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Encontré a Risa en la cabaña de Maeve. Había acomodado a Malec contra su pecho, sostenido por una amplia pañoleta atada a la espalda de mi pequeña, donde el bebé dormía muy cómodo mientras ella trabajaba con la esposa de Baltar y Enyd.

Sabiendo que llevaríamos provisiones a los otros puestos, habían pasado la mañana preparando cajones de hierbas, aceites, ungüentos y otros elementos para las sanadoras.

Al verme entrar ya envuelto en mis pieles, listo para partir, Enyd se despidió de ellas y salió apresurada a prepararse, porque vendría conmigo al oeste.

Risa dejó a Maeve terminando de cerrar los cajones y vino a mi encuentro con una sonrisa a flor de labios. Descansó su costado contra mí y rodeé sus hombros con un brazo, besando su cabello.

—Aprovecha tus últimas escapadas solo, mi señor —dijo, su cab

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