Cuando Leonora volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba en un hospital. Aunque podía mover ligeramente la mirada, su mente seguía atrapada en la confusión. Alcanzó a escuchar voces a su lado:—¿Cómo sigue?La pregunta, en un tono grave y peligroso, provenía de una voz muy conocida: la de Mateo.—Señor Mateo, no se preocupe. Puede contar con mi palabra profesional: la mano de la señorita Leonora se recuperará por completo —respondió el médico con firmeza.“¿La mano…?”Apenas oyó esa palabra, Leonora empezó a tomar verdadera conciencia de lo que sucedía. Con la vista medio nublada, enfocó el gafete en la bata del doctor, que decía: Matías Hernández, Jefe de Neurología.Ese nombre le resultaba inquietantemente familiar.Recordó, entonces, algo que ocurrió en su vida anterior. Cuando Isadora se había hecho un simple corte cocinando, Mateo había ordenado llamar al mejor neurólogo para atenderla. Aquella vez, Leonora recibió la oportunidad de rediseñar una importante joya, pero j
De regreso en la universidad, Leonora entró a su dormitorio. Ninguna de sus compañeras estaba allí, seguramente seguían con sus planes de búsqueda de empleo o pasantías. Ella se dirigió a su armario y lo abrió; entrecerró los ojos al ver lo que había dentro.En ese instante, una voz sonó a sus espaldas:—Leonora…Volteó lentamente y vio a Freddi, quien de inmediato se abalanzó y empezó a darse bofetadas en la cara.—¡Perdóname, Leonora! —exclamó, golpeándose una y otra vez—. Tenía miedo a la pobreza; Pedro me dijo que solo necesitaba tu cuenta para publicar un par de comentarios y… pues, ya sabes cómo es mi mamá. Dice que perder el tiempo en la universidad es un lujo. Me dejé llevar. ¡Ten piedad de mí!Mientras se abofeteaba, Freddi lanzaba un chantaje emocional que Leonora fingió no entender. Se quedó con la mirada clavada, simulando asombro. El sonido de las palmadas contra la mejilla de Freddi resonó en la habitación, y ella no se atrevía a detenerse. Cuando su rostro lucía ya enroj
El reglamento del crematorio prohíbe que los familiares presencien la incineración, pero Leonora de la Vega no podía resignarse sin ver por última vez a su niña. Sobornó al personal y entró a la sala, aferrada a la fría camilla metálica.El aire estaba cargado de cenizas que flotaban bajo el rayo de sol. Tal vez eran restos de otros cuerpos. Pronto, su Celeste se convertiría en polvo también.Con un largo vestido negro—demasiado grande para su figura demacrada—Leonora parecía un alma perdida. Sus ojos, llorosos y rojos, se mantenían inusitadamente serenos. Posó una mano temblorosa sobre la pequeña mano rígida que asomaba bajo la sábana y dejó dos estrellitas de papel azul en la palma.—Celeste, espérame… —susurró.Cuando el empleado se aproximó para apartarla, retiró la sábana con cuidado y dejó ver a la niña de ocho años, tan flaca que se le marcaban las costillas. Un hueco profundo bajo su pecho le hizo hervir las lágrimas a Leonora.—¡Perdóname por no haberte protegido!—Lamento su
¿Había… regresado?¡Volvió atrás en el tiempo!Ignorando las caras de asombro, Leonora se pellizcó con fuerza. Un ramalazo de dolor le recorrió todo el cuerpo y las lágrimas le anegaron los ojos al instante.—¿Qué lloriqueos son esos? ¿Acaso nuestra familia te ha tratado tan mal?La voz autoritaria provenía de la cabecera: Gregorio Arévalo, el padre de Mateo, la contemplaba con disgusto.Leonora bajó la cabeza. Aparentaba la misma docilidad de siempre, pero en su interior temblaba de conmoción y alivio.A su alrededor, la gente murmuraba con una mezcla de burla e indignación:—Es tan joven y ya trama seducir a Mateo con artimañas y escándalos…—Claramente lo obligó a acostarse con ella. Y ahora, al no atreverse a admitirlo, ¿qué pretende?—Nunca fue parte de la familia. Se crio con malas costumbres. Subieron a internet su diario donde confiesa su amor obsesivo por Mateo. ¡Cuánta vergüenza!—Mira que pagamos sus estudios universitarios… y solo aprendió a comportarse como una mujerzuela.
Isadora, la otrora heredera de una familia venida a menos, había conseguido lo que muchas soñaban: tres años atrás, Mateo anunció de forma inesperada que eran novios y, pese a la oposición de Gregorio, llegó a celebrar una fiesta de compromiso con ella. Desde entonces, Isadora se convirtió en la mujer más envidiada de la ciudad.A ojos del mundo, era hermosa, bondadosa, elegante y digna. Sin embargo, Leonora sabía perfectamente qué clase de persona era en realidad. «Si no se hubiera dedicado al diseño», pensaba, «sin duda habría sido la mejor actriz dramática».Isadora entendía muy bien la insinuación de Leonora: después de todo, llevaba tres años con el compromiso en suspenso y seguramente deseaba con urgencia casarse con Mateo para entrar por fin a la familia Arévalo. Y tal como Leonora lo imaginó, Isadora no tardó en reaccionar.La joven salió de inmediato y se arrodilló exactamente donde antes había estado Leonora, inclinando la cabeza con devoción.—Don Gregorio, soy yo. Quien se
Su cuerpo se estremeció mientras luchaba por mantener la calma, pero los recuerdos de su vida anterior —los ocho años de amargura y desesperanza— la hacían temblar. Desvió el rostro para ocultar su expresión.Mateo, sin dignarse a mirarla de nuevo, soltó un comentario cargado de desprecio:—¿Planeabas embarazarte a mis espaldas?Leonora frunció el ceño y de reojo buscó la mirada de Aurora. ¿Acaso su madre aún insistía en forzarla a casarse con él? Sin embargo, Aurora temblaba de miedo, sin atreverse a articular palabra. Si ni siquiera se animaba a cuestionar a Mateo, mucho menos se atrevería a sustituirle la medicina.Entonces, ¿qué estaba pasando realmente?Leonora percibió los ojos de todos clavados en ella, presionándola desde todos los ángulos. Entre esas miradas, sobresalía una especialmente intensa: la de Isadora.Los labios de Isadora dibujaban una sonrisa ambigua, que en la mente de Leonora evocaba recuerdos amargos de su pasado. Y en efecto, solo un instante después, Isadora —
El silencio se adueñó del amplio vestíbulo de la Hacienda Arévalo. El ambiente en torno a Mateo se volvió tan gélido y denso que a los presentes se les hacía difícil respirar. Él guardó silencio un instante, pero todos notaron la furia contenida en sus ojos. Sin apartar la mirada de Leonora, sacó un cigarrillo y, tras encenderlo, exhaló una nube blanquecina que difuminó sus facciones.—Lárgate.Gregorio también mostró su molestia con un ademán, como si solo quisiera apartar a Leonora de su vista. Aurora la ayudó a ponerse en pie, pero Leonora se soltó y se incorporó con firmeza en medio de la sala:—Si estar aquí resulta tan molesto para todos, me marcharé de inmediato. Don Gregorio, gracias por todo el cuidado que me brindaste durante años.Lo dijo con determinación, sin dejarse ver débil como en la vida pasada. Ya no volvería a ser esa mujer cautelosa y temerosa de antes. Dicho esto, se dio media vuelta y salió. Una mirada pesada y amenazante se clavó en su espalda.Al traspasar la p
¿Anoche?Sí… durante la noche anterior, Leonora le había dicho muchas cosas mientras estaban juntos. Fue incapaz de verlo sufrir tanto, así que se rindió a él. En medio de la pasión, y aguantando las caricias abrasadoras de aquel hombre que casi la enloquecían, le confesó lo que guardaba en su corazón. En ese instante, pensó que quizá Mateo lo olvidaría a la mañana siguiente. Pero ella no lo haría; al menos, durante un rato, pudo sentirlo más cerca que nunca.—Mateo, me gustas.—Me gustas desde hace mucho tiempo. Desde aquel día en que llegué a la Hacienda Arévalo y tú me defendiste, empecé a fijarme en ti en secreto.—Sé que no te importo… pero yo… en verdad…—Te amo.Leonora había entrado a la Hacienda Arévalo con apenas dieciséis años. Su mamá la había arreglado como a una muñeca de porcelana, sin saber que la sencillez elegante era lo que verdaderamente se apreciaba en esos círculos. En lugar de causar admiración, se convirtió en el hazmerreír de la servidumbre, que murmuraba que s