Capítulo 2
¿Había… regresado?

¡Volvió atrás en el tiempo!

Ignorando las caras de asombro, Leonora se pellizcó con fuerza. Un ramalazo de dolor le recorrió todo el cuerpo y las lágrimas le anegaron los ojos al instante.

—¿Qué lloriqueos son esos? ¿Acaso nuestra familia te ha tratado tan mal?

La voz autoritaria provenía de la cabecera: Gregorio Arévalo, el padre de Mateo, la contemplaba con disgusto.

Leonora bajó la cabeza. Aparentaba la misma docilidad de siempre, pero en su interior temblaba de conmoción y alivio.

A su alrededor, la gente murmuraba con una mezcla de burla e indignación:

—Es tan joven y ya trama seducir a Mateo con artimañas y escándalos…

—Claramente lo obligó a acostarse con ella. Y ahora, al no atreverse a admitirlo, ¿qué pretende?

—Nunca fue parte de la familia. Se crio con malas costumbres. Subieron a internet su diario donde confiesa su amor obsesivo por Mateo. ¡Cuánta vergüenza!

—Mira que pagamos sus estudios universitarios… y solo aprendió a comportarse como una mujerzuela.

—Se lo dije a Esteban: no metas a cualquiera en la casa. Ahora, esta chica hace lo que sea por amarrarse a la familia Arévalo… Vaya uno a saber si es cosa de genes o un descaro aprendido.

Las miradas se desviaron hacia Aurora Valdivia, la madre de Leonora, quien se mantenía al fondo con el rostro pálido, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre, sin atreverse a replicar.

Leonora comprendía el porqué de aquel silencio. Su situación dentro de la familia era muy particular: llegó a la mansión cuando su madre se casó con el segundo hermano de Mateo, Esteban Arévalo. Por consiguiente, en teoría, debía dirigirse a Mateo como “tío”.

Sin embargo, nunca llegó a llamarlo así. Simplemente, no tenía derecho a hacerlo.

En la vida anterior, ante todas esas acusaciones, Leonora se limitó a disculparse con humildad, casi confirmando implícitamente que había drogado a Mateo para acostarse con él. Luego, cuando salió embarazada, Mateo no tuvo más remedio que casarse con ella. De ahí en adelante, lo único que recibió fue el odio de su marido y el desprecio de toda la ciudad, convencida de que era una trepadora que haría cualquier cosa por entrar en una familia poderosa.

¡Pero esta vez, Leonora se había propuesto reescribir su destino trágico! ¡Y el de su hija!

Leonora miró a su alrededor, contemplando a la familia Arévalo sentada con aire imponente. Esta vez ya no se mostraba tan frágil como en el pasado. Estaba a punto de hablar cuando, de pronto, escuchó tras ella el firme paso de un hombre. A excepción de Gregorio, todos los presentes se pusieron en alerta y mostraron respeto.

Una figura alta pasó junto a Leonora hasta el frente. El mayordomo tomó el abrigo que llevaba en el brazo y asintió con la cabeza.

—Señor Mateo.

—Hm… —fue toda la respuesta de Mateo, mientras inclinaba levemente la cabeza hacia Gregorio, que presidía la reunión, antes de sentarse con parsimonia.

Durante todo ese tiempo, Mateo ni siquiera dirigió la mirada a Leonora, como si ella no tuviera la menor importancia. Sin embargo, Leonora no le apartó los ojos encima. Solo cuando él lo percibió y bajó la vista hacia ella, se encontraron las miradas.

En ese instante, un rastro de recuerdos de su vida anterior sacudió a Leonora. Su cuerpo, por instinto, empezó a temblar de miedo, el sabor metálico de la sangre le llenó la boca y sus manos, al cerrarse con fuerza, parecían aferrar la de Celeste. Jamás olvidaría aquel rostro: las facciones marcadas, los ojos tan negros como el azabache y la argolla de jade rojo que llevaba en el pulgar izquierdo, de un brillo translúcido que evocaba un matiz carmesí. Todo en él aparentaba frialdad, pero también transmitía una amenaza latente.

Mateo sintió la mirada de Leonora y, por un segundo, dejó de girar el anillo con los dedos. Solo regresó a su habitual indiferencia cuando unas manos blancas y suaves se posaron en su hombro. Era Isadora, con los ojos hinchados de tanto llorar y un rostro dulce cubierto de tristeza.

¡Por fin estaban todos reunidos! Gregorio, al notar la llegada de Mateo, tomó su taza de té y apartó con la tapa las hojas flotantes. Con aparente indiferencia, fijó la mirada en Leonora, pero en sus ojos se percibía un matiz gélido que infundía temor.

—Basta. ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Les parece poco el ridículo que están haciendo? —dijo con un tono que silenciaba la sala—. Leonora, tú y tu madre llevan años en la familia Arévalo, nunca han sido maltratadas. Si has cometido un error, lo correcto es aceptarlo.

¡Esa era la frase que casi equivalía a una amenaza directa! Gregorio nunca había soportado a Aurora y ahora, al intimidarla, la ya de por sí asustadiza Aurora se vino abajo. Se adelantó con prisa para tomar del brazo a Leonora, entre sollozos:

—Leonora, por favor, discúlpate con el abuelo. Cuando le pidas perdón, todo se solucionará. ¡No hagas esto más grande, te lo suplico!

¿Disculparse? Ja. Aurora ignoraba que Gregorio no pensaba dejarlas en paz de ningún modo; solo esperaba a que Leonora agachara la cabeza y admitiera su culpa para convertirla en el blanco de las críticas de la gente en internet, protegiendo así el nombre de los Arévalo.

Leonora, en lugar de inclinar la cabeza como antes, se irguió con determinación. Echó un vistazo a cada uno y, por último, clavó la mirada en Mateo. Él le devolvió la mirada con frialdad, como si siempre hubiera sabido cuál sería su destino.

Pero esta vez, quizás lo haría llevarse una sorpresa. Bajo aquella tensión que se reflejó por un instante en los ojos de Mateo, Leonora apoyó sus rodillas entumecidas para ponerse de pie y soltó una ligera risa.

—¿Por qué debería disculparme?

—¿Cómo dices? —Gregorio se quedó lívido de furia, tanto que derramó parte del té que sostenía.

Leonora pronunció cada palabra con calma pero firmeza:

—Primero, yo no puse ninguna droga, así que no tengo razón para disculparme. Segundo, la persona que aparece en la foto está demasiado borrosa. ¿Por qué tendría que ser yo solo porque los reporteros lo dicen? ¿Alguno de ustedes me vio metiéndome en su cama? ¿O acaso… mi tío se dio cuenta de que era yo cuando recobró el sentido? Si estaba consciente, ¿cómo podría haber hecho algo así conmigo? Y si no lo estaba, ¿quién puede probar que la de la foto soy yo? ¿No es cierto?

Mientras no lo admitiera, nadie podría asegurar nada. A menos que Mateo quisiera confirmarlo, aquella mujer de la foto podía ser cualquiera. Pero dado lo mucho que él amaba a Isadora, ¿por qué iba a reconocerlo? De hecho, seguro deseaba que la mujer de anoche no fuera Leonora, pensó ella con frialdad.

Sin embargo, los ojos oscuros de Mateo se ensombrecieron. En silencio, cerró lentamente la mano en la que llevaba un anillo, pero en lugar de responder a lo que Leonora decía, soltó una pregunta:

—¿Qué acabas de llamarme?

—Tío. —Leonora lo miró con frialdad, reprimiendo cualquier atisbo de emoción. Para ella, todos sus errores habían terminado la noche anterior.

—Perfecto —murmuró Mateo sin mostrar la menor reacción en su expresión.

Sentado con elegancia, apoyaba el brazo sobre el reposabrazos, y su mano, apenas inclinada, transmitía una fuerza contenida. Ese porte revelaba la autoridad de quien está por encima de los demás, como si quisiera penetrar los pensamientos de Leonora con la mirada. Ella apretó los labios: aunque estaba viviendo una segunda oportunidad en la vida, el aura imponente de Mateo seguía aterrorizándola. Al final, apartó la vista sin poder sostenerle la mirada.

Gregorio dejó la taza sobre la mesa con brusquedad, haciendo temblar hasta su bigote, y exigió:

—Entonces, dime… ¿quién fue?

Leonora aflojó el puño que había estado apretando y señaló un punto en la habitación.

—Ella.

Isadora.

Las lágrimas que se acumulaban en los ojos de Isadora se detuvieron de golpe. Se quedó inmóvil, como si no hubiera comprendido lo que acababa de oír. Leonora, por su parte, esbozó una ligera sonrisa. En esta vida, planeaba otorgarles a ambos la oportunidad de vivir ese romance que tanto deseaban. Aun así, se moría de curiosidad por saber cómo reaccionaría Mateo cuando descubriera la verdadera cara de la mujer que tanto amaba.

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