—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.
Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre? —Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor. Sonreí con ironía. —Y aún así me llevaste contigo. Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo. —No podía dejarte morir. Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio. Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo de comer. Y aunque la falta de interrogatorios me convenía, no podía evitar preguntarme por qué. ¿Era compasión? ¿Una necesidad inconsciente de cuidar a alguien? ¿O era algo más? Algo que ni siquiera ella entendía. El tercer día fue cuando las cosas empezaron a complicarse. Estaba sentado en la cama, moviendo con cautela mis piernas, sintiendo la tensión en los músculos cuando ella entró con una bandeja. El aroma familiar de la sopa llenó el cuarto, haciendo que mi estómago gruñera traicioneramente. —Te traje esto. Su voz sonaba tranquila, pero sus movimientos eran rápidos, casi nerviosos, como si quisiera irse cuanto antes. Como si la proximidad conmigo la pusiera inquieta. La observé con atención mientras dejaba la bandeja en la mesa junto a la cama. Era la primera vez que notaba el leve temblor en sus manos. Pero entonces su expresión cambió. Su mirada bajó hasta mi costado desnudo, donde las vendas empezaban a despegarse. —Eso es imposible... —murmuró, con los labios apenas moviéndose. Seguí su mirada y vi lo que ella veía. La piel que había estado desgarrada y cubierta de sangre apenas unos días atrás ahora lucía casi intacta. Había cicatrices, sí, pero nada que explicara la velocidad de la recuperación. —¿Qué...? —su voz se apagó en su propia incredulidad. Sus ojos subieron hasta los míos, cargados de confusión y algo más. No era exactamente miedo, pero sí algo cercano. Una alarma silenciosa que le gritaba que esto no era normal. Que yo no era normal. —Rita... —murmuré, buscando las palabras adecuadas. Ella retrocedió un paso, negando con la cabeza. —No... no me vengas con excusas. Esto no es normal. Suspiré. Había llegado el momento que tanto temía. Sabía que tarde o temprano haría preguntas. Pero nunca supe qué responder cuando llegara el momento. Decir la verdad estaba fuera de discusión. Mentirle descaradamente tampoco parecía correcto. —No soy como los demás. Rita soltó una risa tensa, casi nerviosa. —¿Eso qué significa? ¿Quién sos? Su mirada me perforó, exigiendo respuestas que no estaba seguro de querer darle. Pero en ese instante lo supe: si quería salir de esto con algo de dignidad, si quería mantener al menos una parte de la conexión extraña que se estaba formando entre nosotros, necesitaba decirle algo. No todo. Pero algo. —Soy... diferente. Mi cuerpo se cura más rápido. Es... una condición. No era mentira, pero tampoco era toda la verdad. Y ella lo sabía. Lo vi en la manera en que entrecerró los ojos, en la forma en que su mandíbula se apretó con frustración. —¿Diferente cómo? —insistió, cruzando los brazos. Por primera vez desde que la conocí, noté la fuerza real detrás de su aparente fragilidad. No iba a dejarlo pasar. —Rita, dejalo así. No te metas en esto. Ella dio un paso adelante, con una intensidad en la mirada que me dejó sin aire. —¿Y si ya estoy metida? Había fuego en su voz, pero también algo más. Algo que me partió. Miedo. No por ella, sino por mí. Y eso... eso me desarmó. La miré en silencio, sintiendo cómo el nudo en mi pecho se apretaba más con cada segundo. Había salvado mi vida. Me había cuidado sin pedir nada a cambio. Y ahora, con cada día que pasaba, yo me hundía más en este extraño vínculo que no había pedido, pero que no podía ignorar. No sabía si podía contarle todo, pero una cosa era segura: no podía apartarla. No ahora. La intensidad en su mirada me incomodaba más de lo que debería. ¿Cómo explicarle que lo que ella sospechaba no alcanzaba ni de cerca la verdad? Cada palabra que se me ocurría parecía inútil, una excusa barata. Pero Rita no era del tipo que aceptara evasivas. No ahora, no después de haberme visto sanar de un modo que desafiaba todo lo que conocía. —No puedo explicarlo, Rita —dije finalmente, con un tono que pretendía sonar definitivo. Pero ella no parecía dispuesta a aceptar esa respuesta. Y supe, en ese momento, que no iba a rendirse tan fácilmente.Ella, por supuesto, no lo aceptó.—Podés. Simplemente no querés.Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.
Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
Desperté en la madrugada, como si algo me hubiera sacado de un sueño profundo. Un sonido. Una vibración en el aire que mi instinto reconoció antes que mi mente. La sensación era como un zumbido sordo en el pecho, un aviso primitivo que helaba la sangre antes de que la razón pudiera explicarlo. Los sentidos que siempre me mantenían alerta estaban encendidos, y cada fibra de mi cuerpo gritaba peligro.No tardé en darme cuenta de que no estaba solo.Rita dormía en el sillón, ajena al cambio en el ambiente. Su respiración era tranquila, rítmica, pero fuera, más allá de estas paredes, había algo acechando. Me quedé mirándola por un instante, atrapado entre el impulso de despertarla y el deseo irracional de dejarla soñar un poco más, alejada de la realidad que la esperaba.Me levanté con cuidado, ignorando el dolor que todavía tiraba de mis músculos. La ventana estaba apenas entreabierta, dejando entrar un soplo de aire fresco que traía consigo un olor que reconocí al instante. Lobo.Un gru
Ella asintió, aunque podía ver que no estaba completamente convencida. Su boca decía que sí, pero sus ojos no ocultaban la duda. Sabía que, en el fondo, no confiaba del todo en lo que le estaba diciendo. Y con razón.,La noche pasó en una vigilia tensa. Me quedé cerca de la ventana, atento a cualquier movimiento, mientras Rita se mantenía despierta conmigo, sentada en silencio en el sillón. Podía sentir su mirada en mí de vez en cuando, pero cuando giraba la cabeza, ella desviaba los ojos. Como si quisiera entenderme, como si buscara algo en mí que ni yo mismo encontraba. Había algo reconfortante en su presencia, aunque sabía que no debía dejarme distraer.Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos rosados y anaranjados, el peligro pareció disiparse. Pero yo sabía que no era el final. Si habían encontrado este lugar, no tardarían en volver. Lo sentía en los huesos. La calma de la mañana era apenas un respiro antes de la tormenta.—Necesitamos un plan —dije finalmente, rompie
Me quedé mudo. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no esperaba que ella me enfrentara de esa manera. Rita era todo lo que no había querido enfrentar desde que llegué aquí: una conexión, un ancla en un mundo que me había enseñado a mantenerme apartado. Y eso me aterraba.Ella me miró por un largo momento, como esperando que respondiera. Pero no lo hice, y finalmente sacudió la cabeza, como si estuviera harta de pelear conmigo.—Hacé lo que quieras, Luke. Siempre hacés lo que querés, ¿no? —dijo con un tono seco antes de girarse y volver a la mesa.Sus palabras me quemaron más que cualquier garra o colmillo que hubiera enfrentado antes. Me ardieron en lo más profundo, porque sabía que era cierto. Toda mi vida había hecho lo que quería, lo que creía necesario para sobrevivir. Pero ahora, por primera vez, no estaba seguro de que lo que quería y lo que era correcto fueran lo mismo.Pasaron horas antes de que Rita volviera a hablarme. El silencio entre nosotros era incómodo, per
Regresé al cuarto con el cuerpo tenso y los sentidos alerta. Mi mente repasaba cada palabra de Natan, cada gesto. Había querido provocarme, y lo había logrado. Pero lo que más me preocupaba no era su amenaza, sino el hecho de que sabía de Rita. Eso lo cambiaba todo.Abrí la puerta con cuidado, esperando encontrarla como la había dejado, pero no estaba en el sillón.—Rita. —Su nombre salió como un susurro bajo, cargado de preocupación.Una pequeña figura emergió desde la esquina, junto a la mesa, con un cuchillo en la mano.—¿Luke? —preguntó con la voz temblorosa, antes de dejar caer el arma.La tensión en mi cuerpo se deshizo al verla. Caminé hacia ella, observando cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, aún afectada por la adrenalina.—¿Qué hacías con eso? —pregunté, señalando el cuchillo.—Estaba... —dudó un momento antes de continuar—, estaba preparada. Por si era alguien más.Una pequeña sonrisa se formó en mis labios, aunque no había nada gracioso en la situación.—¿Y qué ibas
El pequeño hotel donde trabajaba era humilde pero acogedor. Mientras ella limpiaba las habitaciones, me quedé en la recepción, observando todo con atención. Los olores del lugar eran variados, pero ninguno indicaba peligro inmediato.Sin embargo, cuando un hombre alto y de ojos oscuros entró al vestíbulo, mis instintos se encendieron de inmediato.—¿Buscás algo? —le pregunté, interponiéndome en su camino antes de que pudiera avanzar demasiado.El hombre me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.—Solo una habitación.—Está lleno.—¿Ah, sí? —replicó, frunciendo el ceño—. Qué curioso, porque afuera dice que tienen lugar.—El cartel está roto.El hombre me sostuvo la mirada por un largo momento, evaluándome. Finalmente, asintió lentamente y dio un paso atrás.—Entendido.Cuando salió, sentí el peso de su presencia desaparecer, pero mi inquietud no disminuyó. Algo en su forma de moverse, en el modo en que me miró, me dejó claro que no era un humano cualquiera.Cuando Rita regresó,