El reflejo en el espejo me devolvió una mirada que ya no reconocía. Ojos hinchados, mejillas húmedas, y ese cuerpo... ese cuerpo que parecía ser mi peor enemigo. Me sequé las lágrimas con rabia mientras las palabras de Miguel seguían martilleando en mi cabeza: “No puedo seguir así, María. Una relación es mitad y mitad, y tú no estás aportando nada. Ni siquiera te esfuerzas por verte mejor.” Me había arrojado esas palabras como quien tira basura, justo después de que descubriera los mensajes de Lucía en su teléfono. Lucía con su talla 36, su trabajo en marketing y su "energía positiva" que tanto mencionaba últimamente. Tres años juntos. Tres años soportando sus miradas de decepción cada vez que mi cuerpo se negaba a responder a las dietas. "No es tu culpa," había dicho mi endocrinóloga. "Es el síndrome de ovario poliquístico. Afecta tu metabolismo." Pero mi destino dio un giro cuando Alejandro, claramente harto de que su padre se metiera en su vida sentimental, me confundió con una de esas candidatas ridículas que le habían programado para casarse. Yo apenas podía creerlo. Mientras él esperaba que le hablara de compatibilidad, bodas en la playa o cuántos hijos quería tener, yo—sin tener idea de esa confusión—le hablé con toda mi pasión sobre estrategias empresariales, sobre cómo organizar un caos administrativo en menos de una semana, sobre cómo ser eficiente incluso cuando el mundo espera que falles por cómo te ves. Y ahí… algo cambió. En su mirada. Y en la mía también.
Leer másNunca imaginé que terminaría en el asiento de un auto lujoso, junto a un CEO que parecía sacado de una novela, escuchando la propuesta más absurda —y aterradora— de mi vida.Un contrato de matrimonio.No pude evitar reír, aunque fue más un suspiro nervioso que otra cosa. Lo miré de reojo. Él no sonreía. Hablaba en serio.—¿Estás… estás bromeando? —pregunté, esperando que lo estuviera. Que todo fuera una especie de prueba extraña, un test de personalidad de esos que solo los ricos entienden.Pero no. Su mirada era firme. Inquietantemente serena. Como si lo que acababa de decir fuera tan normal como ofrecerme un café.Mi corazón latía con fuerza. Sentía las palmas húmedas.—No puedo aceptar eso —dije, al fin. Mi voz temblaba un poco, pero estaba segura. Lo estaba.—¿Por qué? —preguntó, sin molestarse. Más confundido que otra cosa.Respiré hondo.—Porque no vine aquí para casarme con nadie. Quiero que me contraten por lo que sé hacer, no por… no sé, algún capricho tuyo o por esta conexió
Desde la oficina de dirección, el edificio parecía otro universo. Alto, perfecto, ordenado. Todo exactamente donde debía estar. Y yo, como siempre, en el centro de ese orden. Imperturbable. Infalible. En absoluto control.Al menos eso creí hasta que la vi a ella.Desde la ventana observé a una mujer arrodillada, calmando a una niña que nadie más quiso tocar. Una niña cubierta de tierra, temblando, pequeña, vulnerable.Mi niña. Mi hija. La pequeña que secretamente representaba la única fisura en mi armadura impenetrable.Alrededor de ellas, otras mujeres permanecían erguidas, impecables y frías, muñecas caras demasiado preocupadas por manchar sus vestidos. Altivas, distantes, más pendientes de la suciedad en sus zapatos que del llanto de una niña.Pero ella… ella era diferente.No dudó, no vaciló, no buscó aprobación ni validación en miradas ajenas. Simplemente la sostuvo, la abrazó. Le habló con una suavidad que, aun desde la distancia, me resultó desconocida. Algo en mi pecho se agit
Decidí no tomar transporte. Quería caminar. Necesitaba sentir el suelo bajo mis pies. Quemar el nudo en la garganta, el cansancio, la vergüenza. Cada paso era un intento de sacudirme la tristeza.El cielo ya estaba gris cuando doblé en mi calle. Estaba agotada, con los pies adoloridos y las ideas hechas polvo.Y entonces lo vi.Primero, con una ingenuidad desesperada, pensé que me había equivocado de lugar. Que había girado en la calle incorrecta, que el cansancio me había desorientado hasta llevarme a un edificio similar pero no el mío. Tenía que ser eso.Pero no. Las cajas. Mis maletas. Mis cosas… ahí, tiradas fuera del edificio.Como basura abandonada.—No, no, no... —las palabras escapaban de mis labios como una plegaria inútil, como si pudiera revertir la realidad con mi negación.Mi corazón se detuvo un segundo. Me acerqué con pasos torpes, incrédula, buscando una explicación lógica. Alguna broma. Un malentendido.Algo. Por favor, algo.Ahí estaba mi bolso de maquillaje, el que
Entré al edificio con paso firme, o al menos lo intenté. Por dentro, mi estómago era un revoltijo de nervios, pero mi cara… mi cara decía: "yo puedo con esto".El problema es que MEGACORP parecía más un aeropuerto que una oficina. Era enorme. Frío. Elegante. Con recepcionistas perfectas que apenas te miraban si no tenías tacos o un apellido compuesto.—Hola, tengo una entrevista para el puesto de secretaria ejecutiva —le dije a la mujer del mesón, con mi mejor voz profesional.Ella tecleó algo sin levantar la vista.—Piso 27. Oficina 13-B.—¿Y cómo llego al ascensor?—Al fondo, a la derecha —respondió, ya atenta a otra persona.Caminé como si supiera exactamente a dónde iba. Pero el ascensor al fondo a la derecha… daba a un pasillo. El pasillo a otro hall. El hall a otro ascensor que pedía una tarjeta que no tenía. Diez minutos después, estaba oficialmente perdida en uno de los edificios más importantes de la ciudad. Y empezando a sudar.Cuando finalmente di con el bendito ascensor co
A veces, la vida se ensaña con una precisión quirúrgica. Como cuando pierdes el trabajo un martes, te deja tu novio un miércoles y el jueves te das cuenta que ni el pantalón de “emergencia” te sube porque tu tiroides decidió jugar al sabotaje hormonal. El despertador sonó antes de que pudiera caer en un sueño profundo. Dormí a pedazos, con el pecho pesado, la mente agotada y una sensación incómoda de anticipación clavada entre los hombros. Pero aun así me levanté.La casa estaba en silencio, y por un momento deseé que alguien me deseara suerte. Pero no. Solo yo, mi reflejo, y el nuevo día esperándome con los brazos cruzados.Me duché. Me peiné. Elegí con cuidado una blusa que me encantaba, pero que siempre dudaba en usar porque marcaba demasiado. La dejé a un lado. Después la tomé de nuevo.La miré frente al espejo.Ahí estaba yo.Las curvas que tantos veían como un problema.El cuerpo que no había pedido, pero que era el mío.Y la rabia volvió, mezclada con tristeza, mezclada con fu
—No voy a ir, Lore. Cancela tú la entrevista, por favor. Inventa que me morí. Que me convertí en monja. Que me tragué un alfajor entero y me perdí en una dimensión paralela. Lo que quieras.Estaba hecha un ovillo en el sofá de Lore, con un moño mal hecho en la cabeza, envuelta en una manta que olía a helado de chocolate y derrota. Mis ojos estaban hinchados, y mi autoestima, en cuidados intensivos. Loreto, en cambio, brillaba como recién salida de una clase de pilates con Beyoncé.Ella me miró en silencio por unos segundos, cruzando los brazos sobre su polerón deportivo ajustado, como si estuviera evaluando qué tanto drama toleraría ese día.—¿Y por qué no vas? —preguntó al fin, sentándose a mi lado con una taza de té y una mirada que mezclaba ternura y amenaza pasiva-agresiva.—Porque… —suspiré, sintiéndome estúpida incluso antes de decirlo— porque estoy cansada de que me digan que no. De entrar a una sala y ver cómo sus ojos se clavan en mi cuerpo antes que en mi currículum. De comp
Miraba la taza de café enfriarse entre mis manos. El silencio del departamento, apenas roto por el tic-tac obstinado del reloj de pared, parecía anunciar lo inevitable. No fue sorpresa cuando Miguel habló, pero dolió igual.—No puedo seguir así, María. Una relación es de dos, y dos significa mitad y mitad. Llevo meses cargando con todos los gastos mientras tú... mientras tú sigues enviando currículums sin resultados.No dije nada. No enseguida. Su tono era frío, meticulosamente ensayado. Casi lo podía imaginar practicándolo frente al espejo, con esa misma postura, ese mismo suspiro indiferente.Lo miré, buscando en sus ojos alguna fisura. Una mínima señal de duda. Pero no. Solo había frialdad. Solo cálculo.—¿Y el amor? —pregunté, aferrándome con torpeza a los últimos hilos de esperanza.Suspiró como quien se quita de encima una carga vieja y molesta.—Esto ya no es amor. Hace tiempo que no lo es. Y tú lo sabes.Sí. Lo sabía. Lo había sabido desde hacía meses. Las miradas furtivas a s