8. Verdades a medias.

Ella, por supuesto, no lo aceptó.

—Podés. Simplemente no querés.

Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.

—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.

Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.

—Soy... diferente. Más fuerte, más rápido, y sí, más difícil de matar. Es una ventaja, pero también una maldición.

—¿Qué sos? —preguntó en un susurro, y por primera vez su voz tembló de verdad.

Apreté los dientes. No quería decirlo. No estaba preparado para ver cómo cambiaría su mirada una vez que las palabras salieran de mi boca. La había visto mirarme con miedo antes, pero esto era distinto. Era más profundo. Más real.

—Soy un hombre lobo.

El silencio que siguió fue aplastante. Podía escuchar su respiración acelerada, los latidos rápidos de su corazón, como un tambor desbocado en la quietud de la habitación. La miré de cerca, tratando de medir su reacción, pero su rostro era un enigma.

—¿Un... hombre lobo? —repitió, como si necesitara probar cómo sonaban las palabras en sus labios, como si pronunciarlas las volviera más reales.

Asentí lentamente.

—Sí.

Ella retrocedió un paso, un gesto casi involuntario, como si la distancia pudiera ayudarla a procesarlo. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando algo—tal vez una mentira, una burla, un indicio de que todo esto era una broma enfermiza. Pero no lo encontró. Porque era verdad. Porque siempre había sido verdad.

—¿Esto es... real? —murmuró, negando con la cabeza, como si su propio cuerpo rechazara la idea.

—Tan real como que estoy acá, hablando con vos.

Sus manos cayeron a los costados, y por un momento pensé que iba a salir corriendo. Y si lo hacía, no podría culparla. Pero no lo hizo. Se quedó allí, quieta, mirándome con una mezcla de incredulidad y algo más. Algo que no pude descifrar.

—No entiendo... —dijo finalmente—. ¿Por qué te atacaron? ¿Por qué alguien querría matarte?

Suspiré, apoyando la cabeza contra la pared detrás de mí. Esa parte tampoco sería fácil de explicar. No sin exponer heridas que aún no terminaban de cerrarse.

—Es complicado.

Ella bufó, cruzándose de brazos de nuevo, un gesto familiar que me hizo sonreír por dentro.

—Todo con vos es complicado, parece.

—Es parte del paquete.

Intenté sonreír, aliviar la tensión con un comentario ligero, pero el intento fue inútil. Rita no estaba para bromas. Y yo tampoco.

—Me atacaron porque hay quienes quieren lo que yo tengo. Mi posición. Mi poder.

—¿Sos... importante?

La palabra me resultó amarga.

—Soy el alfa de mi manada. Bueno, lo era. Ahora no estoy tan seguro.

Su ceja se arqueó levemente, como si quisiera entender más, como si las piezas del rompecabezas empezaran a encajar en su mente.

—¿Alfa? ¿Como el líder?

—Exacto. Pero liderar no es solo un título, es una lucha constante. Siempre hay alguien esperando para tomar tu lugar, y algunos no tienen problema en usar métodos sucios para conseguirlo.

Ella asintió lentamente, procesando mis palabras. Su expresión se suavizó apenas, aunque todavía había un destello de cautela en sus ojos. No me sorprendía. Estaba digiriendo algo imposible.

—Entonces, ¿los que te hicieron esto... querían reemplazarte?

—Más o menos. Querían asegurarse de que yo no volviera.

No dije el nombre de Natan. No estaba listo para compartir más de lo necesario. La traición aún quemaba en mis entrañas, un recordatorio constante de que no podía confiar en nadie. O al menos, no debería.

Rita se sentó en la silla junto a la cama, dejando escapar un suspiro cargado de agotamiento. Como si todo esto la estuviera drenando tanto como a mí.

—Esto es... demasiado. No sé ni cómo empezar a procesarlo.

—No espero que lo hagas.

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