7. No ahora.

—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.

Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre?

—Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor.

Sonreí con ironía.

—Y aún así me llevaste contigo.

Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo.

—No podía dejarte morir.

Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio.

Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo de comer. Y aunque la falta de interrogatorios me convenía, no podía evitar preguntarme por qué. ¿Era compasión? ¿Una necesidad inconsciente de cuidar a alguien? ¿O era algo más? Algo que ni siquiera ella entendía.

El tercer día fue cuando las cosas empezaron a complicarse.

Estaba sentado en la cama, moviendo con cautela mis piernas, sintiendo la tensión en los músculos cuando ella entró con una bandeja. El aroma familiar de la sopa llenó el cuarto, haciendo que mi estómago gruñera traicioneramente.

—Te traje esto.

Su voz sonaba tranquila, pero sus movimientos eran rápidos, casi nerviosos, como si quisiera irse cuanto antes. Como si la proximidad conmigo la pusiera inquieta. La observé con atención mientras dejaba la bandeja en la mesa junto a la cama. Era la primera vez que notaba el leve temblor en sus manos.

Pero entonces su expresión cambió. Su mirada bajó hasta mi costado desnudo, donde las vendas empezaban a despegarse.

—Eso es imposible... —murmuró, con los labios apenas moviéndose.

Seguí su mirada y vi lo que ella veía. La piel que había estado desgarrada y cubierta de sangre apenas unos días atrás ahora lucía casi intacta. Había cicatrices, sí, pero nada que explicara la velocidad de la recuperación.

—¿Qué...? —su voz se apagó en su propia incredulidad.

Sus ojos subieron hasta los míos, cargados de confusión y algo más. No era exactamente miedo, pero sí algo cercano. Una alarma silenciosa que le gritaba que esto no era normal. Que yo no era normal.

—Rita... —murmuré, buscando las palabras adecuadas.

Ella retrocedió un paso, negando con la cabeza.

—No... no me vengas con excusas. Esto no es normal.

Suspiré. Había llegado el momento que tanto temía. Sabía que tarde o temprano haría preguntas. Pero nunca supe qué responder cuando llegara el momento. Decir la verdad estaba fuera de discusión. Mentirle descaradamente tampoco parecía correcto.

—No soy como los demás.

Rita soltó una risa tensa, casi nerviosa.

—¿Eso qué significa? ¿Quién sos?

Su mirada me perforó, exigiendo respuestas que no estaba seguro de querer darle. Pero en ese instante lo supe: si quería salir de esto con algo de dignidad, si quería mantener al menos una parte de la conexión extraña que se estaba formando entre nosotros, necesitaba decirle algo. No todo. Pero algo.

—Soy... diferente. Mi cuerpo se cura más rápido. Es... una condición.

No era mentira, pero tampoco era toda la verdad. Y ella lo sabía. Lo vi en la manera en que entrecerró los ojos, en la forma en que su mandíbula se apretó con frustración.

—¿Diferente cómo? —insistió, cruzando los brazos.

Por primera vez desde que la conocí, noté la fuerza real detrás de su aparente fragilidad. No iba a dejarlo pasar.

—Rita, dejalo así. No te metas en esto.

Ella dio un paso adelante, con una intensidad en la mirada que me dejó sin aire.

—¿Y si ya estoy metida?

Había fuego en su voz, pero también algo más. Algo que me partió. Miedo. No por ella, sino por mí. Y eso... eso me desarmó.

La miré en silencio, sintiendo cómo el nudo en mi pecho se apretaba más con cada segundo. Había salvado mi vida. Me había cuidado sin pedir nada a cambio. Y ahora, con cada día que pasaba, yo me hundía más en este extraño vínculo que no había pedido, pero que no podía ignorar.

No sabía si podía contarle todo, pero una cosa era segura: no podía apartarla.

No ahora.

La intensidad en su mirada me incomodaba más de lo que debería. ¿Cómo explicarle que lo que ella sospechaba no alcanzaba ni de cerca la verdad? Cada palabra que se me ocurría parecía inútil, una excusa barata. Pero Rita no era del tipo que aceptara evasivas. No ahora, no después de haberme visto sanar de un modo que desafiaba todo lo que conocía.

—No puedo explicarlo, Rita —dije finalmente, con un tono que pretendía sonar definitivo.

Pero ella no parecía dispuesta a aceptar esa respuesta. Y supe, en ese momento, que no iba a rendirse tan fácilmente.

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