Capítulo 6
¿Anoche?

Sí… durante la noche anterior, Leonora le había dicho muchas cosas mientras estaban juntos. Fue incapaz de verlo sufrir tanto, así que se rindió a él. En medio de la pasión, y aguantando las caricias abrasadoras de aquel hombre que casi la enloquecían, le confesó lo que guardaba en su corazón. En ese instante, pensó que quizá Mateo lo olvidaría a la mañana siguiente. Pero ella no lo haría; al menos, durante un rato, pudo sentirlo más cerca que nunca.

—Mateo, me gustas.

—Me gustas desde hace mucho tiempo. Desde aquel día en que llegué a la Hacienda Arévalo y tú me defendiste, empecé a fijarme en ti en secreto.

—Sé que no te importo… pero yo… en verdad…

—Te amo.

Leonora había entrado a la Hacienda Arévalo con apenas dieciséis años. Su mamá la había arreglado como a una muñeca de porcelana, sin saber que la sencillez elegante era lo que verdaderamente se apreciaba en esos círculos. En lugar de causar admiración, se convirtió en el hazmerreír de la servidumbre, que murmuraba que se vestía como “gallina disfrazada de faisán”. Aurora, asustada y tímida, no se atrevía ni a replicar.

Entonces apareció Mateo. Alto, enfundado en un abrigo negro largo, se quedó bajo el alero de la puerta y sacudió la ceniza de su cigarrillo. Exhaló una bocanada de humo blanco, con la nieve cayendo a sus espaldas. Ese aire peligroso y distante no le restaba ni un ápice de atractivo. Con solo una mirada, hizo que los empleados callaran de inmediato.

Aquel invierno, Mateo tenía veintitrés años, recién graduado de la universidad, pero ya se había labrado la fama de hombre de temer en Puerto Vidriado. La observó durante un par de segundos y murmuró con voz profunda:

—No está mal.

Leonora recordaría esas palabras durante muchísimo tiempo. Tanto que, con solo evocarlas, todavía sentía el aroma de Mateo impregnado en su memoria, como si los años no hubieran pasado.

Con el paso del tiempo, a Leonora y a Mateo les tocó coincidir en varias ocasiones.

En primavera, en el jardín de la Hacienda, después de que el promedio de Leonora bajara en los exámenes parciales y estuviera a punto de romper en llanto, él apareció recargado en el pabellón, fumando. Echó un vistazo a sus apuntes.

—Es cuestión de torpeza. Dame el bolígrafo.

En verano, en la piscina, cuando Leonora aprendía a nadar y le dio un calambre en la pierna, Mateo se lanzó al agua para salvarla. Su reprimenda fue dura:

—Pareces un patito sin coordinación.

En otoño, en una calle solitaria, Leonora fue acosada por unos tipos y no pudo escapar. Mateo se bajó de su auto, la tomó del hombro y se la llevó de allí.

Fue en esos encuentros esporádicos, a lo largo de las cuatro estaciones, cuando su amor por él fue arraigando, cauteloso pero constante. Sin embargo…

Las palabras que ella pronunció anoche ya las había dicho en su vida anterior. Su corazón, puro y apasionado, floreció en medio del deseo de él, y a cambio solo obtuvo difamaciones, desprecio… y la trágica muerte de su hija. Si para Mateo sus sentimientos nunca significaron nada, entonces ¿por qué habrían de importarle a ella?

Con la mirada hacia abajo, Leonora evitó encontrarse con los ojos de Mateo.

—Te lo imaginaste. Yo no dije nada.

—¿Ya no me llamas “tío”?

—Tío.

Bastó ese breve diálogo para que el interior del auto se llenara de un aire gélido. Leonora volteó hacia Mateo; él jugueteaba con un cigarrillo entre los dedos. Cuando sus miradas se encontraron, Mateo partió la colilla en dos, dejando caer las hebras de tabaco. Sobra decir que el gesto era una clara advertencia.

Leonora sintió un nudo en el pecho, como si estuviera a punto de ser triturada.

—Estaciónate —ordenó Mateo con frialdad.

Fernando no dudó en obedecer y orilló el auto. Todavía se encontraban dentro de la propiedad de la familia Arévalo, así que Mateo podía detenerse donde se le antojara. Tras apagar el motor, él le dirigió una mirada a Fernando, quien entendió de inmediato y se bajó del coche en el acto.

Leonora también quiso salir, pero sintió un tirón en la cintura: Mateo la jaló y la atrajo hacia sí.

—¿Planeas hacerte la desentendida? Leonora, que me hayan drogado no significa que esté muerto.

Su voz grave no sonaba precisamente furiosa, sino teñida de un matiz sarcástico. La atmósfera que emanaba era tan peligrosa que a Leonora casi le faltaba el aire. Trató de forcejear, pero no podía compararse con la fuerza de él. Apenas levantó un brazo y Mateo se lo retuvo por detrás, presionándola contra el asiento de piel, que cedió con un leve crujido. La posición le resultó incómoda y humillante. Cada vez que ella se movía, él la sujetaba con más fuerza.

—¡Suéltame! —gritó, desesperada.

Sin embargo, la respiración de Mateo le ardía en la nuca, evocándole la intensidad de la noche anterior, cuando parecía poseído por el deseo. Con un solo brazo, él le inmovilizó las muñecas contra el respaldo. Con la otra mano apartó el cabello de Leonora, dejando a la vista la marca que ella se había esforzado en ocultar: huellas que Mateo le había dejado la noche pasada.

Su pulgar rozó la marca con un roce frío y amenazante.

—Si te atreviste a provocarme, no pretendas salir impune.

Los dedos de Mateo incrementaron un poco la presión mientras descendían por el cuello de Leonora, siguiendo la línea de su columna con un roce que le erizaba la piel. Ella apretó los labios con rabia e impotencia, recordando aquellos ocho años de su vida anterior en los que Mateo la había martirizado en la cama.

Él era un hombre de negocios, un experto en sacar provecho de cada situación. No la amaba, pero eso nunca le impidió controlarla y poseerla, tratándola como un objeto personal que, aunque no deseaba, tampoco soltaría.

Tan solo pensar en ello hizo que Leonora comenzara a temblar de la misma manera que en su vida anterior. Captando esa reacción, la mano de Mateo se detuvo. De pronto, un destello sombrío cruzó por su mirada, y la excitación desapareció al instante. Se apartó de ella con un gesto brusco.

Encogida en el asiento, Leonora luchó por contener su miedo. Mateo bajó la ventanilla, encendió un cigarrillo y lo fue fumando con parsimonia. Su anillo rojo destellaba en la penumbra como un brillo sanguinolento, y la sonrisa en sus labios parecía la de un depredador que se toma su tiempo antes de dar el zarpazo.

El humo inundó el interior del auto, y poco a poco Leonora se serenó. Enderezó el cuerpo y, sujetando su ropa, preguntó con un hilo de voz:

—¿Qué… qué tengo que hacer para que me dejes en paz?

Con la cabeza apenas reclinada contra el respaldo, Mateo exhaló lentamente. La luz del farol que se filtraba por la ventana delineaba su perfil, tan afilado como el de una bestia nocturna. Con la mano que sostenía el cigarrillo, rozó la mejilla de Leonora, deslizando sus dedos desde la sien hasta el borde de sus pestañas, donde se hallaba aquella pequeña mancha de nacimiento.

El contacto era seco pero suave, y aun así, ella lo sintió como el siseo de una serpiente reptando sobre su piel, cortándole la respiración.

Mateo la contemplaba desde lo alto. La noche anterior, esos ojos lo miraron con ardiente devoción mientras las lágrimas de Leonora —resbalando por esa marca en su rostro— lograban conmoverlo de un modo extraño. Hoy, en cambio, se desentendía de todo. Pero eso a él no le importaba; tampoco era un santo.

El instante siguiente, Leonora sintió cómo él le sujetaba la barbilla y la obligaba a mirarlo de frente. Mateo rozó sus labios secos con la punta de los dedos, mientras la brasa del cigarrillo casi le quemaba el cuello. Su mirada amenazante reflejaba que no aceptaría réplica alguna.

—¿Dejarte en paz? Leonora, desde el momento en que me drogaron, debiste saber que esta cuenta no se saldaría tan fácil.

Leonora contuvo un suspiro tembloroso. Sabía que, sin importar lo que explicara, Mateo no le creería. Solo acrecentaría su odio hacia ella y la castigaría con más dureza. Sintió, una vez más, que las ruedas del destino volvían a aplastarla, precisamente cuando tanto había luchado por escapar.

***

Media hora después, el auto de Mateo se detuvo frente a su residencia privada. Al bajar, Leonora sintió que le revolvía el estómago, quizá por los efectos de las pastillas o por la tensión del momento. Se sujetó el vientre y dio un par de pasos con la intención de largarse de allí, pero Mateo la sujetó y la arrastró hacia la entrada de la casa.

Leonora se quedó atónita y forcejeó al instante:

—¡Suéltame! ¿Qué es lo que quieres?

Sin responder, él la acorraló contra la puerta y esbozó una sonrisa helada.

—Aunque hayas tomado pastillas anticonceptivas, estas no garantizan nada. Te quedarás aquí un mes. Si se confirma que no estás embarazada, podrás marcharte. Pero si resulta que sí lo estás…

La mirada de Mateo se tornó gélida y cruel, como si no tuviera el más mínimo remordimiento.

El vientre de Leonora se contrajo dolorosamente al recordar la imagen de su hija Celeste, muriendo en una cama de hospital. Con los labios temblorosos, se atrevió a preguntar:

—¿Y si… sí lo estoy? ¿Entonces qué?

—Lo pierdes —respondió Mateo con tono indiferente, como si hablara de un suceso trivial.

Fue entonces cuando Leonora entendió qué tan ingenua había sido en la vida anterior, pensando que él se casó con ella “por consideración al bebé”. En realidad, desde el principio, Mateo jamás quiso al bebé; su intención siempre fue terminar con ese embarazo.

Una náusea intensa la invadió.

—¡Urgh…!

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP