Ya lo sabía

—No voy a ir, Lore. Cancela tú la entrevista, por favor. Inventa que me morí. Que me convertí en monja. Que me tragué un alfajor entero y me perdí en una dimensión paralela. Lo que quieras.

Estaba hecha un ovillo en el sofá de Lore, con un moño mal hecho en la cabeza, envuelta en una manta que olía a helado de chocolate y derrota. Mis ojos estaban hinchados, y mi autoestima, en cuidados intensivos. Loreto, en cambio, brillaba como recién salida de una clase de pilates con Beyoncé.

Ella me miró en silencio por unos segundos, cruzando los brazos sobre su polerón deportivo ajustado, como si estuviera evaluando qué tanto drama toleraría ese día.

—¿Y por qué no vas? —preguntó al fin, sentándose a mi lado con una taza de té y una mirada que mezclaba ternura y amenaza pasiva-agresiva.

—Porque… —suspiré, sintiéndome estúpida incluso antes de decirlo— porque estoy cansada de que me digan que no. De entrar a una sala y ver cómo sus ojos se clavan en mi cuerpo antes que en mi currículum. De competir con chicas que parecen salidas de un catálogo de ropa interior y que creen que Excel es el nombre de una uva.

Ella soltó una risa que no pudo contener.

—Dios mío, María… tu ex tiene el descaro de hablar de “apariencia” como si él fuera portada de revista. ¿Se ha mirado bien? Tiene cara de lunes en la mañana y postura de que nunca ha pisado un gimnasio. Por favor.

Me reí. No quería, pero me reí. Loreto tenía ese poder. De encontrar el chiste exacto que se colaba entre las grietas del dolor.

—Igual gracias por el halago indirecto —le dije, limpiándome la nariz con la manga—. Pero no tengo fuerzas, en serio. No quiero pasar otra vergüenza.

—Mira —me dijo con tono suave, agarrándome la mano—, yo sé que estás agotada. Que la vida no ha sido justa con tu cuerpo, ni con tu esfuerzo, ni con tu corazón enorme. Pero esta entrevista no es cualquier cosa. Es en MEGACORP. No es una oficina trucha de esas que pagan con "experiencia". Y tú, aunque no lo creas ahora, estás más que lista. No por tu talla, ni por tu peso, ni por lo que opine un idiota… sino porque eres brillante.

—Lore...

—Además, si no vas, me voy a ver obligada a chantarte una rutina de glúteos para canalizar tu tristeza —añadió, poniéndose seria—. Y tú sabes que eso sí duele.

Reímos. Lloré un poco más. Y aunque aún no estaba segura de nada, empecé a pensar que, tal vez, solo tal vez… no todo estaba perdido.

Lore y yo nos quedamos hablando un buen rato más. Ella se estiró sobre el sillón y entre sorbo y sorbo de té, me convenció de practicar mi exposición para la entrevista.

—Ya, vamos —dijo, palmeando el cojín a su lado—. Suelta todo tu talento administrativo. Quiero ver a la María ejecutiva, no a la María en modo cobija.

Suspiré, me acomodé como pude, y comencé.

—Buenas tardes. Soy María Araya, tengo seis años de experiencia en gestión administrativa, coordinación de equipos, organización de agendas complejas y atención ejecutiva…

—¡Eso! ¡Esa es mi amiga poderosa! —me interrumpió, con una sonrisa enorme—. Si yo fuera CEO, ya te estaría ofreciendo contrato y aumento de sueldo antes del café.

—Dios, Lore, cállate —me reí, tapándome la cara—. Me vas a hacer llorar otra vez.

—No lloriques, María. Tú no naciste para encajar, naciste para sobresalir. Y si alguien no lo ve, que se lo pierda.

Nos reímos como hacía tiempo no lo hacíamos. De esas risas que duelen un poquito en la panza pero te devuelven la vida. Me sentí… yo. No rota, no insuficiente. Solo yo.

Un par de horas después, me despedí y tomé un taxi de regreso a casa. El atardecer teñía las calles de naranjo, y por primera vez en días, no sentía esa presión en el pecho que me había acompañado desde que todo se vino abajo.

Hasta que lo vi.

Allí, en la vereda, una cafetería, la misma cafetería de la fotografía que me enviaron esa noche.

Mi mente me trajo la imagen de Miguel abrazando a esa mujer rubia...

Mi estómago se apretó. Fue como recibir un golpe seco. El tipo de golpe que no se ve, pero te dobla por dentro.

No lloré. No podía. Solo me quedé en silencio, mirando por la ventana mientras el taxi seguía su camino.

El pasado ya no me dolía igual.

Pero qué rabia da… tener razón.

Cuando llegué a casa, el cielo ya había sido devorado por una oscuridad tan profunda como la que se expandía dentro de mí. Bajé del taxi arrastrando los pies, cada paso un suplicio, como si cargara sobre mis hombros el peso de todas las mentiras. La llave tembló en mi mano antes de abrir la puerta.

Entré sin prender las luces, dejé las llaves en la mesa con un ruido seco y me dejé caer en la cama tal como estaba, sin quitarme la ropa, sin pensar demasiado. Solo cerré los ojos.

La imagen se repetía en mi mente: Miguel y ella... Imaginé sus dedos acariciándole la palma con la intimidad que antes solo me pertenecía a mí al tiempo que se reían burlándose de mi ingenuidad.

Pero entre todo ese peso… había algo más.

Hace un año, en la entrevista de LUX Corp:

El reclutador hojeó mi CV y luego me miró de arriba abajo.

—¿Ha considerado bajar de peso para roles ejecutivos? —preguntó, como si hablara del clima.

—Mi peso no afecta mi habilidad para organizar agendas —respondí, clavando las uñas en las palmas.

Él sonrió condescendiente.

—Claro, pero nuestros clientes prefieren… una imagen más coherente con la marca.

Mucho antes de eso, en mi adolescencia:

Mamá lloraba frente al espejo, apretando la blusa que no cerraba.

—Nunca voy a ser suficiente —decía, mientras escondía su postulación a otro trabajo más que nunca le iban a dar.

El espejo me devolvía dos reflejos: el mío y el de ella. Y entre ambos, el mismo miedo, la misma herida heredada.

Me dejé caer en la cama, con la imagen aún fresca de Miguel y su mentira.

Y entonces, recordé el abrazo de Lore, su voz firme entre mis lágrimas:

—Esta vez será diferente —me había dicho—. Pero si fallas… Miguel gana.

El nombre de él resonó como una amenaza.

Y por primera vez, no sentí tristeza.

Sentí ganas de pelear.

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