Anaís apoyó la cabeza contra la ventana, observando el paisaje urbano pasar con rapidez mientras su mente volvía una y otra vez a la nota encontrada bajo la puerta de su habitación."Ten cuidado en quién confías. No todos tienen las mejores intenciones."El mensaje resonaba en su cabeza, pero decidió no mencionarlo a Ernesto. No quería alarmarlo ni sembrar sospechas sin pruebas claras. Aunque su gesto de traerle flores y su actitud hacia ella habían sido genuinos, ¿podía estar segura de que no había algo más?El viaje, cargado de tensión, terminó cuando el taxi llegó frente a su casa. Anaís bajó, dejando atrás las dudas por un momento. Se concentró en descansar, tratando de recuperar algo de normalidad en su vida.Al día siguiente, llegó temprano a la empresa, como siempre. El ritmo de trabajo y las exigencias del negocio familiar le brindaban un escape de los pensamientos que habían comenzado a acumularse. Todo iba según lo planeado hasta que su asistente, entró en su oficina con una
Anaís permanecía inmóvil frente a la ventana del coche, mientras los reporteros estaban entrevistando a su prima, quien, sin duda, disfrutaba de la atención. Estaba observando la ciudad que parecía seguir su curso ajena al caos que acababa de desatarse en su vida. Aunque su postura reflejaba calma, en su interior se libraba una tormenta de emociones. Frustración, confusión y un enojo abrasador latían en su pecho. Era una mezcla paralizante que le dificultaba pensar con claridad, pero al mismo tiempo, la impulsaba a actuar.Su mirada se endureció mientras se prometía que no dejaría que Lucrecia se saliera con la suya. Había trabajado demasiado duro para que el legado de su familia, construido con esfuerzo y sacrificio, fuera arrebatado de esa manera.— Señorita Anaís.La voz de su asistente la sacó de sus pensamientos. Su asistente estaba de pie detrás de ella, luciendo algo nerviosa pero decidida.— ¿Qué haces aquí? — preguntó Anaís, girándose con una expresión que intentaba ser neutr
El aire en el edificio estaba cargado de tensión. Ernesto, con los puños apretados, cruzó el vestíbulo a pasos largos. Apenas vio a Rogelio, su hombre de confianza, esperándolo junto al ascensor, lo fulminó con la mirada.— ¡¿Cómo carajos ocurrió esto, Rogelio?! — bramó, su voz resonando con furia.Rogelio dio un paso atrás, visiblemente tenso, pero mantuvo la calma. Su amigo nunca se mostraba furioso. Lo conocía desde hace años, era más que un amigo, era como un hermano para él. Sin embargo, ahora estaba muy molesto y no exactamente porque esa mujer la involucró, sino porque la razón de su ser ha sido lastimada. Rogelio nunca había visto a Ernesto tan interesado en una mujer, como lo está por la señorita Anaís, y debe admitir que le gusta ella para su amigo.— Ernesto, al parecer esa mujer ha estado siguiendo a la señorita Anaís.El hombre se acercó, invadiendo el espacio personal de Rogelio, su rostro rojo de ira.— ¿Siguiendo a Anaís? ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?A Ernesto no
El reloj marcaba las nueve p.m., pero Anaís seguía inmersa en los documentos que el abogado había recopilado. Cada página era como una daga que perforaba su confianza en el sistema que había construido. Los números no cuadraban, las firmas parecían falsificadas, y había transacciones que nunca había aprobado. Era imposible que en ese corto lapso de un mes ocurriera todo eso. La rabia bullía en su interior, pero decidió que la furia no sería suficiente. Necesitaba acción más acción. Ya había dado el primer paso, solo quedaba esperar.El timbre sonó, llenando su piso. Se puso de pie y al abrir la puerta, se queda casi sin aire. Ernestoestía un traje, pero sin chaqueta. Su camisa blanca estaba ligeramente ajustada, destacando los músculos de su pecho y brazos. Los primeros dos botones estaban desabrochados, revelando un destello de piel, y las mangas remangadas hasta los codos añadían un aire despreocupado. Anaís tragó en seco, sintiendo cómo el ambiente se cargaba.Ernesto, notando la m
Y tal como se suponía debía de pasar, la mañana inició con un escándalo monumental. La prensa no solo rodeaba el edificio Santana, sino también de la familia Guerrero, la mansión cualquier lugar donde pudieran encontrarlos para tomar nota. El internet estaba colapsado, y los seguidores de ambos bajaron brutalmente, tanto como los comentarios negativos hacia su persona.“De amante a ladrona. La nueva cara de la corporación Santana no conforme de arruinar el matrimonio de su prima, convirtiéndose en la amante del mismísimo señor Jorge Guerrero, también, decidió robar su empresa.”Las fotos publicadas de ellos dos, en Londres, en Grecia y varios países más donde se suponía Jorge iba por viajes de negocios.La pantalla del televisor iluminaba suavemente la habitación, llenando el espacio con las voces de los presentadores de noticias. Ernesto Salinas estaba recostado en su sofá, con una pierna cruzada sobre la otra, y una sutil sonrisa orgullosa jugando en sus labios. Parecía un rey en su
La desesperación de ambos era muy notoria. Ernesto la levanto con sus fuertes brazos y la condujo hasta la habitación; mientras Anaís buscaba desesperadamente desprender su camisa.— ¿Estás segura? — preguntó Ernesto. Sabía que ella amaba locamente al imbécil de Jorge, y no deseaba que este encuentro se basara en algo relacionado al despecho. Él realmente lo anhelaba, lo deseaba —. Podemos parar…— Te deseo Ernesto — interrumpió Anaís, sosteniéndolo del rostro —. Quiero que me hagas el amor.Ernesto no dudó más. Solo eso necesitaba para finalmente dejarse llevar por todo lo que lleva en su corazón. La acariciaba como si su vida dependiera de eso, quería absorber cada parte de su ser, memorizar cada parte de su cuerpo, cada curva. Contar todos los lunares que posee, y saborear su éxtasis.Era un sueño hecho realidad. Anaís Santana se había convertido en su mujer.— Eres mía Anaís. Desde este momento me perteneces y no hay nada ni nadie que pueda cambiar eso. — Anaís sonrió, mientras gi
Por otra parte, Anaís estaba acostada sobre el pecho de Ernesto.— Fue asombroso — susurró ella.— Lo fue… Realmente lo fue — respondió, dejando un beso en su cabeza.— Bueno, debemos ponernos de pie. Debo revisar algunos documentos para ver si encuentro alguna cosa en contra de mi prima.Ernesto guardó silencio por un momento, como si estuviera evaluando su respuesta.— Yo te los conseguiré, si no te molesta.— Eso sería de mucha ayuda, bebe… — respondió.«¿Bebé?» Pensó Ernesto. Es un hombre imponente, poderoso y peligros, y se encuentra derretido porque su mujer lo llama bebé.— Bien. Recuerda que tienes aliados, Anaís. No estás sola en esto.— Lo sé. Gracias, Ernesto.— Y no olvides que mañana inicia la construcción y hoy tienes una cena conmigo.— Es imposible hacerlo si me lo recuerdas con ese tono. — Ernesto soltó una risa leve y se despidió —. Por cierto, Abba se contactó conmigo. Los socios no están contentos con lo que circula y planean vender sus acciones.— Eso es algo buen
El golpe fue directo. Lucrecia sintió cómo su rostro ardía de vergüenza y furia. ¿Cómo se atrevía ese hombre a hablarle así? Iba a protestar, pero Carla la sujetó del brazo y murmuró: — Lucrecia, ya hay gente mirando. Vámonos.Un grupo de curiosos se había reunido en la acera, observando el espectáculo. Consciente de las miradas, Lucrecia se retiró, pero no sin antes lanzar una última mirada de odio hacia Rogelio y el conserje.Una vez en el coche, Carla trató de calmarla.— Es mejor dejarlo, Lucrecia. No puedes ganarles a todos.Pero Lucrecia no estaba dispuesta a rendirse.— Ese hombre... — dijo entre dientes —. Voy a averiguar todo sobre él. Nadie me humilla así.Mientras tanto, Anaís observaba la escena desde una ventana en el piso superior. No podía evitar sentir una mezcla de satisfacción y lástima. Conocía bien a Lucrecia, su impulsividad y su orgullo desmedido. Pero Anaís ya no era la misma mujer que su prima había conocido. Había aprendido a jugar el juego, y ahora estaba gan