Ella se dio la vuelta y abandonó la oficina sin mirar atrás.Después de la experiencia sufrida en la Hacienda Arévalo, Leonora había aprendido la importancia de anticiparse a las maniobras de Isadora. Desde que la oyó llorar por teléfono, quejándose ante Mateo de ser “víctima” de calumnias, supo que se avecinaba un ataque conjunto con Freddi. Al fin y al cabo, Freddi conocía demasiados detalles sobre ella, incluidas sus anotaciones personales.En su vida anterior, tras aquella noche con Mateo, no tardaron en publicarse en internet supuestas “pruebas” de que había sido ella quien lo había drogado para acostarse con él. Se trataba de un diario de amor que “confirmaba” la obsesión de Leonora. Más tarde, descubriría que fue Freddi quien se encargó de difundirlo. Por eso, esta vez se había anticipado cambiando su cuaderno de notas.Iba pensando en esto cuando un golpeteo de pasos la alcanzó. Era Freddi, que la había seguido. Durante todo el trayecto, Freddi no dejaba de observarla, midiendo
Cuando Leonora pensó que su corazón iba a salírsele del pecho, él se volteó ligeramente hacia los intrusos:—¿Pasa algo? —preguntó con frialdad.El joven, al reconocerlo, bajó la cabeza de inmediato:—Lo siento, señor Arévalo. Ya nos vamos.La pareja se marchó a toda prisa. Al escuchar sus pasos alejándose, Leonora exhaló un suspiro de alivio y trató de empujar a Mateo, pero él le atrapó la muñeca sin contemplaciones.—Ve a recoger tus cosas. Fernando te esperará en el estacionamiento para llevarte al departamento —ordenó él con voz grave, sin dar lugar a réplica.Leonora sintió cómo su pecho se llenaba de rabia, intentando mantenerse serena. Para Mateo, ella no era más que un objeto que podía mover y desechar a su antojo. Apretó los dientes, forzando un tirón con el brazo para librarse de su agarre.—No hace falta. Si no confías en mí, dentro de un mes podemos hacernos juntos un examen.La mirada de Mateo se afiló, como si no se creyera que Leonora se atreviera a contradecirlo. Por un
Leonora percibió la mirada y giró un poco la cabeza.Se trataba de Mateo.Con su elegante traje negro, la mano apoyada en la sien y el anillo rojo despidiendo un destello casi sanguinolento bajo el sol. A su lado estaba Isadora, muy cerca de él, hablándole de algo. Mateo mostraba una expresión tranquila y afable, algo que nunca dedicaba a nadie más.Leonora se recompuso y soltó la mano que la sostenía.—Gracias.—No hay de qué —respondió el hombre, siguiendo la dirección de su mirada—. Ese es el señor Mateo, ¿no? Vaya que consiente a su prometida si viene a buscarla en persona.Así es. A ojos de todos, el favoritismo de Mateo por Isadora era más que evidente. Leonora, en su vida anterior, había sido la única tonta que se pasó años esperando y amándolo, mientras él nunca le correspondía.Ella se disponía a asentir, pero Aurora la jaló del brazo.—Ya que lo encontramos, saluda a tu tío.—No quiero —se zafó Leonora, dispuesta a marcharse.—¡Leonora…! —fue lo único que alcanzó a decir Auro
Leonora sintió que Vicente la jalaba hacia atrás, y por un momento su mente quedó en blanco. Aun así, no se dejó vencer: clavó las uñas en sus propias palmas, usando el dolor para recobrar la lucidez.«¡Tengo que salvarme!», pensó, aferrándose a la manija de la puerta para no perder el equilibrio. Con la mirada, buscó cualquier cosa que pudiera usar para defenderse. Un adorno de cristal, colocado sobre el tablero, le dio una chispa de esperanza. Pero cada vez que intentaba alcanzarlo, Vicente la jalaba de nuevo, impidiéndole avanzar lo suficiente.Aun así, Leonora no se rindió. Con la mandíbula apretada y el cuerpo tenso, estiró la mano hasta que sus dedos rozaron el adorno. Cuando al fin lo tuvo entre sus manos, lo alzó con fuerza y, sin dudar, lo estrelló hacia atrás.Un golpe sordo retumbó en el interior del auto. Vicente soltó un gruñido de dolor, aflojando la presión lo justo para que Leonora pudiera activar el seguro de la puerta y salir casi a rastras del vehículo.La noche otoñ
Cuando Leonora despertó, descubrió a una policía con uniforme sentada a su lado. Su sonrisa era amable y transmitía un toque de confianza.—¿Ya estás despierta? ¿Quieres un poco de agua? —le preguntó con suavidad, mientras se levantaba para servirle un vaso—. Tus heridas son solo raspones y moretones; no hay nada de gravedad.—Gracias —respondió Leonora, incorporándose para tomar el agua que le ofrecía. Aun así, seguía temblando de nervios, todavía afectada por lo que había vivido.La oficial esperó con paciencia a que Leonora se calmara antes de comenzar a preguntarle los detalles.—Vicente tampoco presenta daños graves, pero ahora mismo cada uno afirma algo distinto. Por eso necesito tu versión de los hechos.Leonora, que llevaba el vaso a los labios, se detuvo en seco.—¿“Cada uno afirma algo distinto”? ¿Cómo puede ser?La oficial suspiró.—Vicente dice que el problema surgió porque estaba ebrio y se puso violento. Además, presentó un informe médico de otro país que certifica cierta
Las palabras de Esteban parecieron avivar más la ira de Gregorio. Irritado, levantó la mano como si quisiera golpearlo en la frente:—¡No sé cómo pude tener un hijo tan tonto! ¡Eres un mediocre que se deja llevar por cualquier mujer! Si tuvieras aunque fuera la mitad de la cabeza de Mateo, esto no habría terminado así.Esteban se notaba cada vez más pálido. Leonora, que había estado a punto de salir, retiró la mano de la perilla. Si se mostraba ahora, solo empeoraría la situación para Esteban, quien siempre se había portado bien con ella. No quiso humillarlo más.Fue entonces que se escuchó una voz firme y fría, como un gélido viento colándose en el pasillo. Una silueta vestida de negro avanzó con paso tranquilo: era Mateo. Con el ceño apenas fruncido, su belleza parecía más afilada de lo habitual, y en su mirada se adivinaba un reproche silencioso.—Papá, Vicente ya está estable. Regresarás a casa con la garganta seca de tanto gritar.Gregorio soltó un bufido:—Ganas de gritar no me f
La policía no tardó mucho en actuar. En cuanto Leonora mostró su disposición de firmar un acuerdo para conciliar, el papeleo ya estaba listo. La oficial que había tomado su declaración se acercó con un gesto de preocupación:—¿Estás segura? ¿Lo has pensado bien?Leonora tomó la pluma con la mano temblorosa, sonriendo con amargura.—Sí. Está decidido.Después de todo, se sentía como una hormiga en manos ajenas. Firmó con rapidez, sin darse un segundo para arrepentirse. La oficial suspiró y salió con los documentos en la mano.Instantes más tarde, Aurora entró cargando un recipiente con comida caliente. Cruzaron miradas y la de Aurora se llenó de culpa.—Leonora…—Ya lo sé todo. ¿Tío Esteban está bien? —inquirió ella, sin rodeos.Aurora se limpió las lágrimas con los dedos. Mientras vertía un caldo humeante en un tazón, respondió:—Sí, solo recibió una buena reprimenda. Sabes cómo se pone tu abuelo cuando se enoja. Lo peor es que Vicente resultó un canalla… parecía tan correcto y resultó
A esa hora de la mañana, casi no había gente en la entrada de la universidad. Exhausta, Leonora fue arrastrada al interior del auto por Mateo. Por más que forcejeara, él siempre la jalaba de vuelta con firmeza.Cuando alzó la mirada, se dio cuenta de que la estaba provocando casi como un juego, como si su lucha no fuera más que un intento de seducción. Cansada de resistirse, simplemente bajó los brazos.Mateo la atrajo hasta su asiento, levantándole el rostro con cuidado y acariciando la frente enrojecida por el golpe.—Veo que no aprendes la lección. ¿Por qué te fuiste del hospital?Lo dijo con indiferencia, como si no hubiera sido él mismo quien, fuera de la habitación, insistió en llegar a una reconciliación.Leonora lo miró, intentando descifrarlo en vano, como si hubieran pasado dos vidas y aún así no pudiera entenderlo. Al verla callar, Mateo le apretó la barbilla con un poco más de fuerza. Parecía tenerla como una muñeca, dispuesta a sus caprichos.Sentada allí, Leonora sintió u