6. Entre vendas y secretos.
Ella parpadeó, claramente sorprendida por mi tono. —No... no quiero que te vayas —respondió, casi en un susurro. Luego, apartó la mirada, sus manos torpemente ajustando las vendas en mi costado—. Solo quiero que te recuperes. No respondí. No sabía qué decirle. Por dentro, mi mente era un campo de batalla. La lógica me gritaba que me fuera, que la dejara atrás antes de que fuera demasiado tarde. Pero otra parte de mí, una más oscura y egoísta, se aferraba a su voz temblorosa, a la manera en que sus dedos rozaban mi piel herida con una suavidad que me desarmaba. No podía quedarme. No debía. Y, sin embargo, cada fibra de mi ser se resistía a la idea de irme. Un poco más, me dije, cerrando los ojos mientras la escuchaba moverse por la habitación. Solo hasta que pueda moverme sin caerme al piso. Entonces me iré. O al menos, eso pensaba. El silencio se instaló entre nosotros, pesado y espeso, roto solo por el crujido de las maderas del suelo y el goteo irregular del agua en alguna parte de la casa. Rita iba de un lado a otro, tocando cosas sin necesidad, como si necesitara mantener sus manos ocupadas para no permitirse pensar demasiado. O para no mirarme. Yo permanecía inmóvil, sintiendo cada punzada de dolor en mi cuerpo, pero también observándola. Había algo en ella que me inquietaba. No era solo su aspecto frágil ni la manera en que su voz temblaba cuando hablaba. Era esa extraña combinación de vulnerabilidad y firmeza, como si estuviera acostumbrada a lidiar con cosas que deberían haberla destrozado, pero en lugar de eso, la habían forjado en algo más fuerte. Algo que no esperaba encontrar aquí, en este lugar. —No te ves como alguien que vive en esta parte de la ciudad —dije, rompiendo el silencio. Rita se detuvo en seco, sosteniendo un vaso de agua que acababa de llenar. Me miró con los labios apenas entreabiertos, como si estuviera decidiendo si responder o no. —¿Y vos? No parecés alguien que termina apaleado en un callejón. Una sonrisa involuntaria me curvó los labios, pero se desvaneció en cuanto el dolor en mis costillas me recordó que reír no era una opción. —Touché. Ella me pasó el vaso, su mano rozando la mía por un instante. Su piel estaba fría, pero su tacto era tan cuidadoso que me desconcertó. No estaba acostumbrado a que alguien se preocupara por mí de esa forma. No últimamente, al menos. Bebí lentamente, sintiendo el agua descender por mi garganta, refrescante y extrañamente reconfortante. No debería haber sido así. No debería haberme sentido así. —Trabajo cerca —continuó ella, sentándose nuevamente en la desvencijada silla junto a la cama—. Soy mucama en un hotel. Salía tarde y tomé un atajo. No suelo pasar por ahí, pero... bueno, ya sabés cómo terminó la historia. Asentí, aunque algo en su tono me hizo dudar. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía. Como si hubiera algo más, algo que no estaba lista para compartir. No la presioné. —¿Por qué vivís en un lugar como este? —pregunté, moviendo la cabeza apenas para señalar el cuarto. Las paredes desconchadas, los muebles viejos, la humedad impregnando el aire. —Porque no tengo muchas opciones. Su respuesta fue rápida, sin rastro de autocompasión. La admiré por eso. Muchas personas habrían aprovechado la oportunidad para quejarse o buscar lástima. Pero no Rita. Ella simplemente existía, avanzaba a pesar de todo. Y eso, de algún modo, me resultó más inquietante que cualquier otra cosa. —¿Y vos? —dijo ella entonces, con una mirada inquisitiva—. ¿Qué estabas haciendo ahí? Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera evitarlo. Por supuesto que iba a preguntar. Y yo no tenía una respuesta que pudiera darle sin levantar más preguntas. —Digamos que tengo enemigos. Ella arqueó una ceja, su expresión escéptica. Esperaba más. No iba a obtenerlo. —Bueno, eso está claro. No hace falta ser un genio para deducirlo —replicó, con un tono sarcástico que pareció sorprenderla incluso a ella misma. Solté una risa entre dientes, más una exhalación que otra cosa. Era afilada, aguda, con una punta de amargura. —Tenés agallas, Rita. Eso es raro. Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y oscuros, me estudiaron con más intensidad de la que me resultaba cómoda. Como si intentara ver a través de mí, descifrar lo que no estaba diciendo. El problema era que, si miraba demasiado profundo, tal vez lo encontraría.—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre?—Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor.Sonreí con ironía.—Y aún así me llevaste contigo.Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo.—No podía dejarte morir.Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio.Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo d
Ella, por supuesto, no lo aceptó.—Podés. Simplemente no querés.Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.
Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
Desperté en la madrugada, como si algo me hubiera sacado de un sueño profundo. Un sonido. Una vibración en el aire que mi instinto reconoció antes que mi mente. La sensación era como un zumbido sordo en el pecho, un aviso primitivo que helaba la sangre antes de que la razón pudiera explicarlo. Los sentidos que siempre me mantenían alerta estaban encendidos, y cada fibra de mi cuerpo gritaba peligro.No tardé en darme cuenta de que no estaba solo.Rita dormía en el sillón, ajena al cambio en el ambiente. Su respiración era tranquila, rítmica, pero fuera, más allá de estas paredes, había algo acechando. Me quedé mirándola por un instante, atrapado entre el impulso de despertarla y el deseo irracional de dejarla soñar un poco más, alejada de la realidad que la esperaba.Me levanté con cuidado, ignorando el dolor que todavía tiraba de mis músculos. La ventana estaba apenas entreabierta, dejando entrar un soplo de aire fresco que traía consigo un olor que reconocí al instante. Lobo.Un gru
Ella asintió, aunque podía ver que no estaba completamente convencida. Su boca decía que sí, pero sus ojos no ocultaban la duda. Sabía que, en el fondo, no confiaba del todo en lo que le estaba diciendo. Y con razón.,La noche pasó en una vigilia tensa. Me quedé cerca de la ventana, atento a cualquier movimiento, mientras Rita se mantenía despierta conmigo, sentada en silencio en el sillón. Podía sentir su mirada en mí de vez en cuando, pero cuando giraba la cabeza, ella desviaba los ojos. Como si quisiera entenderme, como si buscara algo en mí que ni yo mismo encontraba. Había algo reconfortante en su presencia, aunque sabía que no debía dejarme distraer.Cuando el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos rosados y anaranjados, el peligro pareció disiparse. Pero yo sabía que no era el final. Si habían encontrado este lugar, no tardarían en volver. Lo sentía en los huesos. La calma de la mañana era apenas un respiro antes de la tormenta.—Necesitamos un plan —dije finalmente, rompie
Me quedé mudo. No porque no tuviera algo que decir, sino porque no esperaba que ella me enfrentara de esa manera. Rita era todo lo que no había querido enfrentar desde que llegué aquí: una conexión, un ancla en un mundo que me había enseñado a mantenerme apartado. Y eso me aterraba.Ella me miró por un largo momento, como esperando que respondiera. Pero no lo hice, y finalmente sacudió la cabeza, como si estuviera harta de pelear conmigo.—Hacé lo que quieras, Luke. Siempre hacés lo que querés, ¿no? —dijo con un tono seco antes de girarse y volver a la mesa.Sus palabras me quemaron más que cualquier garra o colmillo que hubiera enfrentado antes. Me ardieron en lo más profundo, porque sabía que era cierto. Toda mi vida había hecho lo que quería, lo que creía necesario para sobrevivir. Pero ahora, por primera vez, no estaba seguro de que lo que quería y lo que era correcto fueran lo mismo.Pasaron horas antes de que Rita volviera a hablarme. El silencio entre nosotros era incómodo, per
Regresé al cuarto con el cuerpo tenso y los sentidos alerta. Mi mente repasaba cada palabra de Natan, cada gesto. Había querido provocarme, y lo había logrado. Pero lo que más me preocupaba no era su amenaza, sino el hecho de que sabía de Rita. Eso lo cambiaba todo.Abrí la puerta con cuidado, esperando encontrarla como la había dejado, pero no estaba en el sillón.—Rita. —Su nombre salió como un susurro bajo, cargado de preocupación.Una pequeña figura emergió desde la esquina, junto a la mesa, con un cuchillo en la mano.—¿Luke? —preguntó con la voz temblorosa, antes de dejar caer el arma.La tensión en mi cuerpo se deshizo al verla. Caminé hacia ella, observando cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, aún afectada por la adrenalina.—¿Qué hacías con eso? —pregunté, señalando el cuchillo.—Estaba... —dudó un momento antes de continuar—, estaba preparada. Por si era alguien más.Una pequeña sonrisa se formó en mis labios, aunque no había nada gracioso en la situación.—¿Y qué ibas