CAPITULO XXXVIII

Thomas sentía el calor de su cuerpo como un veneno dulce recorriendo su piel. Anfisa estaba sentada en su escritorio, con las piernas ligeramente abiertas, dejándolo entre ellas como si su presencia ahí fuera natural. Pero no lo era. Nada de esto lo era.

El peso de su mirada sobre él era insoportable. Sus labios estaban entreabiertos, húmedos, listos para tentar. Y cuando se inclinó, con torpeza, con inocencia disfrazada de atrevimiento, Thomas sintió que algo dentro de él se rompía un poco más.

No debía estar disfrutando de esto. No debía sentir la necesidad cruda y voraz que le recorría el cuerpo. Pero ahí estaba, clavada en su carne como una maldita espina.

No la tocó. No se permitió hacerlo. Sus manos permanecieron a sus lados, convertidas en puños de puro autocontrol.

El roce de sus labios era suave, indeciso. Como si estuviera explorando, como si estuviera aprendiendo. Y eso lo mataba más que cualquier otra cosa.

Era virgen. No solo en el sentido carnal, sino en todo.
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