18. Cazador y presa.
El aire nocturno mordía con una ferocidad que apenas sentía. Estaba demasiado enfocado en cada sonido, cada sombra que se movía a nuestro alrededor. Rita caminaba detrás de mí, sus pasos pequeños pero decididos. Pude oír su respiración, un poco más rápida de lo normal, pero no dijo nada.

Cruzamos callejones oscuros y desiertos, esquivando las luces como si fueran trampas. Mi instinto me llevaba, mi cuerpo sabía qué hacer antes de que mi mente pudiera procesarlo. Era un cazador, pero esa noche, me sentía como la presa.

—¿A dónde vamos? —preguntó Rita en voz baja.

Me detuve un segundo, girando apenas para mirarla. Sus ojos estaban cargados de incertidumbre, pero también de confianza.

—A un lugar seguro.

—¿Qué lugar seguro hay en este barrio?

No le respondí. Porque, sinceramente, no estaba seguro de la respuesta.

Habíamos avanzado un par de cuadras más cuando mi nariz captó el olor. Un aroma distintivo, animal, como una advertencia en el aire. Me detuve de golpe, levantando la mano
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