¿Estaba soñando de nuevo?La tenía contra la estantería del estudio, atrapada entre su cuerpo y la madera oscura, con su respiración entrecortada mezclándose con la de él. Anfisa estaba tan cerca que podía sentir sus pechos rozando su torso con cada tembloroso respiro. No llevaba sostén, lo supo en el instante en que su cuerpo chocó contra el suyo y ese maldito detalle lo estaba volviendo loco. Thomas intentaba contenerse, sus manos firmes en los hombros de ella, un agarre que no sabía si pretendía apartarla o sujetarla aún más. Sus dedos se crispaban, queriendo deslizarse por sus brazos, bajar a su cintura, sentir la suavidad de su piel bajo sus palmas. Pero no. Los labios de Anfisa se movieron con torpeza sobre los suyos, desesperados, ansiosos, como si estuviera intentando seguir un ritmo que apenas estaba descubriendo. Era atrevida, sí, pero inexperta, y eso lo desesperaba más que cualquier otra cosa. Su respiración era errática, sus manos temblaban ligeramente mientras
¿Cómo logró Christian Grey reconocer su amor por Anastasia Steele? Celos. No fue la ternura, ni las largas conversaciones, ni siquiera la conexión carnal lo que lo hizo caer en cuenta de lo que sentía. Fueron los celos. Fue verla con otro hombre, verla sonreír, coquetear, alejarse de su control lo que lo llevó al límite. Anfisa cerró el libro sobre su regazo, sus dedos recorriendo la cubierta con lentitud. La teoría era sencilla. Si Thomas no la veía como una mujer, si la apartaba, si la ignoraba como lo había estado haciendo las últimas semanas, entonces solo había una forma de sacarlo de su fría indiferencia. Hacer que la deseara. No como su hija adoptiva. No como la jovencita inexperta que él creía que debía proteger. Como mujer. Y para eso, necesitaba despertar algo más fuerte que el deber o la moral. Celos. A través de la ventanilla del auto, su reflejo la observó con la misma determinación que latía en su pecho. La ciudad pasaba en un desfile de luces doradas y
Thomas sentía el calor de su cuerpo como un veneno dulce recorriendo su piel. Anfisa estaba sentada en su escritorio, con las piernas ligeramente abiertas, dejándolo entre ellas como si su presencia ahí fuera natural. Pero no lo era. Nada de esto lo era. El peso de su mirada sobre él era insoportable. Sus labios estaban entreabiertos, húmedos, listos para tentar. Y cuando se inclinó, con torpeza, con inocencia disfrazada de atrevimiento, Thomas sintió que algo dentro de él se rompía un poco más. No debía estar disfrutando de esto. No debía sentir la necesidad cruda y voraz que le recorría el cuerpo. Pero ahí estaba, clavada en su carne como una maldita espina. No la tocó. No se permitió hacerlo. Sus manos permanecieron a sus lados, convertidas en puños de puro autocontrol. El roce de sus labios era suave, indeciso. Como si estuviera explorando, como si estuviera aprendiendo. Y eso lo mataba más que cualquier otra cosa. Era virgen. No solo en el sentido carnal, sino en todo.
El comedor estaba tranquilo, iluminado por la luz cálida de la lámpara colgante. Henry servía el té con la precisión de siempre, su presencia aportando un aire de calma a la habitación. Anfisa jugueteaba con el borde de su servilleta, su mirada bajando a su plato sin apenas tocar la comida. Se mordió el labio, respirando hondo antes de atreverse a hablar. “Um… Thomas.” Su voz salió más baja de lo que esperaba. Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo. “¿Puedo salir esta tarde? Quería ir a un salón.” Thomas dejó su taza sobre el platillo con un suave clink, alzando la vista hacia ella. Sus ojos dorados brillaban con curiosidad. “¿Un salón?” repitió con calma, llevándose una mano a la barbilla. “¿Algo en especial?” Anfisa se removió en su asiento, sintiendo un leve calor subirle a las mejillas. Se llevó un mechón de cabello tras la oreja, sin mirarlo directamente. “Solo… quería hacerme un cambio.” Henry, que estaba sirviendo más té, alzó ligeramente una ceja pero no dijo
El golpe en la espalda le quitó el aire. Thomas apenas tuvo tiempo de girarse antes de que otro impacto lo derribara por completo contra el suelo. El concreto frío y áspero le rasgó la piel bajo la tela de su camisa, y el olor a lluvia reciente mezclado con humo de escape impregnaba el aire. No había sido un error. La había subestimado. Todavía con el cuerpo tenso por la caída, sintió el peso sobre él antes de ver su rostro. Era una mujer joven, de piel pálida con un matiz nacarado que resaltaba bajo la luz tenue de las farolas. Sus facciones eran finas, con pómulos altos y una mandíbula suavemente esculpida, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: grandes, de un azul gélido que destellaba con una mezcla entre diversión y peligro. Su boca, de labios carnosos y perfectamente delineados con un rojo profundo, se curvó en una sonrisa pícara mientras se inclinaba sobre él, dejando caer mechones de su cabello rubio platino. No era completamente liso; se deslizaba en ondas s
Anfisa estaba en su habitación, de pie frente al enorme espejo de cuerpo entero. La tenue luz de la lámpara de su tocador iluminaba el espacio con un resplandor dorado, reflejándose en los brocados de las cortinas y en los muebles de madera oscura. A su alrededor, las bolsas de compras estaban apiladas sobre la cama, un recordatorio de la tarde que había pasado con Thomas. Con los dedos recorrió la tela satinada de la lencería blanca que había escogido en secreto. Era delicada, con un corsé ajustado que marcaba su cintura y una falda corta que caía con una gracia casi inocente. Las ligas a juego descansaban sobre sus muslos, esperando ser colocadas. No era vulgar ni descarada, pero había algo en la prenda que la hacía sentir… diferente. Se miró en el espejo y se obligó a no apartar la vista. Últimamente, había notado feliz la forma en que Thomas la observaba. No con la mirada analítica de él o la protección de un tutor. Era otra cosa. Algo contenido, intenso, como si en cualqu
Thomas exhaló lentamente mientras ajustaba los puños de su camisa. La luz tenue del estudio proyectaba sombras suaves en su rostro, resaltando el cansancio en su expresión. No estaba preocupado, pero tampoco era algo que pudiera ignorar. “¿Ya está todo listo?” preguntó, sin apartar la vista de los documentos sobre su escritorio. “Sí, señor,” respondió Alfred con la precisión de siempre. “El equipaje está en el auto y la casa ya fue preparada para su llegada.” Thomas asintió con un leve movimiento de cabeza. No solía huir, no era su estilo. Pero después de encontrar esa nota en su auto, prefirió mantener a Anfisa fuera del peligro hasta que la policía pudiera rastrear su origen. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la tensión acumulada en su cuerpo. No estaba preocupado por él mismo. Estaba acostumbrado a las amenazas, a los mensajes velados. Pero Anfisa… Ella no tenía idea de en qué tipo de mundo estaba pisando. “¿Está lista?” preguntó finalmente. “Subió a cam
El sonido de los cubiertos chocando suavemente contra los platos era lo único que llenaba el aire mientras cenaban. Por primera vez, no había largas mesas de lujosas ni la formalidad opresiva de la mansión Hammond. La pequeña mesa de madera en la cocina apenas dejaba espacio entre ellos, un contraste total con los grandes comedores a los que Anfisa estaba acostumbrada. Aquí, Thomas estaba cerca. Demasiado cerca. Las dos mujeres encargadas de la casa se acercaron a la puerta, listas para retirarse. “Señor Hammond, señorita, nos vamos. Si necesitan algo, estaremos temprano en la mañana.” Thomas asintió sin dejar de lado su porte imponente. “Bien. Descansen.” Las mujeres salieron, y la puerta se cerró con un leve sonido sordo. La casa quedó en completo silencio. Anfisa bajó la mirada a su plato, girando distraídamente el tenedor entre los dedos. El ambiente se sentía distinto. No solo porque era la primera vez que cenaban fuera del frío lujo de la mansión, sino porque ah