10. Bueno, acostumbrate.

—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.

Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.

—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?

—Siempre podés dejarme ir.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.

Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.

—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?

No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.

—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.

—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.

La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
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