CAPÍTULO 36.

Kael se encontraba en el borde de la reserva, observando las sombras del bosque con el ceño fruncido. Desde la lucha con Dorian, un malestar persistente no lo dejaba en paz, una sensación punzante que no lograba ignorar.

—Clara debería haber regresado —murmuró, más para sí mismo que para Ragnar, quien se mantenía a su lado, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

—Ella me prometió no desaparecer sin avisar —respondió Ragnar, con el tono grave y tenso—. Algo no está bien.

Kael asintió, sintiendo que la preocupación le carcomía el pecho.

—¿Crees que Nyssa…? —Ragnar escupió el nombre con desprecio—. Ella asumió el mando tras la desaparición de Dorian, tomó control de la manada en su ausencia. No me fío de ella, y tú tampoco deberías hacerlo.

Kael apretó los puños, tratando de controlar el instinto salvaje que hervía bajo su piel.

—Si le ha hecho algo, lo pagará —gruñó Kael, con una amenaza latente en cada palabra—. Pero no siento su rastro. Es como si…

—Como si se hubiera desvan
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