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Afuera nevaba copiosamente, en uno de los inviernos más rigurosos de las últimas décadas. Las noticias que llegaban del norte me habían disuadido de reunir a los guerreros que se suponía pasarían esos meses descansando en el Valle con su familias, y enviarlos con Milo y Mendel a reforzar a quienes defendían la frontera. Tal como hiciéramos dos años atrás, se reunieron con los refuerzos de mis tíos en el vado del Lagan y continuaron juntos hacia el norte.

Mientras tanto, Risa continuaba recuperándose del parto, mucho más rápido de lo que todas las sanadoras anticiparan. Tilda, Aine y Briana la cuidaban con devoción, y yo pasaba con ella tanto tiempo como ella me permitía.

—Atiende tus deberes, mi señor —repetía, con esa sonrisa adorable que me impedía decirle que no a nada—. Prometiste que nos mudaríamos al norte e

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