Capítulo II

Un dolor palpitante me obligo llevar mi mano hasta mi cabeza, sentía que iba a explotarme en cualquier momento. Abrí mis ojos como pude, no había mucha luz en este lugar, ni tenía idea de donde me encontraba hasta que recuerdos de lo que me paso azotaron mi mente provocando más dolor en todo mi cuerpo.

Respire profundo tratando de no entrar en pánico captando en seguida un olor a madera, cuero y especias quizás orientales. Junto a ello, una ligera esencia a tabaco caro y almizcle penetraba suavemente en cada respiro, como si cada objeto en la habitación tuviera su propia huella olfativa, cuidadosamente seleccionada.

Poco a poco mi vista enfocaba más los detalles de la habitación que claramente no es mi aposento lo que me llevaba a hacerme la pregunta, ¿Dónde estoy? Entonces en ese momento la máscara roja llego a mis recuerdos, ¿Quién es ese hombre? El ruido de los disparos erizan cada vello de mi piel, él… él asesino a esos hombres.

Debo salir de este lugar, me descubro notando que llevo un camisón de lo que creo es seda y de una muy cara, pero no hay tiempo para pensar en eso. Recorro con la mirada la habitación buscando señales de mi ropa, pero no hay señal de ella en este sofisticado aposento en donde cada detalle estaba cuidadosamente seleccionado para transmitir un aura de opulencia y frialdad a la vez.

La luz tenue de unas lámparas de diseño minimalista iluminaba el espacio, creando una atmósfera de misterio y dominio. Nada de esto era mi estilo, vi tres puertas una frente a mí, otra en la esquina derecha y la otra en la izquierda, no debo ser adivina para saber que la frontal es la salida.

Incentive a mis piernas a moverse una detrás de otra hacia la puerta frente a mis narices. Toque el frio pomo de esta y abrí encontrando un pasillo desolado, con la misma temática de decoración elegante y oscura que se encontraban la habitación.

Las paredes estaban adornadas con paneles de madera tallada en negro profundo, intercalados con detalles en rojo en las molduras y en las luces empotradas que ofrecían una iluminación suave y tenue, casi teatral.

Lo curioso es que no hay una ventana que me indique por donde debo ir, ¿en qué piso estaré?, se me acelera el corazón en cuanto escuche voces acercarse, no podía quedarme como una tonta parada allí y mi brillante idea fue ingresar rápido a la habitación.

Corrí tratando de no hacer ruido hasta la cama y me cubrí con las colchas rojas, cerré mis ojos y rece en mi interior para que crean que sigo dormida. La puerta del aposento se abrió, escuche pesados pasados venir hasta la cama y pude sentir la presencia de alguien frente a mí.

—¿Es toda la información que tienes? —esa voz ronca se escuchaba dominante y peligrosa, no escuché respuesta alguna—. Bien, si encuentras algo más, me lo haces llegar —todo fue una dicho como una orden.— Sé que estas despierta —contuve la respiración, ya no había vuelta atrás.

Abrí mis ojos y el mismo hombre que asesinó a esos sujetos me estaba mirando. La mitad de su rostro cubierto por una máscara roja, él me miraba desde arriba, inmóvil, con su presencia imponente dominando la habitación.

Llevaba un traje negro, ajustado y sofisticado, con una camisa blanca que contrastaba suavemente con su atuendo oscuro. La máscara, apenas sujeta, descansaba sobre su rostro, revelando sus ojos oscuros y penetrantes que observarme de manera implacable.

Mi respiración se encontraba algo acelerada, pero trate de controlarme porque me dolía respirar fuerte.  El silencio se alargó entre ambos, la tensión palpable como el aire denso que llenaba la habitación. Observe con cautela como cruzaba sus brazos sobre su pecho, su postura rígida y controlada mientras un anillo dorado descansaba en su dedo índice con alguna especie de símbolo.

—Te he salvado, ¿no deberías mostrarme agradecimiento? —interrogo con rudeza, me vi obligada a tragar saliva por su forma tan brusca de expresarse.

—Gracias… —desvié mi mirada a otro lado que no sea su expresión tan salvaje, lo escuche dejar salir un bufido.

—Bebe eso —ordeno, lo mire señalar una pastilla en la mesa que tenía una nota con letras muy pulcra que decían ‘‘Tómala’’ junto a un vaso con agua, ¿y si quería drogarme? Pensé enseguida y lo mire insegura. Su expresión se endureció mucho más y sentí miedo, por lo que estire mi mano y tome la pastilla, si el me salvo, no creo que vaya a matarme.

—Buena chica —murmuró—, le diré a una de mis trabajadoras que te de algo de comer —expreso antes de empezar a caminar hacia la puerta.

—Espera —pedí, lo vi detenerse y luego mirarme por encima de su hombro con cierta superioridad que me resultaba incomoda, sin embargo, no podía decir nada—. Quiero irme a mi casa —susurró jugando con mis dedos, me preocupa mi pequeño Teodoro.

—No —su voz fuerte cortante, sin espacio para dar quejas o replicaciones.

—Por favor… —mi voz se quebró y mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Me perteneces, ahora —es lo que me dijo antes de abandonar la habitación. Las lágrimas empezaron abajar por mis mejillas, no entendía nada, ¿Quién es él? ¿Por qué me tiene aquí?

(…)

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que el hombre quien se llama así mismo coronel, me declaro que le pertenezco. Todo estuvo en silencio, lo único que escuchaba en la aposento era mi respiración hasta que el sonido de la puerta abriéndose lentamente me hizo contener mi aliento, pero me relaje al ver a una señora de unos cincuenta ingresar.

La señora entró con un carrito lleno de bandejas de comida humeante. Su rostro mostraba una mezcla de ternura y profesionalismo mientras acercaba la bandeja a la cama.

—Aquí tiene —dijo la mujer con suavidad, colocando los platillos cuidadosamente en una mesa auxiliar a mi lado, ¿Cómo podía verme de ese modo? ¿Acaso no sabía la señora que yo me encuentro aquí en contra de mi voluntad? —. Coma algo, señorita Alina, será mejor para usted —ella sabe mi nombre.

—¿Sabe cómo me llamo? —interrogue, ella asintió con una sonrisa.

—El señor, me dijo su nombre y me ordeno prepararle algo de comer —me conto con cierta alegría en su voz, ¿acaso no se da cuenta que estoy secuestrada por su jefe?

La mire con la mirada más suplicante que podía poner en este momento de angustia notando como ella cambio su expresión a algo más seria y preocupada al verme derramar lágrimas.

—Por favor… —empecé a decir con voz temblorosa—. Ayúdame a salir de aquí —mi petición salió en una súplica, ella me miro con mucho pesar en su mirada.

—No puedo hacer eso, señorita —lo dijo firme pero no brutal, más bien compasiva, como si entendiera el peso de sus palabras, como si no podía quebrar las reglas.

Sentía toda esperanza de salir de este lugar nulas, pero no podía darme por vencida tan rápido. Por lo que sujete sus arrugadas manos y la mire con mis ojos chorreando lágrimas.

—Entonces, al menos llévame lejos de aquí. Cualquier lugar… —suplico, con voz apenas en un susurro entrecortado.

La señora solo bajo su mirada, sus ojos profundos mostraban cierta tristeza, pero lo que dijo solo pudo darme a entender que nunca voy a poder salir de este lugar.

—No puedo hacerlo. Es peligroso —el miedo en sus ojos solo confirmaba que ayudarme podía ponerla en peligro y no me quedo de otra que dejar salir un sollozo y dejarla ir, ella recogió el carrito con suavidad y abandono la fría habitación.

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