CAPITULO XLVII

“Resístelo un poco más…” murmuró. Tras acariciar lentamente su sensible capullo, Thomas sintió las caderas de Anfisa arquearse en su mano que masajeaba su rosado nudo, buscando más. Podía ver las perlas de sudor brillantes formándose en su piel, oír sus gemidos de placer. Su aroma era embriagador, llevándolo al borde de la locura; casi sentía que era otro de sus sueños húmedos, verla así.

Thomas no pudo contener un gemido al ver cómo los muslos temblorosos de Anfisa se estremecían con la creciente tensión. Podía sentir su creciente sequedad cubriendo sus dedos, su cuerpo delatando su desesperada necesidad de liberación. Inclinándose, su aliento rozó su piel caliente, provocándola sin piedad.

“Estás lista”, susurró con la voz ronca por el deseo. “Déjame saborear tu dulzura”. Sopló suavemente sobre su sensible hendidura, observándola temblar y gemir bajo él. Thomas sabía que estaba jugando con fuego, pero verla retorcerse de placer era embriagador.

Anfisa sentía un torbellino de e
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