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4. Un aullido en la oscuridad.

Natan y su banda de perros traidores me habían tendido una trampa, esperándome como hienas en ese callejón olvidado. Creían que podrían bajarme del trono, y quizá tenían razón. Mi cuerpo estaba cediendo. Podía sentirlo.

Pero mi mente seguía ahí, aferrada a un solo pensamiento: ¿Por qué?

Los golpes siguieron hasta que me dejaron tirado contra la pared. Ninguno se atrevió a matarme con sus propias manos. Ni siquiera Natan.

El eco de sus pasos se alejaba cuando lo escuché murmurar:

—No me obligues a volver, Luke.

Y entonces vino el vacío. La nada.

Pensé que era el final. Hasta que escuché los pasos.

Livianos, rápidos, pero no lo suficientemente cautelosos.

Abrí un poco los ojos, y la vi.

Una chica pequeña, con el pelo recogido en un moño desprolijo y una bufanda vieja que parecía tragársela. Caminaba con prisa, como si quisiera desaparecer. Me hubiera reído de lo absurdo que era que alguien como ella me encontrara, pero el dolor me lo impidió.

Se detuvo.

—¡Dios mío!

Su voz era suave, casi temblorosa. Pero no tenía miedo. No como debería.

Retrocedió un paso antes de avanzar de nuevo. Me miró como si estuviera decidiendo si tocarme o salir corriendo.

—Quédate... ahí... —intenté hablar, pero mi voz salió como un gruñido ahogado. Lo último que necesitaba era que alguien interviniera. No quería deberle nada a nadie.

—¿Qué te pasó? —murmuró, inclinándose hacia mí. No parecía asustada, aunque su corazón latía como un tambor en mis oídos.

Ese sonido. Vivo. Intacto. Me recordó lo cerca que estaba de perderlo todo.

La vi sacar un celular, y la oscuridad me envolvió antes de escuchar más.

---

Desperté en un lugar que olía a encierro y lavanda. No reconocí nada. Una habitación pequeña, las paredes descascaradas y una ventana que apenas dejaba entrar luz.

Lo primero que noté fue el colchón bajo mi espalda, duro como una roca. Después, el sonido de alguien respirando.

Giré la cabeza y ahí estaba.

La chica del callejón.

Me observaba desde un rincón, sentada en una silla que parecía a punto de colapsar bajo su peso. Llevaba un suéter demasiado grande y tenía las manos juntas sobre las rodillas, como si rezara.

—¿Quién eres? —mi voz salió ronca, más un gruñido que una pregunta.

Ella pegó un salto y se levantó. Sus ojos estaban muy abiertos, como los de un cervatillo atrapado en un claro.

—Yo... soy Rita.

El nombre me sonó raro, como algo sacado de un libro antiguo.

—¿Dónde estoy? —Intenté incorporarme, pero el dolor me clavó al colchón como un golpe invisible.

—¡No te muevas! Estás herido... Encontré—te... Te traje aquí porque...

No terminé de escucharla. Mis sentidos se estaban encendiendo de nuevo, más rápido de lo que esperaba.

Olía a metal seco —mi sangre— mezclado con algo dulce que no podía identificar. Su aroma.

Fruncí el ceño.

—No deberías haberme traído aquí.

Sus labios se fruncieron en una mueca de ofensa, pero no dijo nada. Solo se cruzó de brazos, como si estuviera buscando el coraje para replicar.

—Tú tampoco deberías estar muriéndote en un callejón.

Me reí, o al menos lo intenté. El sonido salió más como un jadeo. Ella arqueó una ceja, y por primera vez, vi algo de fuego en sus ojos.

No era una chica común.

—Escucha, Rita —dije, probando su nombre en mi lengua como si fuera algo extraño—, no sé qué esperas, pero yo no...

Un golpe en la puerta nos interrumpió.  

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