CAPÍTULO 38.

El lobo sostenía a la niña en sus garras. Las órdenes eran claras: deshacerse de ella. Emma lo miraba con ojos brillantes, demasiado serenos para una criatura tan pequeña.

—Eres solo una mocosa —murmuró, endureciendo la mandíbula.

La niña inclinó la cabeza, como si entendiera sus palabras. Luego, el aire a su alrededor se volvió denso. Una brisa helada surgió de la nada y las sombras parecieron alargarse. La bestia sintió cómo sus patas temblaban sin razón aparente.

De repente, su pecho ardió.

Un dolor invisible lo atravesó, obligándolo a soltar a la niña y retroceder con un gruñido. Miró su torso, buscando heridas, pero no había nada.

Emma extendió una de sus manitas. La brisa se intensificó, y el lobo sintió su cuerpo paralizarse. Su respiración se volvió errática. No podía moverse.

—¿Qué demonios…? —gimió, con el hocico crispado.

La niña sonrió. Sonrió.

Esa criatura no era normal. No era solo la hija de una humana y un lobo… Era algo más.

Soltó un gruñido de frustración y, con esfu
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