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Los niños se adelantaron corriendo a recorrer cada habitación, seguidos alegremente por Briana, mientras Risa y yo comenzábamos la ardua tarea de quitarnos las varias capas de abrigo que vestíamos.

Mi pequeña alzó a Malec con una sonrisa radiante y lágrimas de emoción en los ojos, toda ella vibrando de felicidad como pocas veces la viera.

Entonces Baltar y Maeve le presentaron una placa de madera envuelta en un delicado paño bordado.

—Tan pronto sea posible, queremos colgarla en la entrada al puesto —explicó mi primo con su acostumbrado acento cordial—. Es como nos gustaría que se llamara este lugar a partir de ahora.

Risa me miró interrogante y meneé la cabeza, porque no tenía idea de qué se trataba. Entonces acomodó bien a Malec en un brazo y con la mano libre apartó el paño. La pieza de madera estaba primorosam

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