15. Ecos de un instinto.

El pequeño hotel donde trabajaba era humilde pero acogedor. Mientras ella limpiaba las habitaciones, me quedé en la recepción, observando todo con atención. Los olores del lugar eran variados, pero ninguno indicaba peligro inmediato.

Sin embargo, cuando un hombre alto y de ojos oscuros entró al vestíbulo, mis instintos se encendieron de inmediato.

—¿Buscás algo? —le pregunté, interponiéndome en su camino antes de que pudiera avanzar demasiado.

El hombre me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Solo una habitación.

—Está lleno.

—¿Ah, sí? —replicó, frunciendo el ceño—. Qué curioso, porque afuera dice que tienen lugar.

—El cartel está roto.

El hombre me sostuvo la mirada por un largo momento, evaluándome. Finalmente, asintió lentamente y dio un paso atrás.

—Entendido.

Cuando salió, sentí el peso de su presencia desaparecer, pero mi inquietud no disminuyó. Algo en su forma de moverse, en el modo en que me miró, me dejó claro que no era un humano cualquiera.

Cuando Rita regresó,
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