CAPITULO XLIII
El sonido de los cubiertos chocando suavemente contra los platos era lo único que llenaba el aire mientras cenaban. Por primera vez, no había largas mesas de lujosas ni la formalidad opresiva de la mansión Hammond.

La pequeña mesa de madera en la cocina apenas dejaba espacio entre ellos, un contraste total con los grandes comedores a los que Anfisa estaba acostumbrada. Aquí, Thomas estaba cerca. Demasiado cerca.

Las dos mujeres encargadas de la casa se acercaron a la puerta, listas para retirarse.

“Señor Hammond, señorita, nos vamos. Si necesitan algo, estaremos temprano en la mañana.”

Thomas asintió sin dejar de lado su porte imponente. “Bien. Descansen.”

Las mujeres salieron, y la puerta se cerró con un leve sonido sordo. La casa quedó en completo silencio.

Anfisa bajó la mirada a su plato, girando distraídamente el tenedor entre los dedos. El ambiente se sentía distinto. No solo porque era la primera vez que cenaban fuera del frío lujo de la mansión, sino porque ah
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