Isadora, la otrora heredera de una familia venida a menos, había conseguido lo que muchas soñaban: tres años atrás, Mateo anunció de forma inesperada que eran novios y, pese a la oposición de Gregorio, llegó a celebrar una fiesta de compromiso con ella. Desde entonces, Isadora se convirtió en la mujer más envidiada de la ciudad.A ojos del mundo, era hermosa, bondadosa, elegante y digna. Sin embargo, Leonora sabía perfectamente qué clase de persona era en realidad. «Si no se hubiera dedicado al diseño», pensaba, «sin duda habría sido la mejor actriz dramática».Isadora entendía muy bien la insinuación de Leonora: después de todo, llevaba tres años con el compromiso en suspenso y seguramente deseaba con urgencia casarse con Mateo para entrar por fin a la familia Arévalo. Y tal como Leonora lo imaginó, Isadora no tardó en reaccionar.La joven salió de inmediato y se arrodilló exactamente donde antes había estado Leonora, inclinando la cabeza con devoción.—Don Gregorio, soy yo. Quien se
Su cuerpo se estremeció mientras luchaba por mantener la calma, pero los recuerdos de su vida anterior —los ocho años de amargura y desesperanza— la hacían temblar. Desvió el rostro para ocultar su expresión.Mateo, sin dignarse a mirarla de nuevo, soltó un comentario cargado de desprecio:—¿Planeabas embarazarte a mis espaldas?Leonora frunció el ceño y de reojo buscó la mirada de Aurora. ¿Acaso su madre aún insistía en forzarla a casarse con él? Sin embargo, Aurora temblaba de miedo, sin atreverse a articular palabra. Si ni siquiera se animaba a cuestionar a Mateo, mucho menos se atrevería a sustituirle la medicina.Entonces, ¿qué estaba pasando realmente?Leonora percibió los ojos de todos clavados en ella, presionándola desde todos los ángulos. Entre esas miradas, sobresalía una especialmente intensa: la de Isadora.Los labios de Isadora dibujaban una sonrisa ambigua, que en la mente de Leonora evocaba recuerdos amargos de su pasado. Y en efecto, solo un instante después, Isadora —
El silencio se adueñó del amplio vestíbulo de la Hacienda Arévalo. El ambiente en torno a Mateo se volvió tan gélido y denso que a los presentes se les hacía difícil respirar. Él guardó silencio un instante, pero todos notaron la furia contenida en sus ojos. Sin apartar la mirada de Leonora, sacó un cigarrillo y, tras encenderlo, exhaló una nube blanquecina que difuminó sus facciones.—Lárgate.Gregorio también mostró su molestia con un ademán, como si solo quisiera apartar a Leonora de su vista. Aurora la ayudó a ponerse en pie, pero Leonora se soltó y se incorporó con firmeza en medio de la sala:—Si estar aquí resulta tan molesto para todos, me marcharé de inmediato. Don Gregorio, gracias por todo el cuidado que me brindaste durante años.Lo dijo con determinación, sin dejarse ver débil como en la vida pasada. Ya no volvería a ser esa mujer cautelosa y temerosa de antes. Dicho esto, se dio media vuelta y salió. Una mirada pesada y amenazante se clavó en su espalda.Al traspasar la p
¿Anoche?Sí… durante la noche anterior, Leonora le había dicho muchas cosas mientras estaban juntos. Fue incapaz de verlo sufrir tanto, así que se rindió a él. En medio de la pasión, y aguantando las caricias abrasadoras de aquel hombre que casi la enloquecían, le confesó lo que guardaba en su corazón. En ese instante, pensó que quizá Mateo lo olvidaría a la mañana siguiente. Pero ella no lo haría; al menos, durante un rato, pudo sentirlo más cerca que nunca.—Mateo, me gustas.—Me gustas desde hace mucho tiempo. Desde aquel día en que llegué a la Hacienda Arévalo y tú me defendiste, empecé a fijarme en ti en secreto.—Sé que no te importo… pero yo… en verdad…—Te amo.Leonora había entrado a la Hacienda Arévalo con apenas dieciséis años. Su mamá la había arreglado como a una muñeca de porcelana, sin saber que la sencillez elegante era lo que verdaderamente se apreciaba en esos círculos. En lugar de causar admiración, se convirtió en el hazmerreír de la servidumbre, que murmuraba que s
Sin poder contenerse, Leonora vomitó sobre el elegante traje nuevo de Mateo, quien frunció el ceño al instante. Se retorció hasta que ya no salió más que bilis, y finalmente se dejó caer contra el auto, débil y sin energías. Fernando se aproximó rápido.—Señor Mateo, déjeme ayudar a la señorita Leonora.Pero Mateo, luego de quitarse la chaqueta con gesto de disgusto, se negó:—No hace falta.Miró a Leonora con desaprobación, aunque al final fue él quien la levantó en brazos y la llevó dentro de la casa. Sin preámbulos, la instaló en el baño, sentándola sobre la repisa del lavabo. Acto seguido, comenzó a despojarla de la ropa manchada.—¡No, no, déjame! —se resistía Leonora, forcejeando con todo lo que le quedaba de fuerzas, aunque de poco le servía.Impávido, Mateo terminó de quitarle la ropa. Bajo la luz, salieron a relucir las marcas de la noche anterior. Ella, muerta de vergüenza, alzó las manos para cubrirse, pero él se las sujetó. El contacto con la palma de Mateo ardía como el fu
Justo cuando Leonora se disponía a entrar al edificio de dormitorios, sintió una mano que la tocaba por detrás. Al darse vuelta, vio a una compañera, jadeando, que señaló con urgencia hacia el edificio principal de aulas.—Leonora, el profesor Rafael te está buscando. Quiere que vayas a la oficina del director ahora mismo.—De acuerdo.Leonora enfiló hacia la zona de oficinas. Durante el trayecto, notó cómo varios estudiantes la miraban y murmuraban, con expresiones malintencionadas. Al parecer, la estaban esperando con un nuevo “banquete de leones”.…Al entrar, comprobó que no solo estaba Rafael allí, sino también Mateo e Isadora. Sus miradas se cruzaron con las de Mateo, cuyos ojos, oscuros como los de una serpiente, se posaron sobre ella con la amenaza de envenenarla en cualquier instante. Leonora contuvo el aliento y apretó los puños para obligarse a mantener la compostura, pero sentía el peso de su escrutinio.Entonces, una figura femenina y esbelta se acercó con suavidad. Era Fr
Ella se dio la vuelta y abandonó la oficina sin mirar atrás.Después de la experiencia sufrida en la Hacienda Arévalo, Leonora había aprendido la importancia de anticiparse a las maniobras de Isadora. Desde que la oyó llorar por teléfono, quejándose ante Mateo de ser “víctima” de calumnias, supo que se avecinaba un ataque conjunto con Freddi. Al fin y al cabo, Freddi conocía demasiados detalles sobre ella, incluidas sus anotaciones personales.En su vida anterior, tras aquella noche con Mateo, no tardaron en publicarse en internet supuestas “pruebas” de que había sido ella quien lo había drogado para acostarse con él. Se trataba de un diario de amor que “confirmaba” la obsesión de Leonora. Más tarde, descubriría que fue Freddi quien se encargó de difundirlo. Por eso, esta vez se había anticipado cambiando su cuaderno de notas.Iba pensando en esto cuando un golpeteo de pasos la alcanzó. Era Freddi, que la había seguido. Durante todo el trayecto, Freddi no dejaba de observarla, midiendo
Cuando Leonora pensó que su corazón iba a salírsele del pecho, él se volteó ligeramente hacia los intrusos:—¿Pasa algo? —preguntó con frialdad.El joven, al reconocerlo, bajó la cabeza de inmediato:—Lo siento, señor Arévalo. Ya nos vamos.La pareja se marchó a toda prisa. Al escuchar sus pasos alejándose, Leonora exhaló un suspiro de alivio y trató de empujar a Mateo, pero él le atrapó la muñeca sin contemplaciones.—Ve a recoger tus cosas. Fernando te esperará en el estacionamiento para llevarte al departamento —ordenó él con voz grave, sin dar lugar a réplica.Leonora sintió cómo su pecho se llenaba de rabia, intentando mantenerse serena. Para Mateo, ella no era más que un objeto que podía mover y desechar a su antojo. Apretó los dientes, forzando un tirón con el brazo para librarse de su agarre.—No hace falta. Si no confías en mí, dentro de un mes podemos hacernos juntos un examen.La mirada de Mateo se afiló, como si no se creyera que Leonora se atreviera a contradecirlo. Por un