Capítulo 5
El silencio se adueñó del amplio vestíbulo de la Hacienda Arévalo. El ambiente en torno a Mateo se volvió tan gélido y denso que a los presentes se les hacía difícil respirar. Él guardó silencio un instante, pero todos notaron la furia contenida en sus ojos. Sin apartar la mirada de Leonora, sacó un cigarrillo y, tras encenderlo, exhaló una nube blanquecina que difuminó sus facciones.

—Lárgate.

Gregorio también mostró su molestia con un ademán, como si solo quisiera apartar a Leonora de su vista. Aurora la ayudó a ponerse en pie, pero Leonora se soltó y se incorporó con firmeza en medio de la sala:

—Si estar aquí resulta tan molesto para todos, me marcharé de inmediato. Don Gregorio, gracias por todo el cuidado que me brindaste durante años.

Lo dijo con determinación, sin dejarse ver débil como en la vida pasada. Ya no volvería a ser esa mujer cautelosa y temerosa de antes. Dicho esto, se dio media vuelta y salió. Una mirada pesada y amenazante se clavó en su espalda.

Al traspasar la puerta, las reacciones causadas por tantas píldoras anticonceptivas empezaron a hacer estragos: un mareo intenso y náuseas la invadieron. Leonora no alcanzó a dar muchos pasos antes de desvanecerse.

***

Cuando recobró el sentido, se encontró en una habitación con Aurora sentada a su lado, los ojos enrojecidos de preocupación. En cuanto la vio despertar, Aurora le soltó una bofetada suave, más cerca de una caricia que de un golpe.

—¿Estás loca? ¿Quieres matarme del susto? ¡Esas pastillas no se toman así como así!

—Mamá… —respondió Leonora con voz débil—. Aunque no quiero, si no las tomo, nunca voy a salir de esta casa.

Aurora cerró los ojos, tratando de contener la angustia.

—Hija… Eres tan desdichada. Ya te lo había dicho antes: debiste relacionarte con algún buen partido de familia adinerada para casarte y vivir con tranquilidad.

—¿Como tú…? —soltó Leonora con una sonrisa amarga.

Ante esa respuesta, Aurora quiso replicar, pero prefirió quedarse callada. Justo en ese momento se abrió la puerta y apareció Esteban con un tazón de caldo humeante.

—Leonora, ya despertaste. Toma un poco de esto, te hará bien al estómago.

Leonora apenas pudo agradecerle. Fue entonces cuando notó que la oreja de Esteban estaba lastimada, con un rasguño que parecía de un objeto filoso.

«Seguro fue Gregorio», pensó. Nunca había visto a Gregorio tenerle aprecio a su segundo hijo. Lo consideraba torpe y lo despreciaba por haberse casado con una mujer que ya tenía hija.

—Tío… —murmuró Leonora con un dejo de culpa—. Lo siento, de verdad. Te estoy causando muchos problemas. Trataré de irme pronto.

—No digas tonterías —replicó Aurora con el ceño fruncido.

Esteban le dio unas palmaditas en el hombro a su esposa.

—El médico dijo que Leonora debe seguir tomando sus medicinas; ¿por qué no traes un vaso de agua tibia?

Aurora salió sin protestar. En cuanto se quedó a solas con Leonora, Esteban se sentó al borde de la cama y suspiró.

—Leonora, ¿de verdad quieres marcharte?

Ella apretó los labios. —Tío, quedarme aquí solo les traerá más problemas a ti y a mamá. Soy adulta, puedo cuidarme.

Esteban bajó un momento la mirada. —Culpa mía por no tener más recursos para protegerlas —murmuró mientras sacaba una tarjeta y la deslizaba debajo de la almohada de Leonora—. No lo rechaces. Eres una mujer sola y en cualquier parte se gasta dinero. La clave es tu fecha de nacimiento. Cuídate allá afuera. Y si algo pasa, llámame o llama a tu madre.

—Gracias, tío —agradeció Leonora conmovida.

Esteban se quedó un instante en silencio, como dándole vueltas a algo. Finalmente soltó: —Hoy, Mateo estuvo extraño. Actuó muy raro.

—¿A qué te refieres? —preguntó Leonora, desconcertada.

—Cuando tu mamá se dio cuenta de que habías perdido el conocimiento, él salió corriendo de su patio, te cargó en brazos y te llevó de inmediato con el médico. Si su papá no hubiera intervenido para hacer que te trajeran de vuelta, a estas alturas seguirías en su casa.

—¿Cómo dices? —Leonora se tensó, aferrando con fuerza la cobija.

Esteban trató de quitarle hierro al asunto. —No te alarmes. Mateo dijo que temía que murieras en la Hacienda Arévalo… y que la familia quedara en boca de todos.

—Ya veo… —musitó Leonora, con una sonrisa amarga. Ese era el Mateo que ella conocía, frío y calculador.

La noche anterior le parecía ahora una experiencia lejana, casi irreal.

Leonora descansó un rato tras tomarse sus medicinas. Poco después, se levantó para preparar su equipaje. Al salir, procuró evitar a su madre, pues sabía que Aurora se pondría a llorar y no soportaría la despedida.

Mientras avanzaba por el pasillo principal rumbo a la puerta, sintió las miradas de los empleados clavadas en el suelo, como si tuvieran miedo de quedar involucrados en sus problemas. Leonora se detuvo un instante en la entrada, observando cómo el cielo iba oscureciendo. Por fin, este día tan largo llegaba a su fin.

En Puerto Vidriado, el otoño se presentaba temprano, y a esa hora soplaba un viento fresco, casi melancólico. Apretó las correas de su bolso y apuró el paso. La Hacienda Arévalo, con su diseño estilo jardín rodeado de un gran parque privado, se encontraba en la zona más exclusiva de la ciudad. Para mantener la privacidad, la familia había comprado también las tierras adyacentes, de modo que allí no había acceso a transporte público y los taxis eran escasos. Con toda la prisa del mundo, Leonora tardaría al menos veinte minutos en llegar a la estación más cercana.

Caminó varios minutos bajo la luz de los faroles, combatiendo el viento que le daba de frente. De pronto, el sonido de un claxon rompió el silencio de la noche. Leonora se orilló por inercia, pero el auto disminuyó la velocidad a su lado y se detuvo.

—Señorita Leonora, por favor, suba —dijo una voz masculina.

La ventanilla bajó y reconoció un rostro que había visto ya en la Hacienda: era Fernando García, el asistente de Mateo.

Leonora se quedó inmóvil, sorprendida. Con el rabillo del ojo alcanzó a vislumbrar, en el asiento de atrás, una mano con un anillo de jade rojo que repiqueteaba con impaciencia sobre la rodilla. Sin duda, pertenecía a Mateo.

Leonora sintió que el pecho se le apretaba. No deseaba tener más contacto con él. Negó con la cabeza. —No, gracias. Tío, que te vaya bien.

Volvió a acomodarse la correa de la mochila y continuó su camino. Sin embargo, Fernando bajó del auto con rapidez y se interpuso en su paso, manteniendo una sonrisa cortés.

—Señorita Leonora, por favor, suba. Es por su propio bien. El señor Mateo dice que, si alguien la ve marcharse de esta manera, podría causar un gran revuelo. Y si no coopera, me veré obligado a usar otros métodos para llevarla.

Leonora aferró con fuerza la correa de su bolso y dirigió la mirada hacia la ventanilla posterior, completamente oscura. Aun así, sabía que Mateo estaba ahí, observándola. Recordó bien de lo que él era capaz; en su vida anterior, había comprobado cuán implacable podía llegar a ser. Retarle no era una opción: cuando él se ponía serio, sus métodos eran de temer.

A Leonora se le heló el cuerpo de solo pensarlo. Después de todo lo que le había costado llegar a esta nueva oportunidad, no deseaba provocar la ira de Mateo. Al final, bajó la cabeza y asintió. Se dirigió al asiento del copiloto, pero Fernando la condujo directamente al asiento trasero.

Tan pronto se acomodó, le llegó un fuerte olor a alcohol. Al mirar de reojo, notó la silueta de Mateo recostada contra el respaldo, los ojos medio cerrados. En la penumbra, gran parte de su rostro quedaba oculta por la sombra, emanando un aire de peligro y frialdad.

Mateo alzó los párpados apenas. —¿Ya te ibas?

No había emoción aparente en su voz, pero su tono bastó para que Leonora sintiera un nudo en la garganta. Tardó unos segundos en reaccionar, y la forma en que él había hablado le trajo a la mente el tormentoso recuerdo de la vez en que, en otro tiempo, le dijo: “¿Irte? No lo harás tan fácilmente”.

Conteniendo el resentimiento, Leonora se removió en el asiento, dispuesta a responder. Justo entonces, su teléfono sonó: era Aurora. Dudó en contestar, temiendo que su madre aprovechara para insistir en que “aprovechara la oportunidad”. Pero la mirada de Mateo cayó sobre ella, y frunció el entrecejo.

Leonora no tuvo más remedio que atender la llamada.

—¡Leonora! ¿Quieres matarme del susto? ¿En qué te fallé para que te vayas así de la casa?

La voz de Aurora sonaba entrecortada, cargada de impotencia. Ella misma sabía que no tenía forma de proteger a su hija ante aquella familia.

—Mamá, estaré bien. Yo… puedo cuidarme sola.

—Sólo… ten cuidado, ¿sí? —Aurora soltó un suspiro resignado—. Mira, quizá sea mejor que le pida a tu tío que te organice una cita. Podrías encontrar un buen hombre y así no tendrías que arreglártelas tú sola. Estoy segura de que él puede presentarte a alguien adecuado…

Aurora continuó con su cantaleta habitual. Leonora echó una mirada nerviosa a Mateo, pero entre la penumbra no lograba leer su expresión. Temiendo que su madre se extendiera en la conversación y que la situación se complicara aún más, se apresuró a despedirse.

Fue entonces cuando Aurora, por una sola vez, pareció tomar algo de valor: —No intentes evadirlo, Leonora. Es por tu propio bien. Ya está decidido: en unos días iremos a esa cita…

—¡Mamá, ya! Adiós.

Leonora cortó la llamada de inmediato.

En su vida anterior, Aurora también había intentado organizarle citas a Leonora. Pero todo quedó en nada cuando surgió lo de ella y Mateo.

Pensar en Mateo de nuevo… ¿Habría escuchado la llamada?

Aunque lo hubiera hecho, daba igual; era evidente que no le importaría.

Sin embargo, el interior del auto se sentía de pronto como un vacío absoluto; no se oía ni el más leve sonido. La luz de los faroles se filtraba a través de las ramas, proyectando retazos luminosos sobre la ventanilla. Aquellas sombras irregulares cruzaron el semblante de Mateo, resaltando sus facciones profundas.

Leonora se sentía sobre un lecho de espinas, con los nervios a flor de piel. Inconscientemente apretó las manos. Entonces, escuchó un leve bufido.

—¿Una cita?

Mateo rompió el silencio con un tono tan frío como indescifrable.

—Leonora, ¿hubo algo de verdad en lo que dijiste anoche?

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP