Cuando Leonora despertó, descubrió a una policía con uniforme sentada a su lado. Su sonrisa era amable y transmitía un toque de confianza.—¿Ya estás despierta? ¿Quieres un poco de agua? —le preguntó con suavidad, mientras se levantaba para servirle un vaso—. Tus heridas son solo raspones y moretones; no hay nada de gravedad.—Gracias —respondió Leonora, incorporándose para tomar el agua que le ofrecía. Aun así, seguía temblando de nervios, todavía afectada por lo que había vivido.La oficial esperó con paciencia a que Leonora se calmara antes de comenzar a preguntarle los detalles.—Vicente tampoco presenta daños graves, pero ahora mismo cada uno afirma algo distinto. Por eso necesito tu versión de los hechos.Leonora, que llevaba el vaso a los labios, se detuvo en seco.—¿“Cada uno afirma algo distinto”? ¿Cómo puede ser?La oficial suspiró.—Vicente dice que el problema surgió porque estaba ebrio y se puso violento. Además, presentó un informe médico de otro país que certifica cierta
Las palabras de Esteban parecieron avivar más la ira de Gregorio. Irritado, levantó la mano como si quisiera golpearlo en la frente:—¡No sé cómo pude tener un hijo tan tonto! ¡Eres un mediocre que se deja llevar por cualquier mujer! Si tuvieras aunque fuera la mitad de la cabeza de Mateo, esto no habría terminado así.Esteban se notaba cada vez más pálido. Leonora, que había estado a punto de salir, retiró la mano de la perilla. Si se mostraba ahora, solo empeoraría la situación para Esteban, quien siempre se había portado bien con ella. No quiso humillarlo más.Fue entonces que se escuchó una voz firme y fría, como un gélido viento colándose en el pasillo. Una silueta vestida de negro avanzó con paso tranquilo: era Mateo. Con el ceño apenas fruncido, su belleza parecía más afilada de lo habitual, y en su mirada se adivinaba un reproche silencioso.—Papá, Vicente ya está estable. Regresarás a casa con la garganta seca de tanto gritar.Gregorio soltó un bufido:—Ganas de gritar no me f
La policía no tardó mucho en actuar. En cuanto Leonora mostró su disposición de firmar un acuerdo para conciliar, el papeleo ya estaba listo. La oficial que había tomado su declaración se acercó con un gesto de preocupación:—¿Estás segura? ¿Lo has pensado bien?Leonora tomó la pluma con la mano temblorosa, sonriendo con amargura.—Sí. Está decidido.Después de todo, se sentía como una hormiga en manos ajenas. Firmó con rapidez, sin darse un segundo para arrepentirse. La oficial suspiró y salió con los documentos en la mano.Instantes más tarde, Aurora entró cargando un recipiente con comida caliente. Cruzaron miradas y la de Aurora se llenó de culpa.—Leonora…—Ya lo sé todo. ¿Tío Esteban está bien? —inquirió ella, sin rodeos.Aurora se limpió las lágrimas con los dedos. Mientras vertía un caldo humeante en un tazón, respondió:—Sí, solo recibió una buena reprimenda. Sabes cómo se pone tu abuelo cuando se enoja. Lo peor es que Vicente resultó un canalla… parecía tan correcto y resultó
A esa hora de la mañana, casi no había gente en la entrada de la universidad. Exhausta, Leonora fue arrastrada al interior del auto por Mateo. Por más que forcejeara, él siempre la jalaba de vuelta con firmeza.Cuando alzó la mirada, se dio cuenta de que la estaba provocando casi como un juego, como si su lucha no fuera más que un intento de seducción. Cansada de resistirse, simplemente bajó los brazos.Mateo la atrajo hasta su asiento, levantándole el rostro con cuidado y acariciando la frente enrojecida por el golpe.—Veo que no aprendes la lección. ¿Por qué te fuiste del hospital?Lo dijo con indiferencia, como si no hubiera sido él mismo quien, fuera de la habitación, insistió en llegar a una reconciliación.Leonora lo miró, intentando descifrarlo en vano, como si hubieran pasado dos vidas y aún así no pudiera entenderlo. Al verla callar, Mateo le apretó la barbilla con un poco más de fuerza. Parecía tenerla como una muñeca, dispuesta a sus caprichos.Sentada allí, Leonora sintió u
No tuvo más opción que acompañar a Mateo hasta el apartamento de Isadora.Al salir del ascensor, los recibió una escena escalofriante: manchas de sangre diseminadas por el pasillo y pintura roja en la puerta del apartamento. Antes de que Leonora pudiera asimilarlo, Mateo irrumpió en el lugar. Se oían gritos desgarradores de un hombre y los sollozos de Isadora.—¡Mateo! Tengo mucho miedo… —La voz de Isadora, rota por el llanto, hizo reaccionar a Leonora, quien corrió tras él hacia el interior.Lo primero que vio fue a un hombre tendido en el suelo. Tenía el ceño fruncido, escupía sangre y aferraba con fuerza un cuchillo. Al otro lado, Isadora se cubría un brazo ensangrentado, apoyándose con debilidad en el pecho de Mateo. Su hermoso rostro no mostraba más que angustia.El hombre no dejaba de insultarla:—¡Maldita! Eres muy buena para meterte en camas ajenas. ¿Qué tiene de malo darme un rato de placer? ¡Si así eres tú en realidad!—No… no es verdad… —murmuró Isadora, con lágrimas a punto
Solo se quedó mirando su propia sangre, mientras al otro lado Mateo protegía a Isadora detrás de su espalda. Isadora, curiosamente, sonreía tras él. Al verlos, Leonora palideció y dejó escapar una risa amarga.De pronto, llegaron unos policías irrumpiendo en el lugar.—¿Quién hizo la llamada?—Fui yo —respondió Mateo con frialdad, señalando a Leonora—. Llévensela.Uno de los agentes, sorprendido al ver la mano de Leonora, quiso atenderla:—Tiene mucha sangre… primero debemos vendarle la herida.Sin dignarse siquiera a mirarla, Mateo insistió con tono gélido:—Dije que la detuvieran. Si hizo algo, que asuma las consecuencias.Enseguida, Leonora sintió el frío metal de unas esposas rodeándole las muñecas. El policía, preocupado, presionó la herida con una venda para contener la hemorragia. Leonora tuvo que apretar los dientes ante el dolor intenso que se desató en ese instante. Cuando se la llevaban, se detuvo un segundo y, con voz queda, apenas se defendió:—No fui yo.Mateo alzó la mir
Aurora llegó a la estación de policía con el rostro desencajado, y en cuanto vio la mano de su hija se puso lívida.—¿Qué ha pasado? ¡Si apenas te habías recuperado, y ya te veo así! ¡Eres diseñadora, Leonora, tu mano es crucial!Aurora entendía a la perfección la importancia de esa mano… ¿acaso Mateo no? Sin embargo, fue él quien, con esa patada, desvió el cuchillo hacia Leonora.Si así eran las cosas, tocaría seguir con el tema hasta las últimas consecuencias.Leonora se acomodó el cabello con un gesto firme.—Estoy bien, mamá. Iré directo al grano: lo que te pedí que averiguaras, ¿pudiste hacerlo?Aurora, con lágrimas aún brillándole en los ojos, sujetó la mano herida de su hija y tardó un instante en reaccionar.—Sí, sí… Mira.Sacó el teléfono y le mostró a Leonora algo en la pantalla. Al terminar de leer, Leonora soltó un leve suspiro y pareció más calmada.—Tal y como pensaba… —musitó, con un brillo de determinación en la mirada.Aurora apretó los labios, visiblemente angustiada.
Finalmente, dejó escapar su frustración:—No es que ella y Vicente sean distintos. Es que ella y yo somos diferentes. Ella es esa mujer “pura y elevada” que te pertenece, mientras que yo no soy nada. ¿Verdad? Así que, según ustedes, no debí enfrentar a Isadora, no debí rebelarme, ni tratar de defenderme. Se supone que yo debería agachar la cabeza, aceptar mi destino, admitir culpas. ¿Es lo que esperan?Con la voz cargada de ironía, continuó:—Tío… ¿te has puesto a pensar qué pasaría si de verdad hiciera lo que me piden? ¿Me dejarían en paz? ¿O acaso la única salida para mí es la muerte?La crudeza de sus palabras caló hondo, y entonces Leonora esbozó una sonrisa amarga. Levantó con lentitud la mano vendada frente a Mateo, agitándola un poco:—Por unos cuantos milímetros, el cuchillo me habría cortado el nervio. ¿Te sentiste decepcionado, tío? Si mi mano se hubiera arruinado, Isadora sería la única representante de la escuela en la competencia, y todo Internet me señalaría por calumniar