La anhelada libertad de Serenia se vuelve efímera; cuando su despiadado marido la encuentra tras huir con su único hijo, amenazando la vida de ese bebé. —¿Creíste que podías escapar de mí, "querida"? No lo olvides. Tú y ese niño me pertenecen. Desesperada, la princesa Serenia se ve obligada a regresar a los brazos de ese tiránico Rey que la convierte en su Reina… Una prisionera adornada con joyas. Como si esto fuese poco, le anuncia que morirá cuando ya su reino cuna no le represente una amenaza. Mostrándole así, a la mujer que será su futuro reemplazo. ¿Tendrá Serenia el valor de traicionar al Rey y huir de ese Reino infernal? ¿O existe una luz que aún puede salvar su retorcido y roto matrimonio?
Leer más✧✧✧ Cinco años después. ✧✧✧ El otoño se desplegaba con su esplendor en el Reino Bushlako. Las hojas de los árboles se transformaban en un espectáculo de amarillos, naranjas y rojos vibrantes, mientras el cielo se mantenía despejado y el aire se llenaba de un aroma a humedad que anunciaba el cambio de estación. Un jardín extenso rodeaba la antigua casona de campo, con un puente de piedra que cruzaba un río de aguas poco profundas pero de corriente intensa, arrastrando hojas de colores como si fueran tesoros en su viaje. —¡Mira! ¡Ahí va otra amarilla! —exclamó el príncipe Brendel, señalando con entusiasmo las hojas que danzaban en el agua. Su rostro, iluminado por una sonrisa inocente, reflejaba la alegría pura de la infancia, mientras sus ojos verdes brillaban con emoción. A su lado, Ariathy Arbar, la princesa de Ruster, con su cabello castaño largo y lacio, se sostenía de la baranda del puente, disfrutando del momento. —Son lindos colores, más esas, me encantan~ —respondió con u
✧✧✧ Esa mañana en la majestuosa capital de Gorian. ✧✧✧ El imperio Gorianito, rodeado de lujos y belleza arquitectónica. Cuya historia enmarcaba a sus anteriores Reyes como inteligentes y guerreros estrategas, no era la excepción con el actual, quien había hecho del Reino Gorianito, un poderoso imperio sin igual en todo el continente. Jhonn Cuarto Wiztan. El emperador, sentado en su trono, recibía la información detallada de las audiencias en los distintos departamentos del imperio, que tenía que aceptar. En ese momento. Uno de sus caballeros ingresó. —¡SU MAJESTAD, MI GLORIOSO EMPERADOR! —avisó el hombre, irrumpiendo. Todas las miradas se clavaron en él. Ese caballero avanzó hasta unos metros frente al trono imponente donde yacía sentado ese hombre vestido del emblemático color púrpura Real. El hombre se postró en una rodilla, inclinando su cabeza en una solicitud silenciosa de proseguir. —¿Cuál es el motivo de esta falta de respeto? —preguntó Jhonn, directo. Sus oj
✧✧✧ Más tarde, ese mismo día ✧✧✧ El sol comenzaba a descender, bañando los muros del castillo con tonos rojizos del crepúsculo. Lance Lamparth y Bertrand Burgot compartían un momento en un elegante salón, acompañado por el crepitar de la chimenea y la tenue luz de las farolas de pared que iluminaban la amplia habitación. Lance, con su porte imponente y la elegancia que siempre lo caracterizaba, tomó una botella de licor de una mesa cercana. Era un gesto inusual, pues rara vez se servía él mismo, pero esta ocasión era especial. Llenó las copas y le entregó una a Bertrand, quien aceptó el gesto con respeto, inclinando ligeramente la cabeza. Por unos momentos, ambos hombres permanecieron en silencio, degustando la bebida. Fue Lance quien rompió el silencio, apoyando su copa sobre la mesa junto a él. —Bertrand —comenzó Lance, con un tono serio pero sin hostilidad. Bertrand levantó la mirada, atento. —Convencí a mi hijo Jhonn de enviar esa carta al Rey de Ruster para frenar la g
✧✧✧ Dos días después, en el Imperio de Gorian. ✧✧✧ El sol del sureste bañaba las vastas tierras del Imperio Gorian, extendiendo su luz sobre los campos y las colinas que parecían no tener fin. Serenia no podía evitar la sensación de nostalgia que la invadía mientras observaba el paisaje de su infancia desde la ventanilla del carruaje. Cada rincón parecía estar lleno de recuerdos, de lecciones aprendidas y del amor que siempre había recibido en su hogar. Ahora, después de años de ausencia, regresaba no solo como una hija, sino como una Reina, una esposa y una madre. Bertrand, sentado a su lado, notaba la emoción que se reflejaba en el rostro de su esposa. Los ojos dorados de su mujer brillaban con una calidez especial, y su cabello oscuro ondeaba suavemente con la brisa que se colaba por la ventanilla. Bertrand sonrió al verla así, llena de vida y felicidad. —Parece que el hogar todavía tiene un lugar especial en tu corazón, ¿verdad, mi amada? —comentó Bertrand, tomando con s
El Rey Bertrand Burgot despertó en medio de la oscuridad de una amplia y lujosa habitación. El aire era fresco, pero tenía un aroma desconocido, distinto al de su hogar. Se incorporó lentamente, sintiendo una ligera molestia en su costado, donde la espada con el veneno del exConde Ruwer lo había atravesado. Sus ojos, verdes como un bosque en pleno verano, se adaptaron a la oscuridad mientras observaba los contornos de la habitación. Todo parecía extraño, ajeno, pero no hostil. "¿Dónde estoy…?" Cruzó un fugas pensamiento. Una tenue línea de luz se filtraba a través de las cortinas elegantes. Con un esfuerzo que le recordó cuán frágil seguía estando su estado, se levantó y caminó hacia las ventanas. Descorrió las cortinas con suavidad, dejando entrar el resplandor del día y… Fue entonces cuando lo vio: en la distancia, ondeaban dos banderas. Una pertenecía al Ducado Lamparth y la otra al Imperio Gorian. Su corazón se detuvo por un instante. ¡No estaba en Bushlak! Antes de q
PLOF~ El caballero traidor, cayó al suelo, su sangre empapando el césped. Pero no hubo tiempo para celebraciones. Hansel aprovechó la distracción y lanzó un ataque directo. Bertrand apenas logró desviar el golpe, pero la hoja de Hansel rozó su costado, el veneno entrando en su sistema. —¡Ahg! —el Rey hizo una expresión de dolor. Se tambaleó un instante, pero su voluntad era más fuerte que el dolor. Con un grito final, atacó con toda su fuerza, desarmando a Hansel y hundiendo su espada en el abdomen del exConde. —¡¡AAAHG!! ¡MALDITO BERTRAND! Hansel cayó de rodillas, su espada cayendo a un lado. Sangraba profundamente, pero en lugar de suplicar o gritar, comenzó a reír. —¿De qué te ríes? —preguntó Bertrand, jadeando, sosteniéndose el costado herido. —De que… te he ganado… —susurró Hansel, su voz quebrándose entre risas y toses de sangre—. Ese veneno… te matará… los dos moriremos esta noche… El exConde Ruwer cayó al suelo, sus risas desvaneciéndose mientras su vida
Desde las alturas, una lluvia de flechas descendió. ¡SLANK! ¡SLANK! Los caballeros reales, entrenados pero sorprendidos, se dispersaron en instantes, levantando sus escudos en un intento desesperado por resistir el ataque. No todos tuvieron la misma suerte… Los gritos de dolor atravesaron el aire cuando las flechas encontraron su objetivo: carne y metal. —¡¡AAAHG!! —se escuchaban sonidos de dolor de los hombres del Rey. Algunos cayeron al suelo con un sonido seco, muertos. Bertrand, reaccionó con gran velocidad. Levantó justo a tiempo, un escudo que uno de sus caballeros lanzó en la cercanía. Pero no pudo evitar la flecha que rozó su brazo izquierdo. ¡SLANK! ¡LA FLECHA HIZO UN CORTE EN EL BRAZO DEL REY! —¡AGH! —hizo Bertrand un gesto de dolor. Una línea roja se abrió sobre su piel, y la sangre comenzó a brotar, dejando un rastro sobre su armadura. Resistió el dolor, apretando los dientes, consciente de que no tenía tiempo para flaquear. ¡Hansel Ruwer vio
El Rey Bertrand miró a sus caballeros que se habían ocultado entre los árboles. Con un gesto de su mano, Bertrand les indicó que aguardaran. Si algo iba a suceder, lo haría bajo sus términos. Respiró profundamente y avanzó hacia la cabaña. La madera crujió bajo su peso al subir los escalones. Antes de abrir la puerta, se detuvo y posó su mano en la empuñadura de su espada. Seguidamente… Ingresó. Dentro estaba Hansel Ruwer, con una sonrisa maliciosa curvando sus labios. Ese exConde llevaba una espada colgando de su cintura, su mano descansando peligrosamente cerca de la empuñadura y su porte altivo era iluminado tenuemente por la luz dorada de la chimenea. —Majestad —Hansel inclinó ligeramente la cabeza, claramente un gesto lleno de sarcasmo y burla. Su mirada brillaba con un destello de malicia—. Qué amable de tu parte venir, viejo amigo. —¿Dónde está mi hijo? —preguntó Bertrand, sin molestarse en cortesías. Sus ojos verdes afilados y penetrantes veían a Hansel como si qui
—¿Có… Cómo pudo pasar esto…? —susurró la Reina, sus ojos dorados llenos de una mezcla de incredulidad y agonía—. ¡Nuestro bebé! ¡Hay que rescatar a Bred! Bertrand la miró brevemente, su mandíbula apretada y sus puños temblando. Le dolía verla así, pero no podía permitirse el lujo de derrumbarse… No ahora. —Lo traeremos de vuelta —dijo el Rey con voz baja pero firme, arrodillándose ante Serenia y tomándola de los hombros. Sus ojos, llenos de determinación, buscaron los de ella—. Te lo prometo, Serenia. Lo encontraremos, cueste lo que cueste. Serenia asintió lentamente. La plaza, que minutos antes estaba llena de júbilo, ahora estaba sumida en un silencio absoluto. Solo el sonido de las trompetas de emergencia cortaba el aire, anunciando la tragedia. …………… El sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, tiñendo la capital con un resplandor dorado. Los cascos de los caballos resonaban contra el empedrado mientras Bertrand y Serenia recorrían la ciudad. Él tenía el porte