CAPÍTULO 37.

Dorian se acercó al lobo que sostenía a la niña.

—Llévatela —ordenó con frialdad, su voz era un filo cortante que no admitía réplica. El lobo asintió y desapareció en la penumbra, dejando a Clara con el corazón encogido por el miedo.

—Por favor… no le hagas daño —susurró ella, su voz apenas es un temblor.

Dorian se giró lentamente hacia ella, con una sonrisa torcida que no tenía nada de amable. La observó con una mezcla de triunfo y deseo oscuro.

—Eres fuerte, ¿no? Una bruja… una hechicera poderosa. Pero mírate ahora —sus dedos atraparon su mentón con fuerza, obligándola a alzar la mirada—. Arrodíllate.

Clara vaciló un segundo. El pensamiento de su hija, vulnerable y sola, la aplastó como un peso insoportable. Con el alma rota, obedeció, dejando que sus rodillas tocaran el suelo frío.

Dorian se agachó a su altura, sus ojos brillando con una furia oscura.

—Podría … destrozarte si me lo propongo. Pero quiero verte quebrarte por voluntad propia.

Clara cerró los ojos con fuerza, intentan
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