CAPÍTULO 30.

La habitación estaba en silencio, salvo por el suave susurro del viento que se colaba entre las rendijas de la ventana. Lina, con el rostro pálido y las manos temblorosas, se despertó lentamente. La confusión la envolvía como una niebla espesa, tratando de comprender lo que estaba pasando. No recordaba nada. Ni cómo había llegado aquí, ni qué le había sucedido. Solo sabía que estaba en un lugar extraño, con paredes cálidas y acogedoras, pero vacías de recuerdos.

—¿Dónde estoy? —susurró, mirando a su alrededor. Sus ojos vagaron por la habitación hasta que se posaron en Selene, que la observaba con una sonrisa suave.

Selene se acercó, sentándose en el borde de la cama. Su expresión era tranquila, pero algo en su mirada delataba la preocupación que sentía.

—Tranquila, Lina. Estás a salvo. Estás en casa de Kael. —Selene acarició suavemente la mano de Lina—. Soy Selene. No me conoces aún, pero soy la madre de Kael.

Lina parpadeó varias veces, como si intentara recordar. Algo, alguna chispa
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