Capítulo 3
Isadora, la otrora heredera de una familia venida a menos, había conseguido lo que muchas soñaban: tres años atrás, Mateo anunció de forma inesperada que eran novios y, pese a la oposición de Gregorio, llegó a celebrar una fiesta de compromiso con ella. Desde entonces, Isadora se convirtió en la mujer más envidiada de la ciudad.

A ojos del mundo, era hermosa, bondadosa, elegante y digna. Sin embargo, Leonora sabía perfectamente qué clase de persona era en realidad. «Si no se hubiera dedicado al diseño», pensaba, «sin duda habría sido la mejor actriz dramática».

Isadora entendía muy bien la insinuación de Leonora: después de todo, llevaba tres años con el compromiso en suspenso y seguramente deseaba con urgencia casarse con Mateo para entrar por fin a la familia Arévalo. Y tal como Leonora lo imaginó, Isadora no tardó en reaccionar.

La joven salió de inmediato y se arrodilló exactamente donde antes había estado Leonora, inclinando la cabeza con devoción.

—Don Gregorio, soy yo. Quien se confundió pensó que yo era Leonora por la similitud de nuestra estatura y porque nos parecemos un poco.

Apenas terminó de hablar, alguien de los alrededores expresó su duda en voz alta:

—Pero en internet salieron los supuestos diarios secretos de Leonora, donde se ve que ha estado enamorada de él por cinco o seis años. ¿Tú y el señor Mateo apenas se conocen desde hace tres, no?

Si había algo en lo que Isadora era experta, era en sus interpretaciones llenas de “sinceridad”.

—Fui yo quien se enamoró primero de Mateo —respondió con los ojos brillantes—. Esos diarios recogen mis sentimientos más profundos. No sé quién los tomó y los sacó a la luz.

Dos lágrimas rodaron por sus mejillas, bañándola en una emoción tan intensa que, incluso el leve rubor en su rostro, parecía encajar a la perfección con su dolor. ¿Quién dudaría de ella con semejante expresión?

Leonora, en su vida pasada y en la actual, había perdido por completo frente a la capacidad de manipulación de Isadora. Con voz neutra, sentenció:

—Mi tío lleva años comprometido con Isadora. Si Isadora lo ayudó durante el accidente, es natural que lo hiciera. Seguramente la prensa sensacionalista inventó todo este escándalo de un triángulo amoroso para generar titulares.

La gente que se había reunido para enterarse del chisme se desilusionó; poco a poco perdieron el interés y comenzaron a dispersarse. Fue entonces que Leonora comprendió lo absurdo de su vida anterior: había tratado de vivir con prudencia, pero para los demás solo era un pasatiempo entretenido.

Hastiada de la situación, Leonora retrocedió un paso y, con amargura, se dirigió a Gregorio y a los demás:

—Ya que todo se aclaró, no los molesto más con sus asuntos de familia. Don Gregorio, señores, me retiro.

Se dio media vuelta, aunque sintió una mirada profunda y amenazante sobre su espalda. No obstante, se obligó a pensar que todo aquello había dejado de ser su problema.

***

Más tarde, Leonora ignoraba en qué terminó la reunión en el gran salón. Lo que sí supo fue que, cuando Aurora regresó de la casa principal hacia sus habitaciones, lucía furiosa. La razón era simple: una vez más, ella y su esposo habían sido menospreciados por el resto de la familia Arévalo.

Esteban —segundo hermano de Mateo— no tenía ningún talento para los negocios, y su padre hacía tiempo que había dejado de depositar esperanzas en él. Por esa razón, tanto Esteban como Aurora no eran bien recibidos en esa casa. Formalmente todos fingían una sonrisa cortés, pero en la práctica casi nadie les mostraba respeto.

Nada más entrar, Aurora soltó su frustración pellizcándole el trasero a Leonora con enojo.

—¿¡Te volviste loca!? ¡Perdiste una oportunidad de oro!

—¿Qué oportunidad? —respondió Leonora sin inmutarse.

—Anoche llegaste hecha un desastre. ¿Qué tan difícil era disculparte? Con todo el escándalo que hay afuera, Mateo, para proteger su imagen de heredero, tendría que tratarte bien. ¿Y tú decides dejarle ese puesto a Isadora? Esa muchachita me huele a hipocresía pura —estalló Aurora.

Leonora apretó los labios antes de responder:

—¿De verdad crees que después de arrebatarle el prometido a alguien, drogarlo para meterme en su cama —encima la de mi tío político—, voy a tener “buenos días” por venir?

Se soltó del brazo de su madre con un gesto de fastidio. Tenía en claro que Aurora no era mala madre. Después de la desaparición de su padre, ella jamás la abandonó; incluso al volver a casarse, la única condición fue llevarla consigo. Sin embargo, Aurora dependía demasiado de los hombres.

En esa familia Arévalo, que devora a cualquiera sin piedad, si dependes de un hombre que ni siquiera es valorado por su propio padre —como Esteban, el padrastro de Leonora—, es lógico que el resto de la familia no te mire con buenos ojos.

Aurora tragó saliva y se esforzó en hablar con más calma:

—Aun así, es mejor que vivir pendiente de la aprobación de los demás. El hermano mayor de Mateo murió muy joven y tu padrastro no tiene ni la mitad de la destreza de Mateo para los negocios. Tarde o temprano, todo el poder de los Arévalo estará en manos de Mateo. Si tú pudieras…

—Mamá, basta —la interrumpió Leonora, harta.

—¿No puedes entenderme al menos un poco? Tu padrastro es un hombre honrado, pero no hay nada que hacer: como no puedo darle más hijos, todos en esta familia me desprecian. ¿No ves que, a fin de cuentas, mi futuro depende de ti? —Aurora se enjugó una lágrima fugaz con la yema de los dedos.

Leonora respiró hondo y la miró sin titubear:

—Entonces ve ahora mismo y habla con Mateo para que me acepte como esposa. ¡Ve, díselo!

Aurora se quedó sin palabras, paralizada. Todo el mundo en esa casa temía a Mateo. ¿Cómo se atrevía a enfrentarlo ella?

Un pesado silencio se extendió en la habitación hasta que Leonora reaccionó como si hubiera recordado algo urgente. Tomó a Aurora del brazo con fuerza.

—Mamá, ¿tú… tienes alguna medicina?

—¿Medicina? ¿De qué hablas?

—Necesito una pastilla de emergencia —explicó Leonora con un deje de impotencia.

—¿Yo? A estas alturas no me hace falta nada de eso. Y si algo pasara, tu padrastro siempre ha sido muy considerado conmigo…

—Mamá, por favor. Seguro que en esta casa todos me están vigilando. ¿Podrías comprarme la pastilla? Anoche estaba en mis días más fértiles.

Leonora revisó la aplicación de su celular, confirmando el día marcado en rojo. Sintió un nudo en el estómago. Ella amaba a Celeste, el nombre que resonaba en sus pensamientos. Pero no podía permitirse tener un bebé ahora. Si esa niña —su Celeste— llegaba a este mundo, merecía nacer en un hogar feliz, no a su lado para sufrir.

Aurora frunció el ceño y suspiró.

—Está bien, iré yo.

—Gracias.

En cuanto salió de la habitación, Aurora no quiso arriesgarse a que la vieran comprando ese tipo de medicamento, así que llamó a una empleada de la casa en la que confiaba, le dio unas instrucciones y la envió a hacer el recado.

Lo que Aurora no imaginó era que alguien más la estaba escuchando.

***

Media hora después, Aurora regresó a la habitación con una bolsa opaca en la mano.

—Tómate la pastilla de inmediato. Si lo dejas pasar demasiado tiempo, ni eso servirá —advirtió, tendiéndole el paquete.

Leonora asintió y, con un vistazo rápido a la caja, distinguió la etiqueta: “Anticoncepción de emergencia, 48 horas”. Desprendió la pastilla del blíster pero no se la tragó al instante; en un impulso, llevó la mano a su vientre.

Ahí había crecido su hija amada, su pequeña Celeste, tan tierna y comprensiva. No quería volver a condenarla a nacer sin ser deseada por una familia rota, para luego morir sola en una cama de hospital. Solo imaginar su miedo le encogía el corazón.

«Celeste…» susurró para sus adentros, «perdóname. Esta vez debes encontrar padres que te amen de verdad y te regalen una vida feliz.»

Con el rostro pálido y los dedos temblorosos, Leonora se llevó la pastilla a la boca; sin embargo, se le quedó atascada en la garganta. Tuvo que alzar la cabeza y beber agua con decisión, tragando rápido para no dar marcha atrás. Aun así, sintió que el líquido, aunque tibio, le recorría el cuerpo con un frío helado.

Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas mientras pensaba: «Mateo, por fin te deshiciste de las dos personas que más detestabas: Celeste y yo.»

Con el corazón estrujado, se apresuró a levantarse para deshacerse del empaque de las pastillas. En ese instante, la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared y estremeciendo todo el cuarto.

Un par de sirvientes enviados por Gregorio irrumpieron, sujetándola a ella y a Aurora de los brazos antes de que pudieran reaccionar. En cuestión de segundos, Leonora fue arrastrada de vuelta a la sala principal. Allí, la empujaron con tanta fuerza que se desplomó sobre el suelo, atontada por el dolor y el cansancio que arrastraba desde la noche anterior.

Al alzar la vista, se encontró con las miradas de desprecio de todos los presentes, aún más intensas que antes. En especial, los ojos oscuros de Mateo brillaban con una frialdad peligrosa. El silencio era tan profundo que se habría podido escuchar caer un alfiler, solo interrumpido por el llanto apenas contenido de Isadora.

Leonora volteó la cabeza hacia ella y encontró esos ojos húmedos, cargados de intenciones que no eran precisamente inocentes. Justo entonces, una caja de pastillas cayó frente a sus pies, desparramando varios blísters por el piso.

—¿Qué es esto? ¡Exijo una explicación! —bramó Gregorio, golpeando la mesa de centro con la palma de la mano.

Leonora sintió que el corazón le palpitaba con fuerza. Aun así, contestó con voz firme:

—Son pastillas anticonceptivas.

Mateo desvió la mirada hacia la caja con altanería, su tono gélido envolviéndolo todo:

—¿Anticonceptivas? ¿Ah, sí? —La pregunta, cargada de burla, retumbó en el aire.

Ella bajó los ojos y notó que, en la caja, la etiqueta marcaba efectivamente 48 horas para evitar el embarazo. No obstante, el blíster brillante revelaba en realidad un medicamento para favorecer la concepción.

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