Buscás algo? —le pregunté, interponiéndome en su camino antes de que pudiera avanzar demasiado.El hombre me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.—Solo una habitación.—Está lleno.—¿Ah, sí? —replicó, frunciendo el ceño—. Qué curioso, porque afuera dice que tienen lugar.—El cartel está roto.El hombre me sostuvo la mirada por un largo momento, evaluándome. Finalmente, asintió lentamente y dio un paso atrás.—Entendido.Cuando salió, sentí el peso de su presencia desaparecer, pero mi inquietud no disminuyó. Algo en su forma de moverse, en el modo en que me miró, me dejó claro que no era un humano cualquiera.Cuando Rita regresó,
Me puse de pie al instante, colocando a Rita detrás de mí mientras me dirigía hacia la entrada. El olor que me llegó por debajo de la madera confirmó mis sospechas: no era humano.—¿Quién es? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.—¿Vas a dejarme afuera toda la noche, Luke?La voz de Natan era burlona, como siempre, pero había un filo en sus palabras que no podía ignorar. No era una simple provocación; había algo más.—No es el momento.—Oh, pero yo creo que sí lo es.Volteé hacia Rita, quien me miraba con los ojos muy abiertos.—No hagas ruido. Quédate acá.—Luke, ¿quién...?—Rita, por favor. —Mis palabras fueron un susurro urgente. Ella dudó, pero finalmente asintió, retrocediendo hacia la esquina más alejada del cuarto.Respiré hondo y abrí la puerta. Natan estaba ahí, apoyado contra el marco con una sonrisa ladeada. Su postura era relajada, pero sus ojos brillaban con un conocimiento que me puso en guardia.—¿Qué querés? —gruñí.—Una charla, nada más. —Miró por encima de mi homb