¿Anoche?Sí… durante la noche anterior, Leonora le había dicho muchas cosas mientras estaban juntos. Fue incapaz de verlo sufrir tanto, así que se rindió a él. En medio de la pasión, y aguantando las caricias abrasadoras de aquel hombre que casi la enloquecían, le confesó lo que guardaba en su corazón. En ese instante, pensó que quizá Mateo lo olvidaría a la mañana siguiente. Pero ella no lo haría; al menos, durante un rato, pudo sentirlo más cerca que nunca.—Mateo, me gustas.—Me gustas desde hace mucho tiempo. Desde aquel día en que llegué a la Hacienda Arévalo y tú me defendiste, empecé a fijarme en ti en secreto.—Sé que no te importo… pero yo… en verdad…—Te amo.Leonora había entrado a la Hacienda Arévalo con apenas dieciséis años. Su mamá la había arreglado como a una muñeca de porcelana, sin saber que la sencillez elegante era lo que verdaderamente se apreciaba en esos círculos. En lugar de causar admiración, se convirtió en el hazmerreír de la servidumbre, que murmuraba que s
Sin poder contenerse, Leonora vomitó sobre el elegante traje nuevo de Mateo, quien frunció el ceño al instante. Se retorció hasta que ya no salió más que bilis, y finalmente se dejó caer contra el auto, débil y sin energías. Fernando se aproximó rápido.—Señor Mateo, déjeme ayudar a la señorita Leonora.Pero Mateo, luego de quitarse la chaqueta con gesto de disgusto, se negó:—No hace falta.Miró a Leonora con desaprobación, aunque al final fue él quien la levantó en brazos y la llevó dentro de la casa. Sin preámbulos, la instaló en el baño, sentándola sobre la repisa del lavabo. Acto seguido, comenzó a despojarla de la ropa manchada.—¡No, no, déjame! —se resistía Leonora, forcejeando con todo lo que le quedaba de fuerzas, aunque de poco le servía.Impávido, Mateo terminó de quitarle la ropa. Bajo la luz, salieron a relucir las marcas de la noche anterior. Ella, muerta de vergüenza, alzó las manos para cubrirse, pero él se las sujetó. El contacto con la palma de Mateo ardía como el fu
Justo cuando Leonora se disponía a entrar al edificio de dormitorios, sintió una mano que la tocaba por detrás. Al darse vuelta, vio a una compañera, jadeando, que señaló con urgencia hacia el edificio principal de aulas.—Leonora, el profesor Rafael te está buscando. Quiere que vayas a la oficina del director ahora mismo.—De acuerdo.Leonora enfiló hacia la zona de oficinas. Durante el trayecto, notó cómo varios estudiantes la miraban y murmuraban, con expresiones malintencionadas. Al parecer, la estaban esperando con un nuevo “banquete de leones”.…Al entrar, comprobó que no solo estaba Rafael allí, sino también Mateo e Isadora. Sus miradas se cruzaron con las de Mateo, cuyos ojos, oscuros como los de una serpiente, se posaron sobre ella con la amenaza de envenenarla en cualquier instante. Leonora contuvo el aliento y apretó los puños para obligarse a mantener la compostura, pero sentía el peso de su escrutinio.Entonces, una figura femenina y esbelta se acercó con suavidad. Era Fr
Ella se dio la vuelta y abandonó la oficina sin mirar atrás.Después de la experiencia sufrida en la Hacienda Arévalo, Leonora había aprendido la importancia de anticiparse a las maniobras de Isadora. Desde que la oyó llorar por teléfono, quejándose ante Mateo de ser “víctima” de calumnias, supo que se avecinaba un ataque conjunto con Freddi. Al fin y al cabo, Freddi conocía demasiados detalles sobre ella, incluidas sus anotaciones personales.En su vida anterior, tras aquella noche con Mateo, no tardaron en publicarse en internet supuestas “pruebas” de que había sido ella quien lo había drogado para acostarse con él. Se trataba de un diario de amor que “confirmaba” la obsesión de Leonora. Más tarde, descubriría que fue Freddi quien se encargó de difundirlo. Por eso, esta vez se había anticipado cambiando su cuaderno de notas.Iba pensando en esto cuando un golpeteo de pasos la alcanzó. Era Freddi, que la había seguido. Durante todo el trayecto, Freddi no dejaba de observarla, midiendo
Cuando Leonora pensó que su corazón iba a salírsele del pecho, él se volteó ligeramente hacia los intrusos:—¿Pasa algo? —preguntó con frialdad.El joven, al reconocerlo, bajó la cabeza de inmediato:—Lo siento, señor Arévalo. Ya nos vamos.La pareja se marchó a toda prisa. Al escuchar sus pasos alejándose, Leonora exhaló un suspiro de alivio y trató de empujar a Mateo, pero él le atrapó la muñeca sin contemplaciones.—Ve a recoger tus cosas. Fernando te esperará en el estacionamiento para llevarte al departamento —ordenó él con voz grave, sin dar lugar a réplica.Leonora sintió cómo su pecho se llenaba de rabia, intentando mantenerse serena. Para Mateo, ella no era más que un objeto que podía mover y desechar a su antojo. Apretó los dientes, forzando un tirón con el brazo para librarse de su agarre.—No hace falta. Si no confías en mí, dentro de un mes podemos hacernos juntos un examen.La mirada de Mateo se afiló, como si no se creyera que Leonora se atreviera a contradecirlo. Por un
Leonora percibió la mirada y giró un poco la cabeza.Se trataba de Mateo.Con su elegante traje negro, la mano apoyada en la sien y el anillo rojo despidiendo un destello casi sanguinolento bajo el sol. A su lado estaba Isadora, muy cerca de él, hablándole de algo. Mateo mostraba una expresión tranquila y afable, algo que nunca dedicaba a nadie más.Leonora se recompuso y soltó la mano que la sostenía.—Gracias.—No hay de qué —respondió el hombre, siguiendo la dirección de su mirada—. Ese es el señor Mateo, ¿no? Vaya que consiente a su prometida si viene a buscarla en persona.Así es. A ojos de todos, el favoritismo de Mateo por Isadora era más que evidente. Leonora, en su vida anterior, había sido la única tonta que se pasó años esperando y amándolo, mientras él nunca le correspondía.Ella se disponía a asentir, pero Aurora la jaló del brazo.—Ya que lo encontramos, saluda a tu tío.—No quiero —se zafó Leonora, dispuesta a marcharse.—¡Leonora…! —fue lo único que alcanzó a decir Auro
Leonora sintió que Vicente la jalaba hacia atrás, y por un momento su mente quedó en blanco. Aun así, no se dejó vencer: clavó las uñas en sus propias palmas, usando el dolor para recobrar la lucidez.«¡Tengo que salvarme!», pensó, aferrándose a la manija de la puerta para no perder el equilibrio. Con la mirada, buscó cualquier cosa que pudiera usar para defenderse. Un adorno de cristal, colocado sobre el tablero, le dio una chispa de esperanza. Pero cada vez que intentaba alcanzarlo, Vicente la jalaba de nuevo, impidiéndole avanzar lo suficiente.Aun así, Leonora no se rindió. Con la mandíbula apretada y el cuerpo tenso, estiró la mano hasta que sus dedos rozaron el adorno. Cuando al fin lo tuvo entre sus manos, lo alzó con fuerza y, sin dudar, lo estrelló hacia atrás.Un golpe sordo retumbó en el interior del auto. Vicente soltó un gruñido de dolor, aflojando la presión lo justo para que Leonora pudiera activar el seguro de la puerta y salir casi a rastras del vehículo.La noche otoñ
Cuando Leonora despertó, descubrió a una policía con uniforme sentada a su lado. Su sonrisa era amable y transmitía un toque de confianza.—¿Ya estás despierta? ¿Quieres un poco de agua? —le preguntó con suavidad, mientras se levantaba para servirle un vaso—. Tus heridas son solo raspones y moretones; no hay nada de gravedad.—Gracias —respondió Leonora, incorporándose para tomar el agua que le ofrecía. Aun así, seguía temblando de nervios, todavía afectada por lo que había vivido.La oficial esperó con paciencia a que Leonora se calmara antes de comenzar a preguntarle los detalles.—Vicente tampoco presenta daños graves, pero ahora mismo cada uno afirma algo distinto. Por eso necesito tu versión de los hechos.Leonora, que llevaba el vaso a los labios, se detuvo en seco.—¿“Cada uno afirma algo distinto”? ¿Cómo puede ser?La oficial suspiró.—Vicente dice que el problema surgió porque estaba ebrio y se puso violento. Además, presentó un informe médico de otro país que certifica cierta