Decidí no tomar transporte. Quería caminar. Necesitaba sentir el suelo bajo mis pies. Quemar el nudo en la garganta, el cansancio, la vergüenza. Cada paso era un intento de sacudirme la tristeza.
El cielo ya estaba gris cuando doblé en mi calle. Estaba agotada, con los pies adoloridos y las ideas hechas polvo.
Y entonces lo vi.
Primero, con una ingenuidad desesperada, pensé que me había equivocado de lugar. Que había girado en la calle incorrecta, que el cansancio me había desorientado hasta llevarme a un edificio similar pero no el mío. Tenía que ser eso.
Pero no. Las cajas. Mis maletas. Mis cosas… ahí, tiradas fuera del edificio.
Como basura abandonada.
—No, no, no... —las palabras escapaban de mis labios como una plegaria inútil, como si pudiera revertir la realidad con mi negación.
Mi corazón se detuvo un segundo. Me acerqué con pasos torpes, incrédula, buscando una explicación lógica. Alguna broma. Un malentendido.
Algo. Por favor, algo.
Ahí estaba mi bolso de maquillaje, el que me había regalado Lore en mi cumpleaños, ahora roto. Mis libros, algunos con las páginas dobladas, otros con las cubiertas arrancadas. Mis zapatos desparejados, uno aquí, su compañero metros más allá. Una fotografía con mis padres, arrugada y pisoteada, sus rostros sonrientes ahora atravesados por una huella de barro. Hasta mis pobres plantas, esas que había cuidado durante meses, yacían volcadas, con la tierra esparcida.
El mundo entero se detuvo cuando mis ojos encontraron mi diario personal abierto, expuesto, violado en su intimidad.
Miguel.
No había duda.
El portero me miró desde lejos con una mezcla de incomodidad y lástima. No dijo nada. No tenía que hacerlo.
La gente pasaba a mi lado con indiferencia, como si no pudieran ver el desastre emocional que ardía en silencio.
Tomé aire y subí las escaleras. Una parte de mí esperaba encontrar una explicación. Una disculpa. Una nota, siquiera. Algo que me dijera que no estaba completamente sola en esto.
Pero lo que encontré fue otra cosa.
La puerta del departamento estaba abierta. Y adentro, riendo, ella. La mujer rubia y atractiva de la entrevista. La misma de la foto.
Y junto a ella, Miguel. Tranquilo. Despreocupado. Con un vaso en la mano y el descaro en el rostro.
—¿Qué m****a es esto? —pregunté, con la voz temblando, aunque traté de mantenerme en pie.
Miguel me miró como si yo fuera una vecina molesta y no la mujer con la que había compartido años, sueños, una cama… y un departamento.
—Tus cosas están abajo —dijo, como si me estuviera haciendo un favor—. Pensé que te ahorraría la incomodidad.
—¿Qué estás haciendo? ¡Este departamento lo compramos juntos! —le espeté, sintiendo que las lágrimas comenzaban a acumularse, pero negándome a soltarlas delante de ellos.
Su sonrisa se torció.
—No, María. Tú lo pagaste conmigo, pero está a mi nombre. Tú misma quisiste dejarlo así, ¿te acuerdas? “Por confianza”, dijiste. Qué ternura.
Tuve que aferrarme al marco de la puerta para no caerme.
—Estás con ella… ¿aquí? —murmuré, incrédula—. ¿Ni siquiera tuviste la decencia de esperar?
—Por favor, no hagas un escándalo —dijo él, girando los ojos como si yo estuviera arruinando su velada romántica—. Hace meses que esto no funciona. Yo puse todo el dinero en los últimos pagos, así que tengo derecho a estar aquí. Vos no aportas nada hace rato. Solo estás de paso.
Me quedé en silencio. Porque cualquier palabra que intentara decir se ahogaba en un grito interno que no podía salir.
La otra mujer sonrió. Se acomodó en el sofá que yo misma había elegido, cruzando las piernas con elegancia fingida.
—Tal vez deberías buscar algo más acorde a tu estilo —dijo, como si fuera una sugerencia amable.
Y ahí lo entendí. No solo me había echado. Me había reemplazado. Borrado.
Bajé rápidamente las escaleras escuchando a mis espaldas sus risas burlonas.
Me senté entre mis cosas, con la taza que decía “un día a la vez” apretada contra el pecho como si pudiera contenerme. Marqué el número de Lore con dedos temblorosos.
—Lore… ¿Puedes venir por mí? Me echó, Lore... Está con otra ¡En mi sofá! No sé qué hacer.
—Voy para allá —respondió sin dudar—. No te muevas. Estoy en camino.
Colgué y me quedé en silencio, sintiendo que todo mi cuerpo era un temblor constante. Fue entonces cuando algo me hizo alzar la vista.
Un auto negro, enorme, de esos que parecen flotar en lugar de rodar, se detuvo justo frente a mí. Pensé que era una coincidencia. Un vecino, algún ejecutivo perdido. No tenía nada que ver conmigo. No me moví.
Hasta que la ventana trasera comenzó a bajar.
La niña. La pequeña del vestido blanco. La que había abrazado sin decir nada, cubierta de tierra. Me miró con esos ojos gigantes y, para mi sorpresa, sonrió. Y me señaló. Sin decir una palabra. Solo levantó el dedo y me apuntó, como si me estuviera eligiendo. Como si dijera: “Ahí está. Ella.”
Tardé unos segundos en procesarlo.
En el asiento del conductor. O quizás era el del copiloto. Ni siquiera sé cómo había llegado ahí tan rápido. Pero ahí estaba. Él.
El CEO. Impecable, seguro, con esa presencia irresistible que recordaba demasiado bien. Atractivo hasta rozar lo irreal.
La niña bajó la ventanilla un poco más. Señaló mis maletas y susurró:
—Papá dice que eres como mamá… la que lo salvó.
Él se puso pálido de inmediato.
—Cállate, Valeria —dijo en voz baja, casi temblando.
Antes de que pudiera reaccionar, el CEO bajó del vehículo. Sin mirarme directamente, caminó hasta donde yo estaba. Sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta y lo puso en mis manos.
Un sobre.
—Léelo cuando estés sola —murmuró, evitando mis ojos—. Hablaremos mañana.
—¿Mañana?
—Mañana. Partes mañana a primera hora.
No supe qué responder. Solo lo miré. Como si sus palabras no terminaran de aterrizar.
Y él, como si nada, volvió al vehículo. La niña me dedicó una última sonrisa, y el auto se alejó calle abajo, dejándome con la garganta cerrada, el corazón golpeando fuerte… y las maletas aún en la vereda.
Miré el sobre en silencio y, finalmente, lo abrí con manos temblorosas.
Dentro, una foto antigua.
Mi madre, joven, radiante… abrazando a un hombre que se parecía demasiado a él.
Guardé la foto y decidí guardarme las preguntas para mañana. Entonces un cambio de luces llamó mi atención. Era Lore que venía a mi rescate.
Esa noche dormí en su casa.
Bueno, dormir es una palabra generosa. Me pasé horas mirando el techo de su pieza de visitas, abrazada a un cojín que olía a lavanda y hogar. Lore me había recibido con un plato caliente, una ducha lista y sin preguntas urgentes. Hasta que me senté en su sofá con el cabello aún mojado y le solté todo.
—Deberías demandarlo, María. ¡El departamento era de los dos!
—Estaba a su nombre —dije bajito—. No tengo cómo probar lo que puse. No tengo contrato. No tengo nada.
Lore apretó los dientes.
—Entonces consigue un abogado. Le sacamos hasta las medias.
—¿Y con qué plata, Lore? Apenas me queda para pagar el plan del celular. No tengo para abogados. Ni para psicólogos. Ni para arrendar nada. Apenas cobre el primer sueldo, me buscaré un lugar… algo chico. Aunque sea una pieza. Pero al menos mía.
Ella me miró con los ojos húmedos.
—Tú no estás sola, ¿ok? Quédate acá el tiempo que necesites. Come, duerme, recompónte. Y si ese idiota pisa la vereda, lo atropello con mi bicicleta.
—Gracias… —susurré.
Al día siguiente me levanté antes de que sonara la alarma. Me duché con agua caliente, dejando que el agua se llevara los restos de mi vida anterior. Abrí la pequeña maleta que Lore había logrado rescatar de entre mis cosas desperdigadas en la calle. Mi traje azul marino, milagrosamente intacto. Una blusa blanca. Los zapatos que habían pertenecido a mi madre.
Frente al espejo del baño de Lore, contemplé mi reflejo. Mis ojos seguían llevando las marcas de noches sin dormir, pero había algo diferente en ellos. Un destello que no estaba ahí antes. Me apliqué maquillaje con manos temblorosas.
—Puedes hacerlo —me dije en voz baja—. Has sobrevivido a lo peor. Esto es solo el comienzo.
Escuché a Lore moverse en la cocina, preparando el desayuno que sabía que apenas probaría. Su forma de demostrar que creía en mí, que me apoyaba sin condiciones.
—¡Vas a arrasar! —exclamó cuando salí de la habitación—. Mírate. Eres pura fuerza.
Nos abrazamos fuertemente antes de que me fuera.
—Te llamaré en cuanto pueda —le prometí.
El sol apenas comenzaba a asomarse cuando abrí la puerta del edificio. El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro como una bienvenida al mundo. Respiré profundo, llenando mis pulmones con posibilidades nuevas.
Y entonces lo vi.
Un automóvil negro, elegante y discreto, estacionado justo frente a la entrada. No cualquier automóvil. Reconocí instantáneamente el logotipo en la puerta. Mi corazón se aceleró cuando la ventanilla trasera comenzó a descender con un zumbido suave.
Y ahí estaba él. El CEO. El hombre de hielo que se había derretido ante su hija. El hombre que ahora sostenía mi futuro entre sus manos.
Desde la oficina de dirección, el edificio parecía otro universo. Alto, perfecto, ordenado. Todo exactamente donde debía estar. Y yo, como siempre, en el centro de ese orden. Imperturbable. Infalible. En absoluto control.Al menos eso creí hasta que la vi a ella.Desde la ventana observé a una mujer arrodillada, calmando a una niña que nadie más quiso tocar. Una niña cubierta de tierra, temblando, pequeña, vulnerable.Mi niña. Mi hija. La pequeña que secretamente representaba la única fisura en mi armadura impenetrable.Alrededor de ellas, otras mujeres permanecían erguidas, impecables y frías, muñecas caras demasiado preocupadas por manchar sus vestidos. Altivas, distantes, más pendientes de la suciedad en sus zapatos que del llanto de una niña.Pero ella… ella era diferente.No dudó, no vaciló, no buscó aprobación ni validación en miradas ajenas. Simplemente la sostuvo, la abrazó. Le habló con una suavidad que, aun desde la distancia, me resultó desconocida. Algo en mi pecho se agit
Nunca imaginé que terminaría en el asiento de un auto lujoso, junto a un CEO que parecía sacado de una novela, escuchando la propuesta más absurda —y aterradora— de mi vida.Un contrato de matrimonio.No pude evitar reír, aunque fue más un suspiro nervioso que otra cosa. Lo miré de reojo. Él no sonreía. Hablaba en serio.—¿Estás… estás bromeando? —pregunté, esperando que lo estuviera. Que todo fuera una especie de prueba extraña, un test de personalidad de esos que solo los ricos entienden.Pero no. Su mirada era firme. Inquietantemente serena. Como si lo que acababa de decir fuera tan normal como ofrecerme un café.Mi corazón latía con fuerza. Sentía las palmas húmedas.—No puedo aceptar eso —dije, al fin. Mi voz temblaba un poco, pero estaba segura. Lo estaba.—¿Por qué? —preguntó, sin molestarse. Más confundido que otra cosa.Respiré hondo.—Porque no vine aquí para casarme con nadie. Quiero que me contraten por lo que sé hacer, no por… no sé, algún capricho tuyo o por esta conexió
Miraba la taza de café enfriarse entre mis manos. El silencio del departamento, apenas roto por el tic-tac obstinado del reloj de pared, parecía anunciar lo inevitable. No fue sorpresa cuando Miguel habló, pero dolió igual.—No puedo seguir así, María. Una relación es de dos, y dos significa mitad y mitad. Llevo meses cargando con todos los gastos mientras tú... mientras tú sigues enviando currículums sin resultados.No dije nada. No enseguida. Su tono era frío, meticulosamente ensayado. Casi lo podía imaginar practicándolo frente al espejo, con esa misma postura, ese mismo suspiro indiferente.Lo miré, buscando en sus ojos alguna fisura. Una mínima señal de duda. Pero no. Solo había frialdad. Solo cálculo.—¿Y el amor? —pregunté, aferrándome con torpeza a los últimos hilos de esperanza.Suspiró como quien se quita de encima una carga vieja y molesta.—Esto ya no es amor. Hace tiempo que no lo es. Y tú lo sabes.Sí. Lo sabía. Lo había sabido desde hacía meses. Las miradas furtivas a s
—No voy a ir, Lore. Cancela tú la entrevista, por favor. Inventa que me morí. Que me convertí en monja. Que me tragué un alfajor entero y me perdí en una dimensión paralela. Lo que quieras.Estaba hecha un ovillo en el sofá de Lore, con un moño mal hecho en la cabeza, envuelta en una manta que olía a helado de chocolate y derrota. Mis ojos estaban hinchados, y mi autoestima, en cuidados intensivos. Loreto, en cambio, brillaba como recién salida de una clase de pilates con Beyoncé.Ella me miró en silencio por unos segundos, cruzando los brazos sobre su polerón deportivo ajustado, como si estuviera evaluando qué tanto drama toleraría ese día.—¿Y por qué no vas? —preguntó al fin, sentándose a mi lado con una taza de té y una mirada que mezclaba ternura y amenaza pasiva-agresiva.—Porque… —suspiré, sintiéndome estúpida incluso antes de decirlo— porque estoy cansada de que me digan que no. De entrar a una sala y ver cómo sus ojos se clavan en mi cuerpo antes que en mi currículum. De comp
A veces, la vida se ensaña con una precisión quirúrgica. Como cuando pierdes el trabajo un martes, te deja tu novio un miércoles y el jueves te das cuenta que ni el pantalón de “emergencia” te sube porque tu tiroides decidió jugar al sabotaje hormonal. El despertador sonó antes de que pudiera caer en un sueño profundo. Dormí a pedazos, con el pecho pesado, la mente agotada y una sensación incómoda de anticipación clavada entre los hombros. Pero aun así me levanté.La casa estaba en silencio, y por un momento deseé que alguien me deseara suerte. Pero no. Solo yo, mi reflejo, y el nuevo día esperándome con los brazos cruzados.Me duché. Me peiné. Elegí con cuidado una blusa que me encantaba, pero que siempre dudaba en usar porque marcaba demasiado. La dejé a un lado. Después la tomé de nuevo.La miré frente al espejo.Ahí estaba yo.Las curvas que tantos veían como un problema.El cuerpo que no había pedido, pero que era el mío.Y la rabia volvió, mezclada con tristeza, mezclada con fu
Entré al edificio con paso firme, o al menos lo intenté. Por dentro, mi estómago era un revoltijo de nervios, pero mi cara… mi cara decía: "yo puedo con esto".El problema es que MEGACORP parecía más un aeropuerto que una oficina. Era enorme. Frío. Elegante. Con recepcionistas perfectas que apenas te miraban si no tenías tacos o un apellido compuesto.—Hola, tengo una entrevista para el puesto de secretaria ejecutiva —le dije a la mujer del mesón, con mi mejor voz profesional.Ella tecleó algo sin levantar la vista.—Piso 27. Oficina 13-B.—¿Y cómo llego al ascensor?—Al fondo, a la derecha —respondió, ya atenta a otra persona.Caminé como si supiera exactamente a dónde iba. Pero el ascensor al fondo a la derecha… daba a un pasillo. El pasillo a otro hall. El hall a otro ascensor que pedía una tarjeta que no tenía. Diez minutos después, estaba oficialmente perdida en uno de los edificios más importantes de la ciudad. Y empezando a sudar.Cuando finalmente di con el bendito ascensor co