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Al menos nadie me regañó cuando dije que quería permanecer con ellos mientras dormían.

La anciana sanadora y madre rodearon la cama juntas para inclinarse hacia el bebé. Advertí el brillo húmedo de los ojos de la humana, que meneó la cabeza rezongando como para no admitir que ella también estaba emocionada.

Madre me acarició la cabeza con una sonrisa cálida y asintió.

—Felicitaciones, hijo mío. Que Dios los bendiga.

Dejaron la habitación hombro con hombro, los brazos enlazados como viejas amigas, la reina de los lobos y la humana gruñona de tocado estrafalario. Marla y las otras sanadoras las siguieron, dejando sólo a Tilda con nosotros, lista para asistir a Risa y al bebé en lo que hiciera falta.

La puerta no llegó a cerrarse, porque mis hermanos y sus compañeras entraron de puntillas a conocer a mi hijo y se d

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