El olor a lluvia y asfalto mojado se mezcla con el hedor a sangre. Mi sangre. Me apoyo contra la pared del callejón, jadeando, sintiendo cómo el líquido caliente me empapa la camisa rota. La herida en mi costado arde como si me hubieran prendido fuego desde adentro. M*****a sea, no debería haberme confiado.
Natan. Su nombre me retumba en la cabeza como un eco burlón. No lo vi venir, o mejor dicho, no quise verlo venir. Creía que era mi amigo, mi mejor amigo, pero no, era un traidor, que esperaba su momento para clavarme los colmillos en la yugular. Y lo hizo. Solo que no fue con sus dientes, sino con una emboscada cobarde. —¿Qué se siente, Luke? —Su voz sisea entre las sombras cuando me derriban. No respondo. No iba a darle el placer de verme suplicando. Me defiendo con todo lo que tengo, con uñas, dientes y la furia de mi instinto. Mi lobo ruge dentro de mí, pero la traición pesa más que las heridas. Este no es un ataque cualquiera. Es un mensaje. Quieren que sepa que mi reinado ha terminado, que Natan tomará mi lugar y yo... yo solo soy un vestigio del pasado. Uno de los suyos me patea en el estómago y caigo al suelo, sintiendo el metal frío del pavimento contra mi mejilla. Mi respiración se entrecorta, el dolor se extiende por todo mi cuerpo, pero lo peor es la ira. Una rabia ardiente que me corre el pecho, un grito silencioso de venganza que no puedo descargar. Aún no. Escucho sus risas, veo sus botas retrocediendo. Se marchan, dándome por muerto. Pero Natan se queda unos segundos más. Se agacha a mi lado, y me susurra: —Ya no eres más el Alfa. Quiero responder, pero el dolor me roba las palabras. Y entonces, como una sombra entre la lluvia, desaparece. Las horas pasan, en realidad, no sé cuánto tiempo, siento cómo la vida se me escapa de las venas abiertas. Mi visión se vuelve borrosa, mi cuerpo pesa como si me estuviera hundiendo en la oscuridad. Pero algo dentro de mí se niega a morir, es algo más fuerte que el dolor, que la traición, que el odio. No voy acabar así. No por Natan. No en un callejón mugriento como un perro abandonado. Si tengo que caer, será peleando. Y si sobrevivo… Él pagará por cada gota de sangre que me ha hecho derramar. Meses antes… El viento nocturno acariciaba mi rostro mientras caminábamos por la senda que tantas veces habíamos recorrido juntos. Natan iba a mi lado, con ese andar relajado y seguro que siempre me hizo confiar en él. No éramos solo compañeros de manada; éramos hermanos en todo, aunque no compartiéramos la misma sangre. Nos conocíamos desde siempre, cuando el mundo todavía no nos había golpeado con toda su crueldad. A diferencia de muchos otros, Natan no era un simple seguidor, no me veía solo como el Alfa. Él era mi consejero, mi mano derecha, la única persona en la que realmente confiaba. Tenía una mente aguda, una astucia innata que combinaba con una lealtad férrea. Siempre encontraba la manera de anticiparse a los problemas, de ver más allá de lo evidente. —¿En qué pensás?—, preguntó sin mirarme, con esa facilidad para leerme que siempre me sorprendía. Sonreí de lado.—En lo que se nos viene. Sé que se está gestando algo, no me gusta esa sensación. Natan asintió, sus ojos oscuros clavados en la noche. —Nosotros podemos con lo que sea, lo sabés, ¿no? Hemos sobrevivido a cosas peores. Si hay algo que no podemos permitirnos, es dudar. Su seguridad era un ancla para mí. Siempre lo había sido. Cuando la presión de ser Alfa pesaba demasiado sobre mis hombros, él estaba allí para recordarme que no tenía que cargar con todo solo. Su lealtad era inquebrantable, su presencia, un refugio. Lo veía en sus acciones, en su manera de defenderme incluso cuando yo no estaba presente. Si alguien osaba cuestionar mis decisiones, Natan era el primero en callarlos. Lo miré de reojo. Su expresión era inescrutable, pero lo conocía lo suficiente como para saber lo que pasaba por su mente. Le preocupaba tanto como a mí la estabilidad de la manada. Pero más allá de eso, yo le importaba como persona, como amigo. Era esa conexión la que me hacía confiar en él por sobre todos los demás. —No podría hacer esto sin vos, Nate—, admití, rompiendo el silencio. Él soltó una risa baja, pero no había burla en ella, solo sinceridad. —No digas estupideces, Luke. Siempre fuiste más fuerte de lo que creés. Yo solo... mantengo la balanza equilibrada. Y así era. Donde yo era fuego y fuerza bruta, él era cálculo y paciencia. Donde yo dudaba, él tenía respuestas. Éramos dos mitades de un mismo todo, unidos no por el deber, sino por algo más profundo. Algo que, en ese momento, creía inquebrantable. Nunca imaginé que un día miraría hacia atrás y me preguntaría en qué momento exacto todo empezó a resquebrajarse. Todo ardía. Cada maldito músculo, cada centímetro de piel. La sangre me corría por el costado, cálida al principio, luego pegajosa y fría. Mi visión era un desastre: manchas negras invadiendo los bordes, luces que no estaban ahí. Pero lo peor no era el dolor. No. Era la m*****a humillación. Natan. La traición tenía su voz, su olor, sus manos. —¿Eso es todo, Luke? —preguntó con esa sonrisa torcida que alguna vez me hizo reír. No respondí. No podía. El hierro de su daga seguía ardiendo en mis costillas, y cada respiro era un recordatorio de que la persona en la que más confié me había dejado para morir. ¿En qué momento empezó todo a desmoronarse? ¿Fue cuando dejó de buscarme después de los enfrentamientos? ¿Cuando sus ojos se llenaban de algo que no reconocía cuando me miraba? No lo quise ver. Porque era él. Mi hermano, mi amigo.Natan y su banda de perros traidores me habían tendido una trampa, esperándome como hienas en ese callejón olvidado. Creían que podrían bajarme del trono, y quizá tenían razón. Mi cuerpo estaba cediendo. Podía sentirlo.Pero mi mente seguía ahí, aferrada a un solo pensamiento: ¿Por qué?Los golpes siguieron hasta que me dejaron tirado contra la pared. Ninguno se atrevió a matarme con sus propias manos. Ni siquiera Natan.El eco de sus pasos se alejaba cuando lo escuché murmurar:—No me obligues a volver, Luke.Y entonces vino el vacío. La nada.Pensé que era el final. Hasta que escuché los pasos.Livianos, rápidos, pero no lo suficientemente cautelosos.Abrí un poco los ojos, y la vi.Una chica pequeña, con el pelo recogido en un moño desprolijo y una bufanda vieja que parecía tragársela. Caminaba con prisa, como si quisiera desaparecer. Me hubiera reído de lo absurdo que era que alguien como ella me encontrara, pero el dolor me lo impidió.Se detuvo.—¡Dios mío!Su voz era suave, cas
—Rita, ¿todo bien? —La voz de un hombre joven, preocupada, atravesó la puerta.Ella corrió a abrir, y un tipo flaco con cara de pocos amigos apareció en el marco.—¿Sigue vivo? —preguntó, mirándome como si fuera un animal herido.—Sí, Tomi, pero...—Esto es una locura, Rita. Este tipo... no sabes quién es.Tampoco lo sabía ella. Y si tenía suerte, nunca lo sabría.Tomi me escaneó con la mirada, como midiendo si aún podía levantarme y hacerle daño. Si no estuviera tan hecho pedazos, habría sido divertido. Pero en ese momento, no tenía humor ni paciencia.—Mirá, pibe, no necesito tus sermones. Podés irte si querés —gruñí, mi voz todavía rasposa pero lo suficientemente clara para que me entendiera.El tal Tomi dio un paso atrás, pero Rita lo detuvo con una mano en el brazo.—No hables así. Él me ayudó a traerte aquí. Si no fuera por Tomi, seguirías tirado en ese callejón.—Bien, gracias por el favor —respondí seco, mirando al flacucho como si quisiera que se desvaneciera en el aire. Lo ú
6. Entre vendas y secretos.Ella parpadeó, claramente sorprendida por mi tono.—No... no quiero que te vayas —respondió, casi en un susurro. Luego, apartó la mirada, sus manos torpemente ajustando las vendas en mi costado—. Solo quiero que te recuperes.No respondí. No sabía qué decirle.Por dentro, mi mente era un campo de batalla. La lógica me gritaba que me fuera, que la dejara atrás antes de que fuera demasiado tarde. Pero otra parte de mí, una más oscura y egoísta, se aferraba a su voz temblorosa, a la manera en que sus dedos rozaban mi piel herida con una suavidad que me desarmaba. No podía quedarme. No debía. Y, sin embargo, cada fibra de mi ser se resistía a la idea de irme.Un poco más, me dije, cerrando los ojos mientras la escuchaba moverse por la habitación. Solo hasta que pueda moverme sin caerme al piso. Entonces me iré.O al menos, eso pensaba.El silencio se instaló entre nosotros, pesado y espeso, roto solo por el crujido de las maderas del suelo y el goteo irregular
—No es cuestión de agallas. Solo digo lo que pienso.Ahí estaba otra vez, esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad que me desconcertaba. ¿Quién era esta chica? ¿Por qué alguien como ella había decidido ayudar a alguien como yo, un desconocido cubierto de sangre?—Si soy sincera, al principio pensé que eras... no sé, un criminal o algo peor.Sonreí con ironía.—Y aún así me llevaste contigo.Ella se encogió de hombros, con una naturalidad que me dejó perplejo.—No podía dejarte morir.Había algo tan crudo en su respuesta que me dejó sin palabras. No había justificación grandilocuente ni discursos heroicos. Solo una verdad simple y feroz: ella había decidido salvarme. Y yo no estaba acostumbrado a eso. A que alguien hiciera algo por mí sin esperar nada a cambio.Pasaron los días, y con ellos mi cuerpo comenzó a sanar. Rita no hacía muchas preguntas, pero su mirada me hablaba de una curiosidad contenida. Se limitaba a observarme en silencio mientras cambiaba mis vendas o me dejaba algo d
Ella, por supuesto, no lo aceptó.—Podés. Simplemente no querés.Su respuesta fue como un golpe directo al pecho. Tenía razón. No quería. Y no solo eso: temía lo que vendría después. La verdad tenía un peso que podía aplastarnos a los dos. Pero algo en su postura, en la determinación que se filtraba a través de su vulnerabilidad, me hizo considerar que tal vez debía darle algo. Un pedazo de la verdad, lo suficiente para que dejara de presionar. Lo suficiente para no perderla todavía.—Escuchame. —Hice una pausa, enderezándome en la cama y respirando hondo, ignorando la punzada de dolor que aún persistía en mis costillas—. Lo que viste no es normal, eso lo sabés. Mi cuerpo se cura rápido porque no soy... exactamente como vos.Ella frunció el ceño, pero no dijo nada. Sus brazos seguían cruzados, un escudo precario que parecía protegerla de lo que estaba a punto de escuchar. Pude ver la tensión en su mandíbula, el leve temblor en sus dedos. Estaba asustada, aunque intentara disimularlo.
Ella me miró, y por un momento su rostro se suavizó.—Pero quiero. Quiero entender.Esa confesión me desarmó más de lo que debería. Las palabras se colaron bajo mi piel, removiendo algo que no quería enfrentar. Nadie intentaba entenderme. Nadie quería hacerlo. No estaba acostumbrado a que alguien quisiera acercarse, a que alguien intentara entender en lugar de huir.—Lo único que necesitas saber es que estar cerca de mí no es seguro.—Bueno, eso ya lo sé. Pero aun así estás acá.Le devolví la mirada, tratando de leerla, de entender por qué hacía lo que hacía. Su terquedad era irritante, pero también... intrigante. Pero Rita seguía siendo un misterio para mí, y por alguna razón, eso me atraía más de lo que estaba dispuesto a admitir.—No soy bueno para agradecer, pero... —Hice una pausa, luchando contra las palabras. Decirlo en voz alta se sentía como exponerme demasiado. —Gracias. Por todo.Ella sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Eso me r
—Solo digo que no deberías meterte tanto. Esto no es tu problema.Ella soltó un bufido, sacando un par de cosas de las bolsas y acomodándolas en una pequeña alacena.—Bueno, ya es tarde para eso, ¿no?—Siempre podés dejarme ir.Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y no me gustó cómo sonaron. Como un desafío. Como si realmente quisiera que lo hiciera... aunque la idea me resultaba insoportable.Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Su mirada era firme, sin rastro de miedo.—¿Y qué harías si te dejo ir? Apenas podés caminar. ¿Pensás que podés enfrentarte a quienes te hicieron esto?No respondí de inmediato. Sus palabras golpearon un punto débil. Sabía que tenía razón. Odiaba que tuviera razón.—Eso no es asunto tuyo —gruñí, desviando la mirada. Si seguía mirándola, si dejaba que esa expresión determinada me atravesara, terminaría cediendo.—Tal vez no, pero no voy a dejar que te maten por orgullo.La firmeza en su voz me dejó helado. ¿Quién era esta muj
Desperté en la madrugada, como si algo me hubiera sacado de un sueño profundo. Un sonido. Una vibración en el aire que mi instinto reconoció antes que mi mente. La sensación era como un zumbido sordo en el pecho, un aviso primitivo que helaba la sangre antes de que la razón pudiera explicarlo. Los sentidos que siempre me mantenían alerta estaban encendidos, y cada fibra de mi cuerpo gritaba peligro.No tardé en darme cuenta de que no estaba solo.Rita dormía en el sillón, ajena al cambio en el ambiente. Su respiración era tranquila, rítmica, pero fuera, más allá de estas paredes, había algo acechando. Me quedé mirándola por un instante, atrapado entre el impulso de despertarla y el deseo irracional de dejarla soñar un poco más, alejada de la realidad que la esperaba.Me levanté con cuidado, ignorando el dolor que todavía tiraba de mis músculos. La ventana estaba apenas entreabierta, dejando entrar un soplo de aire fresco que traía consigo un olor que reconocí al instante. Lobo.Un gru