El terror de que Alexander me hubiese reconocido me atrapó por la garganta como un insecto espinoso y amargo. Sentí el impulso de dar la vuelta y salir corriendo ahora que lo tenía frente a mí. A pesar de que habían pasado tantos años, seguía siendo tan él: con el gesto apretado, con su mirada que parecía perforar todo a su alrededor. No se sabía cuál de los dos estaba más paralizado en su sitio. **¿Me reconoció?**, pensé. Nicolás me había reconocido. Tenía que salir de ahí, tenía que salir de ahí en ese preciso instante, antes de que las cosas empeoraran. Pero algo me contuvo, algo me sostuvo fuertemente en ese lugar: mi hijo. Jason. Sabía que si yo no hacía aquello, probablemente moriría. Así que me armé de todo el valor que no tenía. Di un paso al frente, y luego otro, y otro. Cuando llegué a la mesa donde estaba Nicolás, estiré la mano. Él la estrechó, aunque por su cara se notaba que le sorprendía verme. — ¿Le sorprende verme? — le dije, sacando todos los dotes artísticos de
Me quedé ahí, observando la mano de Nicolás extendida hacia mí. ¿Cómo podía pedirme aquello? ¿Cómo podía pedirme que fuera a ver a su familia y a su empresa? Era ridículo, y me llenó el cuerpo de una inseguridad que no había sentido hasta ese momento. ¿Regresar a Floralvo? No, no sería capaz de atreverme a hacer tal hazaña, no hasta estar completamente preparada. Él seguía extendiendo su mano hacia mí. — No creo que sea lo correcto — le repetí. Pero él insistió. — Una vez que conozca la empresa y lo que hacemos, tendrá más deseos de invertir con nosotros. Tenía razón. Tarde o temprano tendría que hacerlo. Tarde o temprano tendría que enfrentar a toda la familia Montalvo. Era una buena oportunidad. Si Nicolás, que había sido mi esposo, que se había acostado conmigo, el hombre de quien me había enamorado, no me había reconocido, entonces podría averiguar si el resto de la familia tampoco lo haría. Si ninguno me reconocía, entonces mi plan saldría aún más perfecto. Era un riesgo m
Pude notar en los ojos de Michelle una muestra de reconocimiento. Tuve temor de que hubiera visto en mis ojos quién era yo y hubiera logrado reconocerme de alguna manera. Pude verlo en su rostro apretado. Abrió la boca para decir algo, pero vaciló. — ¿Quién es esta? — dijo después de un largo segundo. — Michelle, por favor — la regañó Nicolás — . Ella es Elisa Duque, la socia de la que te estuve hablando la semana pasada. Queremos hacer negocios para Europa. Michelle dio un paso hacia mí y yo traté de guardar la compostura. Extendí la mano hacia ella, y cuando la mujer estrechó la mía, ambas apretamos con muchísima fuerza. Su mano era fría y pegajosa, como la de una serpiente, como un reptil. — Se parece mucho a… — dijo Michelle, pero Nicolás la interrumpió. — Sí, ya se lo dije — comentó Nicolás, cortándola con rapidez. Al parecer, no quería que siquiera lo mencionara — . Pero es solo una casualidad. Elisa, te presento a mi esposa. Yo aproveché la oportunidad. Tenía que segu
Me quedé ahí, escuchando atentamente a Kevin, pero el hombre parecía que no encontraba las palabras para continuar. — Mejor vamos a un lugar más tranquilo. Esta empresa me produce escalofríos — le dije. Él asintió. — Tienes razón. Vamos a una cafetería. Llevas mucho tiempo sin estar en la ciudad. Mereces estar un rato agradable en un lugar bonito. Dicho esto, encendió el motor y aceleró. No pronunciamos ni una sola palabra en el transcurso hacia la cafetería. Yo sabía que él me contaría todo en su debido momento, aunque en ese instante me estaba muriendo de curiosidad. ¿Qué tenía que ver en esto mis hijos, su futuro, con mi venganza? La cafetería a la que me llevó Kevin era hermosa, alta, con techos hechos de paja, agradable. Pedí un té helado para mí, mientras Kevin se pidió un capuchino. — Ahora sí, ¿vas a explicarme de qué estábamos hablando? — le pregunté. Él suspiró profundo. — Por favor, no me vayas a odiar por esto. Pero tú dijiste que no querías saber nada de los M
e quedé ahí, prácticamente paralizada, mientras Kevin sostenía su celular al otro lado. Nicolás le habló, a pesar de que Kevin hizo todo lo posible para que yo no escuchara. Oí claramente lo que le decía: — ¿Estás ocupado esta mañana? — le preguntó. Kevin negó con la voz. — Perfecto. Necesito que vengas a la empresa lo antes posible. La mujer de la que te hablé ya llegó al país. Tuve mi primera cita hoy con ella, pero no la noto muy segura. Tú sabes muy bien que necesitamos, con urgencia, que las cosas con ella funcionen. — Entiendo — dijo Kevin, sonriendo de medio lado — . Entonces, ¿me involucrarás un poco más en esa área de la empresa? Todos estos años solamente me he dedicado a los asuntos legales. Nicolás se quedó en silencio un momento. Al otro lado del teléfono, yo apreté con fuerza los puños ante la expectativa de lo que estaba a punto de suceder. — Sí, has trabajado fielmente para mí durante estos diez años y me has demostrado confianza, lealtad y discreción. No con
Kevin me dejó en el orfanato con rapidez y luego regresó a la ciudad. Espero que le diera tiempo de llegar e inventar una excusa para Nicolás del porqué llegaba tarde. Yo le dije que podía llegar al orfanato yo sola, pero él se negó y no estuvo tranquilo hasta que me vio cruzar por las puertas del lugar. Pero en cuanto entré, lo primero con lo que me encontré fue con la fría mirada de la hermana Sol, que me observó directamente a los ojos cuando crucé por la puerta. — Tenemos que hablar — me dijo la monja, y yo asentí. Había sido prácticamente como una madre para mí. Los míos, después de mi supuesta muerte, habían empacado sus cosas y se habían largado para otro país. Tal vez presas del miedo que les generaban los Montalvo ahora que ya no emparentaban y que ya no eran parientes, porque yo ya no estaba. Seguramente les aterraba la idea de que pudieran hacer algo en su contra. De todas formas, desaparecieron. Hasta donde supe, ni siquiera visitaron mi supuesta tumba ni una sola ve
Sentí cómo el corazón me latió con tanta fuerza que, cuando la sangre subió a mi cabeza, me mareé. Tuve que apretar con fuerza el muro que estaba mirando para no caer. Levanté el mentón, fingiendo un orgullo que no tenía, y le pregunté directamente: — ¿Te refieres a...? ¿De qué diablos estás hablando? — Ya te lo dije. Yo sé muy bien quién eres. Eres una aprovechada. He conocido mujeres como tú, mujeres que se aprovechan de hombres atolondrados que no saben dónde meter las pelotas. ¿Crees que para mí es difícil verlo? Allá en Europa, en tu querida Francia, tienes todo lo que deseas. ¿Por qué viene a importarte una empresa de flores tan al sur, en un continente de pobres, en un país de pobres? Que ella pensara eso sobre nuestro país me hizo odiarla un poco más. Pero al menos me sentía aliviada; entendía ahora a qué se refería cuando lo dijo por primera vez. Estaba segura de que me diría: "Tú eres Evangeline Leroy". Pero no. Entonces traté de seguir con mi acento neutro y levanté el
Indiscutiblemente era la voz de Nicolás. Puedes escuchar cómo los pasos se acercaban, pero tenían las evidencias ahí. Solamente era acceder a ese video y encontraría la forma de demostrar mi inocencia, pero no pude. No en ese momento. Tenía que seguir manteniendo el pasado, tenía que seguir en la misión principal: salvar la vida de mi hijo. Así que, con todo el dolor del mundo, me puse de pie, dejando todo tan rápido como lo había encontrado, que la excusa que había ideado mi cabeza en ese momento funcionara. Porque, en el momento en el que abrí la puerta, Nicolás apareció con sus ojos oscuros abiertos, mirándome. — ¿Qué está haciendo aquí? — me preguntó sorprendido.Yo me aclaré la garganta. Quise tratar de que mi tono de voz fuera lo más calmado posible y esperé haberlo logrado. — Me perdí — fue lo único que dije — . Caminaba por los pasillos buscando las escaleras, ya que el elevador estaba muy lleno, y encontré este lugar — señalé las pantallas — . Quería asegurarme de que la se