A esa hora de la mañana, casi no había gente en la entrada de la universidad. Exhausta, Leonora fue arrastrada al interior del auto por Mateo. Por más que forcejeara, él siempre la jalaba de vuelta con firmeza.Cuando alzó la mirada, se dio cuenta de que la estaba provocando casi como un juego, como si su lucha no fuera más que un intento de seducción. Cansada de resistirse, simplemente bajó los brazos.Mateo la atrajo hasta su asiento, levantándole el rostro con cuidado y acariciando la frente enrojecida por el golpe.—Veo que no aprendes la lección. ¿Por qué te fuiste del hospital?Lo dijo con indiferencia, como si no hubiera sido él mismo quien, fuera de la habitación, insistió en llegar a una reconciliación.Leonora lo miró, intentando descifrarlo en vano, como si hubieran pasado dos vidas y aún así no pudiera entenderlo. Al verla callar, Mateo le apretó la barbilla con un poco más de fuerza. Parecía tenerla como una muñeca, dispuesta a sus caprichos.Sentada allí, Leonora sintió u
No tuvo más opción que acompañar a Mateo hasta el apartamento de Isadora.Al salir del ascensor, los recibió una escena escalofriante: manchas de sangre diseminadas por el pasillo y pintura roja en la puerta del apartamento. Antes de que Leonora pudiera asimilarlo, Mateo irrumpió en el lugar. Se oían gritos desgarradores de un hombre y los sollozos de Isadora.—¡Mateo! Tengo mucho miedo… —La voz de Isadora, rota por el llanto, hizo reaccionar a Leonora, quien corrió tras él hacia el interior.Lo primero que vio fue a un hombre tendido en el suelo. Tenía el ceño fruncido, escupía sangre y aferraba con fuerza un cuchillo. Al otro lado, Isadora se cubría un brazo ensangrentado, apoyándose con debilidad en el pecho de Mateo. Su hermoso rostro no mostraba más que angustia.El hombre no dejaba de insultarla:—¡Maldita! Eres muy buena para meterte en camas ajenas. ¿Qué tiene de malo darme un rato de placer? ¡Si así eres tú en realidad!—No… no es verdad… —murmuró Isadora, con lágrimas a punto
Solo se quedó mirando su propia sangre, mientras al otro lado Mateo protegía a Isadora detrás de su espalda. Isadora, curiosamente, sonreía tras él. Al verlos, Leonora palideció y dejó escapar una risa amarga.De pronto, llegaron unos policías irrumpiendo en el lugar.—¿Quién hizo la llamada?—Fui yo —respondió Mateo con frialdad, señalando a Leonora—. Llévensela.Uno de los agentes, sorprendido al ver la mano de Leonora, quiso atenderla:—Tiene mucha sangre… primero debemos vendarle la herida.Sin dignarse siquiera a mirarla, Mateo insistió con tono gélido:—Dije que la detuvieran. Si hizo algo, que asuma las consecuencias.Enseguida, Leonora sintió el frío metal de unas esposas rodeándole las muñecas. El policía, preocupado, presionó la herida con una venda para contener la hemorragia. Leonora tuvo que apretar los dientes ante el dolor intenso que se desató en ese instante. Cuando se la llevaban, se detuvo un segundo y, con voz queda, apenas se defendió:—No fui yo.Mateo alzó la mir
Aurora llegó a la estación de policía con el rostro desencajado, y en cuanto vio la mano de su hija se puso lívida.—¿Qué ha pasado? ¡Si apenas te habías recuperado, y ya te veo así! ¡Eres diseñadora, Leonora, tu mano es crucial!Aurora entendía a la perfección la importancia de esa mano… ¿acaso Mateo no? Sin embargo, fue él quien, con esa patada, desvió el cuchillo hacia Leonora.Si así eran las cosas, tocaría seguir con el tema hasta las últimas consecuencias.Leonora se acomodó el cabello con un gesto firme.—Estoy bien, mamá. Iré directo al grano: lo que te pedí que averiguaras, ¿pudiste hacerlo?Aurora, con lágrimas aún brillándole en los ojos, sujetó la mano herida de su hija y tardó un instante en reaccionar.—Sí, sí… Mira.Sacó el teléfono y le mostró a Leonora algo en la pantalla. Al terminar de leer, Leonora soltó un leve suspiro y pareció más calmada.—Tal y como pensaba… —musitó, con un brillo de determinación en la mirada.Aurora apretó los labios, visiblemente angustiada.
Finalmente, dejó escapar su frustración:—No es que ella y Vicente sean distintos. Es que ella y yo somos diferentes. Ella es esa mujer “pura y elevada” que te pertenece, mientras que yo no soy nada. ¿Verdad? Así que, según ustedes, no debí enfrentar a Isadora, no debí rebelarme, ni tratar de defenderme. Se supone que yo debería agachar la cabeza, aceptar mi destino, admitir culpas. ¿Es lo que esperan?Con la voz cargada de ironía, continuó:—Tío… ¿te has puesto a pensar qué pasaría si de verdad hiciera lo que me piden? ¿Me dejarían en paz? ¿O acaso la única salida para mí es la muerte?La crudeza de sus palabras caló hondo, y entonces Leonora esbozó una sonrisa amarga. Levantó con lentitud la mano vendada frente a Mateo, agitándola un poco:—Por unos cuantos milímetros, el cuchillo me habría cortado el nervio. ¿Te sentiste decepcionado, tío? Si mi mano se hubiera arruinado, Isadora sería la única representante de la escuela en la competencia, y todo Internet me señalaría por calumniar
Se inclinó un poco hacia la policía, la única persona ahí en quien podía confiar, y susurró:—Por favor, necesito pedirte un favor…—Está bien —respondió ella con un leve asentimiento.Después de explicarle todo, Leonora se sintió un poco más aliviada. Sin embargo, para no poner a la oficial en una situación comprometedora, respiró hondo y dijo:—Ya te conté todo lo que sé. No voy a provocarte problemas con Mateo, así que toma las medidas que consideres necesarias en mi contra.La oficial, quien parecía realmente preocuparse por ella, se quedó callada un instante. Leonora levantó las manos esposadas sin oponer resistencia.—¿Sabes? —comentó la policía con una sonrisa vacilante—. Pensándolo bien, puede que quedarte aquí dentro sea lo más seguro para ti.—¿Seguro? —Leonora no terminaba de entender, pero aun así asintió—. Gracias.La oficial titubeó un instante, luego negó con la cabeza y no agregó nada más. Le quitó las esposas y salió de la habitación.Poco después, corrió el rumor de l
—Como tu abogado en funciones, debo ser responsable y decirte que este es el mejor desenlace posible para ti.Mientras hablaba, su tono dejaba claro que estaba convencido de que Leonora, sin nadie que la apoyara, terminaría acatándolo. Leonora cerró el discurso sin prisa y lo miró fijamente sin pronunciar palabra. Bajo esa mirada tan transparente, Bruno sintió un leve temblor de incertidumbre.—¿Señorita Leonora? ¿Por qué me mira así?Leonora ladeó la cabeza y preguntó con calma:—Señor Bruno, recuerdo haber oído que en su momento usted fue perseguido por defender gratuitamente a personas sin recursos, y que por eso la familia Arévalo lo reclutó. ¿No es así?Los ojos de Bruno se abrieron con sorpresa. Esa historia era tan confidencial que solo Mateo y Gregorio la conocían. Sin embargo, se recompuso de inmediato —era un abogado experimentado— y replicó:—¿Y qué con eso?Leonora dejó escapar un suspiro casi imperceptible, con un atisbo de sonrisa:—¿De verdad te quedas tranquilo al decir
Mateo no dijo nada. Se limitó a echar un vistazo por encima del hombro de Leonora con una frialdad cortante, como si detrás de él se extendiera un glaciar invernal que no admitía visitantes.Leonora soltó una risa helada en su fuero interno. «Así es Mateo», pensó, «siempre impenetrable.»De pronto, una voz penetrante y autoritaria resonó a sus espaldas:—Leonora, ¿qué haces ahí parada? Todos te están esperando.Se trataba de Gregorio. Leonora se dio la vuelta y vio que, tras él, estaban Aurora y Esteban. En circunstancias normales, ninguno de ellos habría tenido cabida en un lugar tan céntrico, pero esta vez habían aparecido en un escenario que se antojaba poco favorable. Quedaba claro que Gregorio temía que Leonora se retractara y se negara a subir al estrado.—Leonora… —murmuró Esteban, con semblante serio, dando un paso para protegerla.Pero ella sacudió la cabeza y susurró:—Tío, mejor acompaña a mi mamá. Confía en mí.Ante la mirada de advertencia de Gregorio, Leonora subió al esc