Capítulo 10
Cuando Leonora pensó que su corazón iba a salírsele del pecho, él se volteó ligeramente hacia los intrusos:

—¿Pasa algo? —preguntó con frialdad.

El joven, al reconocerlo, bajó la cabeza de inmediato:

—Lo siento, señor Arévalo. Ya nos vamos.

La pareja se marchó a toda prisa. Al escuchar sus pasos alejándose, Leonora exhaló un suspiro de alivio y trató de empujar a Mateo, pero él le atrapó la muñeca sin contemplaciones.

—Ve a recoger tus cosas. Fernando te esperará en el estacionamiento para llevarte al departamento —ordenó él con voz grave, sin dar lugar a réplica.

Leonora sintió cómo su pecho se llenaba de rabia, intentando mantenerse serena. Para Mateo, ella no era más que un objeto que podía mover y desechar a su antojo. Apretó los dientes, forzando un tirón con el brazo para librarse de su agarre.

—No hace falta. Si no confías en mí, dentro de un mes podemos hacernos juntos un examen.

La mirada de Mateo se afiló, como si no se creyera que Leonora se atreviera a contradecirlo. Por un
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