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Risa pasó las siguientes dos semanas en reposo, recuperándose de las secuelas del parto. Malec había sido un bebé robusto al nacer, y el cuerpo de mi pequeña precisaba tiempo para sanar después de darlo a luz.

A pesar de que evitaba quejarse, mantenía la calma y trataba de sonreír cuanto podía, yo percibía el dolor constante que soportaba, y me partía el alma no poder hacer nada para aliviarla.

Permaneció en los aposentos de madre tres días, con Tilda y Marla turnándose para cuidarla a toda hora bajo la supervisión de Tea, la anciana sanadora, que no ocultaba su desconfianza de los métodos de nuestras sanadoras.

Sus maneras bruscas me molestaban, pero madre parecía hallarlas divertidas, y Tilda y Marla las toleraban con paciencia humorística, de modo que tuve que tragarme mis protestas, especialmente porque su presencia hacía sentir bien a Risa.

Cuatro días después del parto, convenció a Risa de regresar a nuestras habitaciones. Y pretendía hacerla camina

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